
Línea de metro roja, destino Bisceglie. Nueve de la tarde de un día de marzo. El vagón está casi vacío. Me siento cansada y un poco triste como siempre cuando regreso a mi casa por la noche. Frente a mí está sentada una familia de cuyos rasgos deduzco sea hispanoamericana. Un joven padre, una nena de unos tres años, preciosa, con carita seria, concentrada en un juego electrónico. Cerca de ella un hermanito de unos seis años. Gordito con gafas de miope. Enganchada a él, la madre le susurra preguntas de aritmética. — ¿Siete más tres? El chico muy serio cuenta con sus dedos gorditos y un poco pegajosos. — ¡Diez! — ¡Bien! — ¿Cuatros menos uno? — ¡Tres! — ¡Bien! — ¿Siete menos dos? Siempre contando muy concentrado, la mirada del chico se cruza con mi mano que marca cinco. — ¡Cinco! — ¡Bien! El juego ha empezado entre nosotros. Mamá no se da cuenta. Papá sí, y sonríe. — ¿Cinco más cinco? Un vistazo a mis manos y un rápido — ¡Diez! — ¡Bien! — ¿Cinco menos tres? — ¡Dos! — ¡Bien! El juego sigue hasta mi parada. Me levanto. Mamá y papá me sonríen, el chico me dice "chau". Solamente la nena sigue jugando con su juego electrónico. Quizás piensa: «¡Qué raros son los mayores, se divierten con juegos tan bobos!»
Iris Menegoz

