
Soy una bailarina. Estaré dos días representando El lago de los cisnes en Milán. En este momento estoy disfrutando de un partido de fútbol junto a Fiorella y Luigi, unos amigos.
Luigi dice que la danza, el fútbol, el arte, la vida, es el ingenio de la gravedad en coordinación con el instante. Los cuerpos se apoyan en el aire y dentro de tu corazón está el alma de cada movimiento. Una carrera emocionante, un pase magistral y una parada casi imposible. Danzas y ríes con los protagonistas.
—Aunque sabes que vas a morir —comenta Fiorella—. Algunos sin haber vivido y con la despierta vanidad del juicio.
—Eres la alegría del jardín —le digo.
—Recuerda El cementerio de Los Inocentes en París—Me contesta.
—Si. Vamos a morir, lo sabemos. Lo inexorable existe —comenta Luigi—. Lo inevitable de la muerte y la igualdad de todos ante ella (memento mori) no nos para. Nuestro cuerpo compuesto de células microscópicas, no nos limita. Nos empuja a la crítica vacía, a seguir reflexionando sobre un mundo incongruente.
—Así es, Luigi. Nos creemos dioses.
—Quizás los que compartimos, como los deportistas, o los bailarines en cada pieza su cadencia y tiempo, seguimos una secuencia estructurada que da lugar a la magia como la de los treinta y dos giros continuos de Odile en El lago de los cisnes.
Ese es el momento que llena tu corazón de alma.
Y nada más existe.
Emoción.
Llora en todos los idiomas.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- Baile de graduación por Sergio Ruiz
- Etoile por Graziella Boffini
- La Danza por Raffaella Bolletti
- La Danza por Jean Claude Fonder
- La vida que da vueltas por Carolina Margherita
- Llora en todos los idiomas por Blanca Quesada
- Los hombres que no saben bailar por Silvia Zanetto
- Nocturno Friulano, 1950 por Iris Menegoz


