
El abandono se hereda genéticamente igual que los gestos que se repiten; de una bisabuela que nunca conociste copiaste su forma de morderte el labio.
Esconderse era la única manera de no verse y no estar con gente era para no romperse.
Encontró en aquel pueblo perdido, en su pequeña biblioteca el olvido. Alguna vez un manuscrito se abría y se escuchaban trozos de su propia vida.
Los círculos que se repiten hasta el infinito. Cada trozo de papel es una vida, es una verdad donde nunca se sufre, solo se siente. La soledad es la salvación. La única manera de estar aquí sin dolor.
Sólo queda un panteón, el suyo.
Su familia está llena de secretos, donde cada palabra tiene una historia que guardar, cada frase un mundo lleno de esquinas donde algunos no se atreverían ni a pisar.
Cada vez que una hoja pasa son botones que se pulsan para bajar o subir en un ascensor de antiguos recuerdos donde las puertas chirrían, los gritos la espantan y el llanto se calla.
Conoció sus propios secretos, leyendo los de los demás.
Se había convertido en una curiosa. No había nada que hacer sino leer y mirar por su gran ventanal y de vez en cuando escuchar los susurros de los lectores asiduos.
La víspera le dijeron que alguien había estado preguntando por ella. Fue entonces cuando supo que realmente estaba en peligro ¿Podría hacerlo? pensó.
Al día siguiente se presentó “el que decía ser su primo” y vino desde muy lejos hasta encontrarla.
Le propuso un contrato de alquiler indefinido. Ella asintió, en su casa había una habitación vacía. Después del primer día nadie volvió a verlo.
Las miradas, la boda, los taxis urgentes, las fiestas y las lágrimas. Todas las cosas troceadas de la vida de pronto se ordenaron en un cuadro perfecto y tranquilidad hizo un bello collage en su jardín.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:


