
Sé que ella y yo habíamos formado parte de una roca de playa, de la misma arena o quizás fuimos dos piélagos que llegamos a formar parte de la misma ola de mar. Ella me reconoció como yo su mirada. Desde el día que nos vimos con las mismas cholas de playa, con el bañador del mismo color cielo que ella tenía en su traje. Desde ese día en el que nos encontramos fuimos a surfear como uno, a la Cicer, una zona de la playa, por Guanarteme. Hay unas olas majestuosas. Principalmente en las mareas de septiembre.
Ella llevaba la mochila con las toallas de una esquina a la otra de la avenida y yo las tablas de surf. Éramos un hilo de un mismo tejido, unidos por nuestras manos, los sombreros ondeaban al viento. Nos reíamos porque estábamos cerca. Caminábamos sobre la arena seca y caliente hasta el mar con nuestras tablas. Sintiendo cómo cada uno de nuestros pies dejaba una huella efímera.
Ya, sobre el agua esperando la ola; la serenidad y el silencio del mar roto de vez en cuando por el graznido de una gaviota nos hacía sentir esa conexión con todo lo que existe. Estábamos bajo la cúpula del universo percibiendo el tiempo infinito y sintiendo que existe la probabilidad matemática de que nos hayamos encontrado antes y que nos encontremos después.
Tengo la certeza que, en este mundo infinito, los seres finitos y sus átomos se reconocen.
Eso nos pasó.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- Catamarán por Graziella Boffini
- El encanto de la playa puede ser un consuelo por Silvia Zanetto
- El mercado de flores por Jean Claude Fonder
- El protocolo por Sergio Ruiz
- La playa desierta por Raffaella Bolletti
- La Playa lejana y la escuela vacía por Patricio Vial
- Melissa por Iris Menegoz
- Playa por Leda Negri
- Mi playa de Las Canteras por Blanca Quesada


