Melissa

F. y yo llegamos al puerto del Pireo a media mañana. Cuando nos indicaron el ferry que nos llevaría a nuestra isla, nos quedamos un poco sorprendidos puesto que, sin duda, era el más viejo de todos los que estaban atracados. La pintura agrietada, las partes de hierro un poco oxidadas... pero desprendía un aire solemne de lobo de mar.

Con nosotros subieron unos pocos turistas y algunos griegos que bajaban en cada parada del ferry en la ruta de las pequeñas Cícladas. Cuando nos avisaron de que la siguiente isla sería Koufonissi, nuestro destino, nos asomamos a la cubierta y de pronto nos dimos cuenta de que se trataba de un lugar especial.

En el pequeño puerto flotaban barquitas de colores que parecían suspendidas en el aire, tan blanca era la arena y tan clara el agua del mar. Bajamos solo nosotros y una familia griega que nos indicó la taberna "Melissa", la única de la isla. El sol era fuerte pero el aire era fresco, acariciado por una ligera brisa.

Subimos unos pocos escalones y entramos bajo un cenador de cañas. Había una docena de mesitas de madera pintadas de azul con sillas de paja también pintadas de azul, sobre dos de las cuales dormían plácidamente dos grandes gatos.

Llamamos a la puerta que estaba abierta. A nuestro alrededor solo había silencio y el ligero ronquido de uno de los gatos. Esperamos un poco. Entonces apareció un hombre de unos sesenta años, con un aspecto tan griego que habría hecho palidecer a Zorba. Era Antonio Mavros, el dueño de Melissa. Pareció feliz cuando supo que éramos italianos y, hablando en un discreto italiano, nos indicó nuestra habitación.

—¡La cena es a las seis! — dijo, y se marchó.

La habitación, pintada de blanco, tenía una pequeña ventana que daba a un huerto donde paseaban gordas gallinas. Una cama, una cómoda blanca, un trípode de madera donde flotaban perchas de alambre, una cortina de plástico que cerraba el baño. Nos pareció perfecto.

Así empezó nuestro descubrimiento de las pequeñas calas que rodeaban la isla. A menudo estábamos solos, a veces con alguna pareja con la que inventábamos diálogos en idiomas improbables. Arena como talco y mar de agua de fuente. Cuerpos desnudos e inocentes se dejaban acariciar por el soplo del Meltemi.

Por la noche la cena era muy sencilla. Pescado a la brasa, verduras, frutas, Rezina (vino blanco resinado) y Uzo (licor con sabor a anís). A veces Antonio se acercaba a nuestra mesa y nos hablaba de guerra y de los simpáticos y torpes invasores, y siempre concluía diciendo: ¡una raza, una faccia!

Fue el verano más bonito de nuestra vida. En esa isla perfecta recuperamos las ganas de amarnos que creíamos perdida.

Pero esta es otra historia.

Iris Menegoz