
He tenido que venir al dentista, obligada por un maldito dolor de muelas…
“Póngase cómoda, el doctor llega enseguida” me dice la enfermera, y se va.
Pero yo no me siento cómoda para nada. Observo mis piernas cruzadas sobre la butaca, los arneses infernales que me rodean, las cortinas de un blanco grisáceo que cubren la única ventana, y las manos se me retuercen.
Hay también una fotografía enmarcada, colgada en la pared, es una imagen en sepia del Milán de hace un siglo: un tranvía pasando por la plaza de la Scala. Un grupo de señoras pasean con sombreritos de plumas, barriendo el suelo con sus largas faldas, los señores llevan trajes negros y sombreros hongos o de copa.
Una señorita de blanco sube al tranvía, los ojos le parpadean, le tiemblan un poco las piernas: es la primera vez que va sola. Un joven de bigotes se fija en su rostro de muñeca y en sus pestañas negras y se le escapa una sonrisa. Ella se entera e inmediatamente se da la vuelta. Busca un asiento, pero no hay: su boquita se cierra en una mueca de contrariedad. El joven se dirige educadamente a ella y le pregunta si quiere sentarse. El rostro de muñeca se pone rojo y, por supuesto, como en una novela rosa, se le cae un pañuelo de encaje y él se lo recoge…
“Buenos días, señora!” me dice alguien que lleva una bata blanca.
Es el dentista.
Silvia Zanetto

