
Deseaba subir una última vez a ese tranvía n. 23. Fue a la parada mientras el tranvía iba acercándose. Era uno de los nuevos, largo y de color amarillo y blanco. El hombre, muy mayor, se preguntaba qué era ese tren, él estaba esperando EL TRANVÍA, el de color verde, el que tenía un sólo vagón, el que había utilizado durante muchos años. Pero, verde o amarillo ¡qué más da! Subió y descubrió que todo resultaba muy distinto de lo que recordaba. Comparó el tranvía a una Babel donde todos parecían hablar solos y donde los demás se veían obligados a escuchar asuntos ajenos. Además, los estudiantes habían puesto sus mochilas en el pasillo, dificultando el paso, comían bocadillos y jugaban al mismo tiempo con algo que él no podía identificar, el iPad. Nadie le hacía caso. No tenía billete, si subía el controlador lo iba a pillar; ¡al diablo! Le daba igual. Tomó asiento cerró los ojos, apoyó la cabeza en la ventanilla y se dejó llevar por la oscilación rítmica del tranvía como en un ir y venir del pasado al presente. Pronto se quedó dormido. Soñó con el taquillero que vendía el billete, ese pequeño rectángulo de un sutil papel rosado, soñó con el tranvía de los bancos longitudinales de madera, de espaldas a las ventanillas, con los pasajeros sentados cara a cara escrutándose minuciosamente. No despertó al acabarse el viaje, se fue así, cumpliendo su deseo en un tranvía de los nuevos.
Raffaella Bolletti

