Nadie puede juzgarme, tampoco tú

Es que yo siempre había detestado el pelo corto. Desde niña, no me molestaba el peso de mis trenzas, en cambio adoraba el castaño dorado del pelo que se ondulaba por mis hombros hasta la espalda.

Pero en aquel año 1966 la canción “Nada puede juzgarme, tampoco tú” de la cantante apodada “Casco dorado” había explotado con un éxito sensacional. Fue un grito para el mundo, y su triunfo hizo que también su corte de pelo, terrible para mí, como si toda su melena fuera como un flequillo que le dejaba descubierto el cuello, se convirtiera en moda para las mujeres y las chicas… 

“Y además, cuanto más corto está el pelo, menos tiempo necesito para secármelo…” Creo que fue eso lo que pensó mi mamá, cuando decidió que no solo mi hermanita con el pelo rizado, sino también yo podría llevarlo corto. Claro que mi peluquera no era tan hábil como la del “Casco Dorado”. Tampoco era una peluquera: era mamá.

Cuando papá me vio, aquella tarde, empezó a llamarme Caterina Caselli, y siguió haciéndolo por un tiempo, mientras que mi madre estaba muy orgullosa del resultado obtenido: su niña de cinco años se había convertido en una de las cantantes más exitosas de aquella época.

“Nadie puede juzgarme”, decía la canción, pero yo me imaginaba que todas mis amiguitas me juzgarían fea como me veía yo, y pensaba “La verdad me hiere, lo sé…”

Mis padres eran mis padres, y nadie podía juzgarlos, tampoco yo. Por el contrario: yo era la última que hubiera podido juzgarlos. Pero, claro, si eran las cantantes las que establecían el estilo, entonces…

En el cajón del armario de la abuela logré encontrar un ovillo de lana amarilla. Me costó mucho trabajo, pero al final los arreglé: los largos, larguísimos  hilos de lana atados entre sí y colocados encima de mi cabeza, según mi opinión, se parecían bastante a una peluca rubia (pero larga, larguísima) de cierto nivel. 

Por la tarde, me presenté a mis padres con mi estupenda peluca: – ¿Me reconocéis? -pregunté.

– Claro, eres Dalida -contestó papá, riendo.

Por aquel entonces, no podía darme cuenta de que la canción “Nadie puede juzgarme” de Caterina Caselli era un himno a la libertad, que nos enseñaba que cada persona tiene su derecho a tomar decisiones sin que los demás se permitan juzgarlos, y sobre todo, subrayaba los derechos de las mujeres, algo que en aquella época quizás no era tan obvio. 

Pero a lo mejor porque Caterina Caselli en su canción cantaba “por eso hay cosas que me gustan y otras no”, al final mamá aceptó dejarme crecer el pelo otra vez y ya no me lo cortó durante tres años. Puede que también convenciera papá, no sé… 

De Dalida, en cambio, se me ha olvidado todo. 

Solo me acuerdo de su pelo: rubio y largo. Largo y rubio.  

Caterina Caselli ninguno me puede juzgar

Silvia Zanetto