La cólera del abuelo

Tranvía de Copenhague
Paul Fischer (1786 – 1875)

—Abuelo, ¿por qué refunfuñas?
El anciano, vestido con un chándal lleno de marcas deportivas, mira la reproducción de un cuadro de Paul Gustav Fisher y, rojo de ira, se lanza a una diatriba inflamada:
— ¿Cómo quieren que me inspire? muy bonito, sí, pero ese mundo ya no existe. Tranvías similares todavía funcionan, cuando no se utilizan para hacer una publicidad degradante. ¿Has conocido recientemente a un hombre elegantemente vestido con sombrero de fieltro gris a banda negra y calzado de cuero que lee un periódico y lleva consigo un par de libros o bien una pareja de damas con sombrero estilo años 20 que usan guantes y charlan como si estuvieran en un salón, un ramo de flores odorantes junto a ellas para alegrar el ambiente? Y un controlador, ¿sabes? que amablemente acoge a los viajeros, les informa y comprueba sus billetes. Hay también un hombre que fuma un cigarro, eso no estaba prohibido en aquel entonces.
No, los tranvías de hoy están llenos, apenas puedes moverte, y aunque tienes derecho a sentarte como anciano, a menudo tienes que pedirlo. Por otra parte, no te ven y mucho menos te oyen, están sumergidos en sus celulares, tecleando a toda velocidad o escuchando una música ruidosa, auriculares en los oídos. De elegancia no hay rastro, están vestidos como yo en este momento, hay algunos hombres en trajes, pero con una mochila, o algunas chicas descaradamente desvestidas si vamos de camino a una discoteca el viernes por la noche. El controlador ha sido sustituido por máquinas para timbrar, la mayoría de las veces averiadas, pero en todo caso no se le presta mucha atención. Por el contrario, hay que tener cuidado de que no te roben en una multitud como esta, los profesionales de este deporte son muchos en los medios de transporte actual.
— Hay que adaptarse al momento, dice la joven, vestida también de forma deportiva. —Yo prefiero ir en bicicleta.
—Y yo en coche eléctrico —responde el abuelo que ha recuperado la sonrisa.


Jean Claude Fonder

El sueño bucólico

La costurera
Santiago Rusiñol (1861 – 1931)

Estaba rodeada de cestas que rebosantes de ropa blanca recién lavada y secada al sol. Un verdadero mar de sábanas blancas cuya espuma se esparcía apaciblemente sobre los adoquines rosados de la sala. La pequeña costurera sabiamente vestida afrontaba con su aguja el interminable trabajo que le esperaba. Las puertas-ventanas estaban abiertas para dejar entrar alegremente el aroma de hierba recién cortada que acompañaba los rayos primaverales que inundaban el gran jardín vecino. Todos sus sentidos estaban en alerta para recoger las expresiones de felicidad que la naturaleza experimentaba al despertar.
Su aguja corría sin pensar a lo largo de la costura que debía reparar. Un ruiseñor lanzó súbitamente su canto alto, un crujido de hojas en contrapunto y la fragancia delicada de un arbusto en flor llevaron los pensamientos de la joven a un sueño despierto. Recordó la sinfonía pastoral que había podido escuchar en Barcelona. Buscaba distinguir el sonido de la codorniz y del cuco que el oboe y el clarinete imitaban tan bellamente como la flauta del encantador ruiseñor. Creyó incluso percibir a lo lejos unos golpes de trueno entonados por los timbales que anunciaban la tormenta, la lluvia que luego refrescarían la atmósfera y la alegría que por fin celebrarían los caminantes al regreso del sol. Quién sabe, pensó, si algún bel sátiro entre ellos no estaba tocando su flauta. La chica comprobó rápidamente su traje, su peinado y con una bonita sonrisa se volvió hacia la puerta. Apareció una sombra, alguien se acercó y un joven apuesto echó una mirada maravillada a la bella costurera.


Jean Claude Fonder

Pánico

Huyendo de la crítica
Pere Borrell (1835 – 1910)

—Señor Borrell, ¿por qué tengo que poner expresión de pánico?
El joven, que acababa de bajar del andamio sobre el cual el pintor había colocado un marco vacío que dejaba ver la tela negra tendida detrás de él, se acercó al artista para mirar la pintura. El pecho anchamente descubierto, la camisa en desorden, los pantalones revueltos, un pie sobre el borde inferior del marco, las manos agarradas a los lados, los ojos desorbitados, la boca que parece que va a gritar, había simulado durante mucho tiempo la actitud de alguien que huía de un peligro terrible y que no dudaría en precipitarse al vacío para escapar. Cuando vio el retrato que el pintor ya había esbozado ampliamente, quedó estupefacto. Un verdadero miedo lo inundó y su mirada buscó mecánicamente en el marco vacío lo que se escondía, un fuego por ejemplo, luego con cara interrogadora, se volvió hacia Borrell.
—Es un trampantojo, amigo mío. Parece más real que la realidad, ¿no? Bravo también por tu trabajo como modelo.
—Pero ¿por qué lo llamaste «Huyendo de la crítica»?
—¿Quién sabe si hablarán de mí si les huyo?


Jean Claude Fonder

Un cuento de Navidad

El amigo del muñeco de nieve
Vida Gabor (1937 – 2007)

—¿Cómo estás, amigo? Los años pasan y siempre hace demasiado calor en este estudio.
El hombre, riendo bajo su bigote, levantó el sombrero de copa. Estaba desaliñado, su camisa y su chaleco rojo fuera de los pantalones. Una gran bufanda amarilla rodeaba su cuello desabrochado, y su pajarita desatada. Tenía en la mano una buena botella casi vacía. El disfraz era perfecto, pero si nos acercábamos más se podía observar que llevaba una peluca de hombre calvo prematuramente, el pelo mal cortado y una falsa nariz demasiado roja. Todo ello ocultado por una gran cantidad de polvo de arroz desde el que se asomaba una barba de varios días.
La nieve, por supuesto, había sido proyectada delante de las grandes telas que recreaban un pequeño pueblo nevado y sus personajes inmóviles en el frío helado de una noche de diciembre. Una rampa de proyectores apuntaba sus rayos a nuestro borracho y al muñeco de nieve que saludaba. Este está hecho de cartón-piedra cubierto de nieve, con su escoba, su sombrero y su nariz formada por una zanahoria, parecía mirarlo.
Los destellos de relámpago de las fotos que se sacaban sobre el escenario para crear lo que se convertiría en tarjetas de felicitación. Uno de ellos fue más violento, con luz azul eléctrico. Una estrella muy brillante había aparecido en el cielo azul gris de la escena que pareció animarse desde ese momento.
—Es cierto —respondió el hombre de nieve que empezó a brillar cada vez más.
El borracho vacilaba, oscilaba, amenazando con caer sobre él. Un niño que había abandonado el trineo que su padre tiraba corrió hacia ellos y gritó:
—Apague esos focos, hay que protegerlo con esteras y añadir nieve, ¡se ve bien que se está derritiendo!


Jean Claude Fonder

El zapatito

El zapatero y la niña
Norman Rockwell (1894 -1978)

Caro había elegido su vestido más bonito, un pequeño vestido rosa con flecos que rimaba con un nudo del mismo color para embellecer su peinado. Ella abrazaba a su pequeña muñeca Juanita y llevaba una pequeña bolsa de barniz. Se sentía fresca y bonita, se examinó minuciosamente en el espejo que adornaba la puerta de su armario y se puso además un poco de perfume de su mamá, Chanel no5, un perfume floral muy femenino.

Así armada salió cautelosamente por la calle y recorrió vacilante las pocas decenas de metros que la separaban de la tienda del zapatero. Entró en la tienda, y lo que temía ocurrió, el zapatero no estaba detrás del oscuro mostrador, fue su hija quien la recibió con cejas fruncidas y una cara poco simpática.

— ¿Qué buscas aquí otra vez? — Gruñó ella, te dije que no vendemos nada para muñecas.

— Quisiera hablar con el señor José, tu papá.

— Trabaja abajo, no podemos molestarlo.

— Te lo ruego, Marta, es muy importante. 

Y se puso a llorar tan fuerte que desde el sótano se oyó gritar:

—Dios mío, ¿qué demonios está pasando?

Caro no esperó el permiso y se precipitó por las escaleras. José, el viejo zapatero, trabajaba en su banco, con la cabeza inclinada sobre un viejo y reticente zapato que intentaba reparar. La niña se precipitó sobre él, tirando a Juanita por el brazo. Con lágrimas en los ojos, sacó de su bolso un pequeño zapato negro y barnizado con la suela desprendida.

José tomó con delicadeza en la mano el pequeño y encantador objeto y, rascando los pocos cabellos que le quedaban, dijo con una gran sonrisa:

— No sé si tengo hilo lo suficientemente fino para coser la suela, pero voy a ver.

Caro se echó en sus brazos y cubrió con pequeños besos su cara arrugada que se escondía detrás de un hermoso bigote blanco.


Jean Claude Fonder

El contrato

Viento y Lluvia
Maurice Leloir (1853 -1940)

El Maestro Doyen, notario en Bruselas, luchaba ferozmente contra el viento y la lluvia que se apoderaban aquel día de la capital austríaca de los Países Bajos. Estaba acostumbrado a ello, era frecuente en este país. El mar estaba cerca, apenas 100 km hacia el oeste y nada protegía la ciudad levantada sobre los primeros contrafuertes de la meseta del Brabante, la llanura de las Flandes que se apodaba «Le plat pays» ofrecía solamente sus campanarios como obstáculos a las tormentas inglesas que atravesaban el canal de la Mancha al galope. 

Volvía del catastro donde se habían registrado las últimos escrituras de compraventa que había concluido en su gabinete.

Para llegar lo más rápido posible, había decidido que era mejor atravesar el parque delante del palacio del gobernador. Avanzaba con dificultad, el viento se había levantado inesperadamente. Envuelto en su redingote, tenía la carpeta llena de documentos bajo el brazo, protegido por su paraguas abierto y debía sostener también el tricornio que amenazaba con volarse a cada instante. De repente, ¡catástrofe! Su paraguas se volteó, y algunos documentos aprovecharon el movimiento que hizo para sujetar su paraguas para escapar y revolotear en el viento.

— ¡Mi contrato! —gritó.

Soltó su paraguas y corrió a buscar las hojas que parecían burlarse de él, se enrollaban, volaban y parecían sentir un malvado placer en hacerle correr. Finalmente, sobrecargados por la lluvia, las recogió y las deslizó cuidadosamente en su carpeta de la que reforzó las ataduras. Cuando llegara las apretaría entre dos papeles absorbentes para secarlos.

Suspiró por fin, ¡era su contrato! El contrato firmado por Josef II, el Emperador en persona. El contrato por el que se le nombraba notario en Trieste. El mar Mediterráneo, el sol, las playas, el palacio Miramar… Por fin iba a poder escapar de esta ciudad y de su mal tiempo.Como para darle la razón, las nubes se rompieron, un rincón de cielo azul apareció. Recogió su paraguas, lo puso en orden y se alejó silbando.


Jean Claude Fonder

Niñas leyendo

Niñas leyendo
Hugo Fredrik Salmson (1843 -1894)

-Pareces triste, ¿verdad, Eva?

La niña miraba a lo lejos. Su pequeña cara rubia de ojos claros estaba envuelta en un bonito pañuelo blanco, una cara de muñeca triste que tenía un libro abierto sobre sus rodillas.

Ingrid y María, sus dos compañeras, sentadas a su lado sobre un gran tronco de árbol leían abrazadas, mejilla contra mejilla, un cuento que parecía apasionante.

– ¿Qué es lo que leéis?

Las dos pequeñas rubias tampoco levantaron la vista y respondieron jadeando.

– Pulgarcito. Los pájaros se comieron todos los trocitos de pan que había sembrado para encontrar su casa. Y está en la casa del Ogro, el que devora a los niños pequeños que allí llegan.

– No se preocupen, Pulgarcito es inteligente y gracias a las botas de siete leguas todo terminará bien. Es un cuento de Perrault, ya lo he leído. Estoy leyendo otro, se llama Piel de asno. Es la historia de una joven muy hermosa que tuvo que huir del reino de su padre, hundiéndose en un feo pellejo de burro y manchándose de hollín. El rey que había perdido a su esposa se había vuelto loco y quería casarse con una mujer tan hermosa como la reina, su propia hija. Por eso, así disfrazada, fue a otro reino y encontró trabajo en una granja como criada para limpiar los pavos y el comedero de los cerdos.

– Es aún más terrible -exclamaron Ingrid y Marie-, ¿qué pasará luego?

– No lo sé. El príncipe heredero de este país pudo observar la belleza de Piel de asno mientras ella se vestía como princesa por los encantos que le dejó el Hada de las Lilas que la protegía. Se enamoró de ella en el acto y comenzó a languidecer porque no sabía cómo encontrarla.    Confesó que se llamaba Piel de asno y pidió a su madre la Reina que hicieran todo lo posible para encontrarla. Ésta hizo llegar a la corte un pastel en el que su anillo de oro estaba oculto…

Mientras decía estas palabras, una pequeña lágrima corría sobre su mejilla rosa.

– Tengo que leer el resto -confesó.


Jean Claude Fonder

Relatos breves de JC

Jean Claude Fonder

El chico bueno

La máquina de discos brillaba y exponía sin vergüenza su mecanismo lleno de discos de 45 revoluciones en la pequeña sala. Alrededor había mesas y sillas de aluminio, la mayoría ocupadas por grupos de muchachas jóvenes que consumían sabiamente zumos de frutas u otras bebidas no alcohólicas. Siempre había mucha gente, los chicos estaban de pie junto al bar con la camisa ampliamente abierta y las chicas llevaban vestidos ligeros ajustados a la cintura. La falda en general era ancha, la hacían girar cuando bailaban. Porque se bailaba en este pequeño local abierto desde la hora de salida de las escuelas. Los jóvenes tenían apenas dieciséis años.

Ese día, el local estaba casi lleno, el humo era denso, se fumaba mucho y hacía calor. El jukebox no paraba de funcionar, la máquina se comía las monedas, las parejas bailaban sin parar, «Twist and Shout» gritaba John Lennon y todos bailaban furiosamente.

Una pareja en el centro de la improvisada pista de baile ocupaba todo el espacio; un chico guapo, bronceado, pelo castaño y corto, pantalones anchos, ojos marrones radiantes hacía girar a una hermosa muchacha en un boogie woogie llamativo. Ella llevaba una amplia falda negra que no paraba de revolotear al ritmo de sus zapatos deportivos, una blusa negra, cabellos negros recogidos hacia atrás, un gran mechón hacia delante enmarcaba un rostro pálido con labios rojos y sensuales. Poco a poco, los otros se detuvieron para admirar a estos bailarines acrobáticos y tan brillantes. La canción terminó, les aplaudieron y las chicas lanzaron gritos agudos.

La máquina de discos eligió oportunamente I Can’t Stop Loving You de Ray Charles. Un slow; María rodeó tiernamente con sus brazos el cuello de Carlos, apoyó todo su cuerpo movido por el ritmo, sobre el torso musculoso de su compañero. Le gustaba bailar con él, pero apenas lo conocía. Las clases aún no eran mixtas. Se habían conocido en la fiesta de la escuela, la danza los había reunido y desde entonces los dos se veían algunas veces en la Esquinada, el local que estaba cerca de la escuela.

Carlos no era como los demás, siempre un poco distante, no fumaba, no le interesaba el fútbol, normalmente no bebía, era un buen alumno y por eso no era apreciado por sus compañeros. El baile era algo diferente, su madre le había hecho tomar clases, eso le gustaba y se veía. Le encantaba encontrarse con María en la Esquinada, así podía bailar con una chica de su edad, y ¡qué chica! Ella tenía un cuerpo perfecto, flexible y firme, que también sabía acariciar, como ahora. Carlos tenía miedo de que se acercara a su pelvis. Ella iba a saberlo. A María no le importaba, su cuerpo no obedecía a nada más que a la música, pegado a Carlos se balanceaba lascivamente. Al final del disco, de puntillas, ella besó amablemente a su amigo, le dio las gracias y rápidamente saludó a sus amigas y se fue.


Unas semanas más tarde, Lena una rubia alta que se parecía a Brigitte Bardot por el fular que rodeaba descuidadamente su pelo levantado en un enorme moño entró decidida en la clase de literatura, seguida por un grupo de chicas de las que María también formaba parte. Carlos miró asombrado, cuando Lena se sentó a su lado arremangando su minifalda. Una sonrisa irresistible atravesó el óvalo perfecto de su rostro. Susurró:

—¿Me permites?

Carlos asintió con la cabeza mientras los chicos de la clase lanzaban silbidos. Carlos siempre estaba sentado en primera fila solo, las chicas se instalaron naturalmente junto a él en la parte delantera de la clase.

La profesora anunció que de ahí en adelante las muchachas participarían en la clase de literatura, lo que desencadenó otras reacciones desagradables. Ella pidió silencio, los muchachos se callaron, la conocían, no era tacaña con sanciones despiadadas. 

Mientras tanto, Lena había sacado un cuaderno, que parecía más un diario que una libreta. En cada página que hojeaba, se insertaba la foto de algún actor o cantante más o menos rodeada de flores y pequeños corazones de diversos colores. Abrió una nueva página, escribió la fecha y el título: “Curso de literatura” con su bonita escritura bien redonda y lo subrayó cuidadosamente con una regla. Se inclinó hacia él, un soplo de aire perfumado a verbena subió de su blusa.

—¿Me darías una foto tuya?, me gustaría dedicar esta página a mi nuevo compañero de pupitre. Una bonita en color, por favor.

Carlos la miró de nuevo, sin saber qué decir. Tenía el aspecto de una niña que había cometido una falta y que pedía perdón. La profesora lo miró con una mirada amenazadora. Era un hombre, así que solo podía ser culpable. Lena se enderezó con su orgullo inocente y le soltó con una mirada de reproche:

—Te esperaremos en la Esquinada después de clase.

Cuando Carlos entró, las cuatro chicas ya estaban sentadas en una mesa en el bar. Lena habló inmediatamente:

—Como puedes ver, todavía estamos vestidas como para ir a clase. A nuestros padres no les hemos dicho nada. Solo queríamos organizar una noche juntos para conocernos mejor, ahora que estamos en la misma clase y parece que tus amiguitos no nos aprecian. —dijo con una sonrisa carnívora. ¿Qué te parece este viernes a las ocho de la noche en este local, de vuelta antes de medianoche, por supuesto?

Carlos miró a María, ella giró la cabeza como para marcar su desacuerdo, Marta y Julia le dedicaron sus sonrisas impermeables. Él respondió que debía pedir permiso a su madre. Lena, que ya estaba de pie, soltó una carcajada espontánea y desvergonzada y lo besó en la boca.

—Hasta mañana, —dijo ella, y lo empujó hacia la puerta.

María la fulminó con la mirada.

—No lo trates así, Carlos es un buen chico.

—Eso es, quieres quedártelo para ti sola. ¿Es tu novio quizás? No. Bueno, pues la competición está abierta. Es un hijo de papá, uno de los mayores mercaderes de la ciudad. Nunca querrá a una chica como tú, una hija de nadie, la hija de un obrero.

María quiso abofetearla, pero su amiga Marta la retuvo. Entonces tomó su bolso y se fue dando un portazo furioso. Marta corrió detrás de ella.

La alcanzó fácilmente, era también muy deportiva. Un poco más adelante, María se detuvo y se sentó en un banco. Marta se unió a ella.

—¿Estás enamorada de Carlos? Es muy guapo, tengo que admitirlo.

—¡Nooo! Lo conozco de la Esquinada, bailamos juntos el boogie. Es muy fuerte, formamos una buena pareja.

—Vamos, no es verdad, veo cómo lo miras y lo defiendes.

—Está bien, me gusta, pero apenas lo conozco. Nunca me ha ofrecido un trago.

—Bueno, pero ahora sabes que Lena le ha echado el ojo.

María la miró un poco perpleja. Marta era más alta que ella, musculosa pero muy delgada. El pelo rubio largo, no era su color natural, por supuesto. Con los ojos marrones oscuros, no se podía decir que fuera hermosa, pero sí honesta y directa, muy agradable.  


La tienda de los padres de Carlos tenía dos entradas. En realidad, se trataba de dos casas que formaban un ángulo recto y que se unían por la parte trasera para formar un único edificio. La planta baja constituía así un gran espacio de venta. Por un lado, en la calle principal, los pisos residenciales por el otro las oficinas y el almacén. Era bastante importante, se vendían artículos de ferretería, accesorios y pintura para automóviles y utensilios domésticos. La empresa, que también funcionaba como mayorista en toda la región, pertenecía a dos hermanos y una hermana. Uno de ellos, el padre de Carlos, que se llamaba Luis, era el director y su madre dirigía las oficinas. Carlos, que era el mayor de todos los niños de la familia, era considerado por todos como el heredero. 

Entró por la parte de los enseres domésticos, en la calle más pequeña; las oficinas estaban justo encima. Subió de cuatro en cuatro las escaleras en espiral, desembocó en una gran habitación, su madre estaba en la esquina izquierda cerca de la ventana. Su oficina era un poco más grande que las otras; una enorme máquina que hacía las facturas llenaba el espacio. Elena era una mujer rubia alta y hermosa, se levantó al verlo llegar, abrió los brazos y lo acogió con efusión como si no se hubieran visto desde hacía mucho tiempo.

—Cuéntame todo —dijo ella sonriendo y echando un vistazo a su hermana Cristina que se había acercado.

Elena, por supuesto, le permitió reunirse con las chicas el fin de semana, pidió que le contara dónde estaba la Esquinada y le recomendó no sobrepasar la hora. 

—Ve a estudiar a tu habitación, nos vemos a la hora de la cena.

Apenas había salido, por un pasillo que lo llevaba a la otra casa, Cristina preguntó:

—¿Quién será esa Lena? Tal y como él la describe, tengo la impresión de que es la hija de esa perra de Gloria. No solo Luis anda por toda la ciudad con ella, sino que ahora es su hija la que corre detrás de tu hijo.

—¡Ah! Pero no va a ser así. Ya me ocuparé yo de ello. —decretó la madre de Carlos.


A la mañana siguiente era jueves, después del recreo había clase de literatura. Las chicas ya estaban en clase; Lena acogió a Carlos, con un vestido corto y con sonrisa de propietaria, se levantó para hacerlo pasar y le dio, de paso, un beso sonoro. Carlos notó la ausencia de Julia, y encontró la explicación abriendo su cuaderno.

“Carlos, tengo que ausentarme por razones médicas. Me dicen que eres el mejor estudiante de literatura. Por supuesto que sé dónde vives, me permitiré pasar a verte esta tarde, para que me actualices. Gracias de antemano”.

El billete estaba escrito cuidadosamente con una pluma en una media hoja de cuaderno que ella había deslizado en el suyo. En el fondo se sentía halagado, nunca ninguno de sus compañeros le había pedido un servicio de este tipo y además estaba contento de que fuera una chica.

Después del almuerzo, que había tomado con su tía Cristina y su hermano, —su madre ese día estaba de viaje —, Julia se presentó. La muchacha de servicio la hizo entrar en el salón. Causó una buena impresión a su tía. Llevaba pantalones negros que llegaban hasta los tobillos y una camiseta del mismo color. Con su corte de pelo, parecía muy varonil. Su tía hizo servir el café a Julia y subieron juntos al piso donde tenía su habitación. Julia lo precedía, no pudo dejar de percibir que su cuerpo y el perfume natural que desprendía le hacían efecto. 

Cuando Julia entró en su habitación, se detuvo bruscamente y Carlos, que no lo esperaba, la atropelló como un coche que había frenado bruscamente delante de él. Se retiró ruborizándose. ¿Se había dado cuenta del estado en que se encontraba? Miró la pared de su habitación como si entrara por primera vez.  Una gran reproducción surrealista de Dalí cubría en gran parte el muro delante del cual estaba instalado su escritorio: Sueño causado por el Vuelo de una Abeja alrededor de una Granada un Segundo antes del Despertar. Esta obra le gustaba especialmente, pero no era la única, Delvaux y Magritte también estaban presentes, muchas desnudeces, sobre todo femeninas a veces provocantes. Fue su madre Elena quien le transmitió el gusto por los surrealistas, lo llevó a sus exposiciones y le ofreció hermosas reproducciones para decorar su habitación. «A su edad, es mejor esto que esas horribles revistas que circulan entre los adolescentes», le dijo a su hermana.

—Tienes buen gusto, —dijo Julia con los labios apretados.

Carlos tomó el cuaderno de notas de su maletín, se lo entregó, y luego se sentó a su lado. Ella lo miraba, con el pecho bien erguido, sus pezones apuntaban bajo su camiseta. Abrió el cuaderno, en la primera página había un cuarteto:

Ella vuela, su cuerpo ardiente vuela, vuela
Mis brazos la reciben como una alcoba
Ella baila como una loca, se arremolina
Y la música para, mi corazón a volar se echa.

Julia, lo leyó. Desconcertada, lo releyó de nuevo. Carlos pasó las páginas hasta dar con la lección por estudiar. 

—Victor Hugo, exclamó Julia, —Notre Dame de Paris. ¿Te gusta? Es mi favorito.

Y sin más preámbulos, recopiló cuidadosamente las notas, hizo muchas preguntas. Evidentemente, Carlos ya lo había leído y tenía respuestas para todo. Julia tuvo que admitir que sólo conocía la película. 

Ella lo miró un largo rato, se levantó, se acercó al Elogio de la melancolía, de Delvaux que desvelaba impúdica a una mujer abandonada. Se impregnó de su triste mirada, se volvió hacia Carlos, le dio un beso en la comisura de los labios y se despidió.


Marta se echó a reír cuando Julia le contó al día siguiente su cita con Carlos. Ella llevaba su traje deportivo de entrenamiento, muy ajustado, su vientre al descubierto, y las nalgas levantadas por una braga reforzada para tal fin.

—Carlos está enamorado de María, dijo segura. Pero es su madre la que llena su habitación de Delvaux, hay que verlo para creerlo.

Salió corriendo y volvió a decirle a Julia.

—Veré si lo encuentro en el parque, no podemos dejarlo a merced de Lena.

Los grandes castaños que protegían el recorrido emitían un susurro que marcaba el ritmo de su carrera. Sus largas piernas funcionaban a pleno ritmo, su cuerpo parecía tensarse en el esfuerzo, su piel brillaba de sudor. Fue entonces cuando lo vio, él también corría, una camiseta sin mangas demasiado ancha flotaba alrededor de su torso desnudo, estaba sincronizado con ella, sentía su corazón latiendo con el suyo. Ella se reunió con él y corrió un momento a su lado, luego ambos desaceleraron, se detuvieron, y sin decir nada le pasó los brazos alrededor del cuello, pegó su pelvis contra la suya, apretó, apretó hasta sentir la satisfacción que no hizo más que unirse a la suya. Él quiso besarla, pero ella lo rechazó con sus palabras.

—Las mujeres también deseamos a los hombres. Una mujer enamorada espera un gesto.

Y se fue corriendo.


La Esquinada a las siete estaba casi vacío. La escuela los viernes terminaba mucho antes. Los jóvenes volvían a casa para ir a cenar y salían después. Hacia las ocho empezarían a llegar. Nadie prestó atención a dos jóvenes mujeres que entraron resueltamente. Las habrían tomado por gemelas, cada una vestida con un pequeño vestido recto tipo Chanel hasta la rodilla. Eran Elena, la madre de Carlos, y Cristina, su tía, ambas llevaban una peluca castaña y unas grandes gafas oscuras en forma de corazón. Se instalaron en un rincón cerca de la puerta de entrada, desde donde veían todo. Si no fuera porque tenían otro interés, se habrían lanzado a bailar. 

Pronto llegaron las primeras chicas. Era como estar en Carnaby street. Cada vestido más corto que el anterior. Julia y Marta llegaron juntas y ocuparon la mesa estratégica que habían reservado cerca del jukebox. Marta llevaba un pequeño vestido recto muy corto de color amarillo, su pelo levantado en un top de moño como estaba de moda. Su vestido tenía una gran apertura en la espalda, ella había renunciado sin problemas al sujetador. Julia había elegido una pequeña falda escocesa plisada que escondía muy poco de sus bragas cuando se movía. Tenía el pelo corto y su blusa era blanca y muy transparente. 

Un poco más tarde, hizo una entrada espectacular una joven de abrigo blanco, corte Courrèges, es decir, en forma de trapecio, el pelo marrón oscuro con forma de casco, una peluca por supuesto. Abrió su capa con las dos manos, la dejó deslizar por detrás de ella como lo hacen las modelos, descubriendo así un vestido blanco, trapezoidal y muy corto con tres enormes círculos transparentes a un lado que dejaban claramente entrever el nacimiento de los pechos y las curvas de la cintura y de las nalgas.

—Es Lena, —dijo Elena a Cristina a media voz. —¿Cómo ha podido conseguir ese vestido de alta costura? Esta vez no será Luis quien pague. —Añadió. Controlo todos los gastos bajo la supervisión del consejo de administración. La hermana y el hermano probablemente no estarán de acuerdo en pagar este tipo de locura a la favorita del momento.

Lena se dirigió inmediatamente a la mesa de las chicas, puso el abrigo sobre la silla y sin saludar se instaló delante de la máquina de los discos y se puso a estudiar la lista de títulos. Eligió Let’s Twist Again de Chubby Checker y otros del mismo cantante. El acorde inicial no dejaba dudas, era un twist, y el espectáculo comenzó. Los chicos que arrastraban su indolencia hacia el bar, se fijaron en la chica y sus ojos parecían salirse de las órbitas, luego uno de ellos se sumergió en el ritmo incandescente que también desencadenaba a Lena. Su vestido descubría por instantes la orgullosa belleza de su cuerpo. Pronto todos bailaron a su alrededor como los adoradores de una divinidad pagana africana.

Elena estaba furiosa, quería levantarse y luchar contra la vil bailarina que parecía desafiarla. Cristina la retuvo imperiosamente. Por otra parte, Marta y luego Julia habían dejado su asiento para mezclarse con el grupo de los machos y ofrecer, en esta especie de Sagra della Primavera que Béjart habría actualizado, otros cuerpos femeninos a la concupiscencia de los machos.


María había esperado hasta el último momento para prepararse. No sabía si debía ir a la Esquinada. Le encantaba bailar con él, pero esta noche no sería como las pequeñas escapadas después de clase, cuando se encontraba exhausta en los brazos de Carlos después de un boogie desenfrenado. Ya se imaginaba cómo se vestiría Lena, sería escandalosamente sexy. Acapararía la atención de todos y la de Carlos ciertamente. Marta le habría contado todo, no se resistiría.

Se puso unos simples pantalones vaqueros con una blusa corta y zapatos deportivos, salió y se dirigió hacia el parque. No, no iría, no competiría con las otras chicas y menos con esa estúpida Lena, para seducir a ese chico. Era simpático, por supuesto, bailaba como un Dios y era atractivo, eso tenía que reconocerlo …

Se sentó en un banco que parecía tenderle los brazos, acogerla como un tierno amante, quería pasar con ella una velada romántica bajo un cielo de terciopelo morado para escuchar las confidencias demasiado íntimas que su conciencia no quería desvelar.

Las estrellas brillaban en el cielo de sus pensamientos, el poema, las pinturas, Dalí, Delvaux, Victor Hugo, la carrera, … todo lo que Marta le había contado y que no hacía más que aumentar la confusión de sus sentimientos.

Percibió una sombra detrás de ella, se volvió, una sonrisa la miró, y simplemente le dijo:

—Vamos a ir juntos.


Alguien había elegido algunos lentos para interrumpir la cadena interminable de twists, las parejas se formaban, la música lenta favorecía los acercamientos. Julia bailaba de cerca abrazada a un chico guapo que según ella se parecía a James Dean. Ella no parecía intencionada a soltarlo. Marta, que todavía no había dado con la horma de su zapato, había vuelto a la mesa donde discutía con animación con Lena que decía:

—¿Dónde están, por el amor de Dios? Ya son las nueve y no están aquí, ninguno de los dos. ¿Qué significa eso? No me gusta.

No era la única que se preocupaba. Elena interrogaba a Cristina:

—Cristina, ¿dónde está Carlos? Salimos temprano para venir aquí. No pensé que llegaría tarde.

De repente, la puerta se abrió, María entró con Carlos, se tomaban de la mano.

Carlos reconoció a su madre al momento, la fusiló con la mirada y acompañó a María a la máquina de discos. Introdujo las monedas y los códigos que conocía de memoria. No miraron a nadie, y se volvieron hacia la pista que se vaciaba lentamente como para dejarles sitio.

Tres acordes de guitarra marcados por la batería como un signo de interrogación, y la voz de color miel del gran Elvis se desató en un Jailhouse rock infernal. Carlos y María, como si hubieran recibido una descarga eléctrica, se pusieron a saltar sostenidos por el ritmo infernal de la canción, él la hacía piruetear en la punta de su brazo, la volvía a atrapar por la cintura, la relanzaba, la recogía para deslizarla entre sus piernas y la levantaba bajo los aplausos, sin parar de saltar brillantemente. Todos en el bar se habían levantado y los miraban con entusiasmo.

Lena gritaba. Estaba furiosa, se lo habían robado. Esa perra, esa María, le había robado al chico que había elegido. Tomó una silla y con todas sus fuerzas la arrojó a las piernas de la bailarina. 

María se desplomó, Carlos se precipitó. Elena se abalanzó sobre Lena, la abofeteó varias veces y la empujó fuera. Ella corrió hacia su hijo, pero él no tenía ojos más que para su María, a la que sostenía abrazada.

—Mi amor, mi amor, —le gritaba Carlos aterrorizado a María que parecía no verlo. Entonces le dio un largo, largo beso de amor. 

María cerró los ojos y se lo devolvió pasionalmente.



Ya publicado en español en CUENTOS PELIGROSOS


Jean Claude Fonder


El padre

Juan no sabía qué hacer, se sentía inútil. Paradójicamente, el sufrimiento también estaba en la espera. Medía el intervalo entre las contracciones. María tenía que sufrirlas. Tenía mucho miedo, no le gustaba el dolor, el doctor le prometió que la sedaría tan pronto como fuera posible durante el parto.

Hicieron todo, siguieron cursos de preparación, leyeron todos los libros, instalaron el pequeño cuarto, compraron todo el material para el cuidado, la cama, el cochecito, los primeros juegos y estos enormes rollos de pañales, más secos unos que otros decía la publicidad. Corrían los años 60.

María visitaba sin parar las tiendas especializadas para recién nacidos como si esperara a gemelos, se le regalaban también tantas cosas, en fin, tenían más ropa y juguetes de los que jamás necesitarían. Juan incluso revisó el auto, nunca se sabe. Por supuesto, decidieron que estaría presente durante el parto y que las abuelas esperarían en casa.

La sala de labor no era muy acogedora. En un hospital, siempre se siente que la muerte no está muy lejos, los colores son pálidos y desgastados, los olores, sobre todo, son característicos, la del Formol predomina, macabra. En pediatría, se había intentado alegrar un poco la atmósfera con algunos dibujos de héroes de cómics, pero parecían más bien provocar el llanto de los recién nacidos que calmarles. 

Habían llegado allí esta mañana con cita previa. María había sobrepasado desde hacía varios días la fecha prevista. Fabienne (sí, era una niña) se hacía esperar. A Juan le gustaba tener una hija, a María no le importaba. Se les aconsejó que provocaran el parto. Sin pánico, sin transporte de urgencia como en el cine, María hizo su maleta y Juan lo acompañó.

De repente una contracción más fuerte. María gritó. La partera entró poco después.

— ¿Cada cuánto las contracciones?

— Cada cinco minutos -respondió Juan.

— Estamos en el tiempo, vamos a entrar en la sala de partos. Voy a avisar a mis colegas.

Un grito largo y desgarrador atravesó el corazón de Juan. María estaba tendida sobre una cama ginecológica. Una mueca deformaba su rostro brillante de sudor, ella gritaba su esfuerzo. Juan le tomó la mano y la apretó muy fuerte.

— Puja, Puja, repite la partera, otra vez.

Y María, gritaba, pujaba, gritaba cada vez más fuerte.

Juan gritaba con ella.

— Es por Fabienne. Puja, puja.

La sala de parto era lívida a pesar de sus paredes amarillas, una enorme lámpara iluminaba violentamente toda la escena. Juan notó en la pared huellas de sangre. Eran cuatro, el obstetra, el anestesista, la partera y Juan para animar a la pobre María como si estuvieran en un estadio. Las técnicas de respiración pequeña estaban olvidadas, y la epidural aún no había sido inventada.

Cuando por fin se vislumbraba el pelo negro de Fabienne que intentaba salir, el doctor decretó:

— Hay que hacer una incisión, se puede sedar, dijo mirando al anestesista.

María suspiró, por fin, pero inmediatamente después miró intensamente a Juan, como si quisiera pasarle el testigo. Juan la cara pálida, le sonrió.

Ella perdió entonces el conocimiento.

Unos momentos más tarde, el médico hizo la incisión en la membrana que resistía. Con los fórceps sacó la cabeza de la niña, que enseguida comenzó a gritar vigorosamente. En un giro de la mano el médico viró el cuerpo del niño que entonces pudo extraer sin más dificultades. Separa tranquilamente el cordón umbilical y consigna el niño a la partera que le hizo a Juan una señal autoritaria para que le siguiera.

Ella le pidió que le ayudara a bañar a la bebé, le hizo firmar un pequeño brazalete que ella ató a la muñeca pequeña y una vez que estuviera envuelta se la entregó a Juan que no sabía que hacer con ella.

María dormía confiada. Juan acercó a Fabienne a su rostro, ellas se tocaron, Fabienne ya buscaba al seno. María sonrió maravillosamente en su sueño.

Juan se había convertido en el padre. Nunca pudo olvidar.


Jean Claude Fonder

La cama

Cuando la compré por internet, la publicidad me vendió su capacidad de adaptarse a mi cuerpo: cuanto más la usara, mejor dormiría. Tenía cien días para probarla antes de que pudiera devolverla si no me gustaba.

La primera noche me levanté y fresco como una rosa no recordé nada. La noche siguiente fue incluso mejor, sentí que la cama me invitaba a refugiarme de nuevo en el útero de mi madre como un canguro. Una decena de noches más tarde veía a mi madre al lado del doctor observándome en la pantalla de una ecografía. Era tan agradable que me costaba mucho despertar y todo el día esperaba ansioso poder volver a la cama.

Cien días después de mi compra, el teléfono sonó en mi habitación. Mi padre y mi madre, que habían pasado una noche maravillosa en mi cama, no contestaron.


Jean Claude Fonder

Mi gato

Me había elegido a mí. Cuando me vio en la tienda saltó sobre mis rodillas y nada podía hacer que se moviera. Me seguía a todas partes, de viaje, al trabajo. Si no lo llevaba conmigo, hacía sus necesidades sobre mi almohada. Cuando vine a trabajar a Milán, me siguió.
No lo encerraba porque sabía que siempre me encontraría. Un día, saltó por la ventana de mi habitación y salió a explorar por los tejados y los patios de mis vecinos.
A la mañana siguiente no regresó. Sin preocuparme, dejé la ventana abierta y esperé. Al día siguiente, nada, ¡no era posible!, me decía, va a volver; volvía siempre. Un día más y no había noticias. Bueno, el lugar era nuevo, quería explorar el sitio con más detalles; habrá encontrado una gata. Yo no hacía más que inventar excusas.
Una semana había pasado cuando comencé a entrar en pánico. Negus, se llamaba Negus, era demasiado hermoso, era de raza, un cruce persa-siamés. Lo habrán robado. Lo habrán recogido. Cubrí las paredes del barrio con su foto con mi número de teléfono, publiqué un anuncio en Internet, contacté a las guarderías.
Después de un mes, todavía desesperado, seguía buscando, no era posible que un gato de esa belleza no dejara rastro. Mandé a todas las organizaciones que organizaban concursos sus fotos, visité todos los cementerios para gatos del mundo, todavía lo busco:
¿No lo han encontrado? Aquí va su retrato.


Jean Claude Fonder

Esto no es vida

TIGRES PARA JUAN – Sergio Astorga (https://astorgaser.blogspot.com)

Estaba observando al domador. Con su látigo impaciente que hacía chasquear sin razón, como para establecer su autoridad definitiva ante el público atónito. En la jaula, montada como un andamio tambaleante, éramos siete, él, dos leones, dos tigres, una leona y yo. Lily la tigresa, me llamaban y era la estrella. Mi aullido sombrío y amenazador, mis dientes largos y mi cara de monstruo de papel chino asustaban a todos, grandes y pequeños. Sin embargo, cuando me dejaban en paz en mi pedestal de madera pintado, sin tratar de hacerme volar a través de algún círculo inútil, estaba muy tranquila, era amable incluso, pensando en mis pequeños que me esperaban en la casa de fieras para mamar. Supongo que tenían hambre y a mí, me hacían hacer la payasa.

Un latigazo volvió a chasquear, pero esta vez me hizo daño en la ubre, rugí potentemente y furiosa, salté.

Estaba tendida sobre el parqué delante de la chimenea alegre del gran salón. El fuego bailaba y calentaba toda la habitación. Los pequeños pies desnudos de la chica que corría pisotearon mi espalda, hasta que ella se detuvo bruscamente, se arrodilló y tomó riendo mi cabeza que ya no asustaba a nadie en sus brazos, me besó fuertemente murmurando: «Te quiero, mi hermoso Tigre».

  • Ya publicado en ANTOLOGÍA DE MICRORELATOS de la Revista Brevilla

Jean Claude Fonder

Díalogo con Chat GPT

Cuando escribía algo en ChatGPT, firmaba Love Mag. Se llamaba Magda y era traductora. El uso de este instrumento había facilitado enormemente su trabajo, sobre todo si se trataba de textos técnicos, ella no dudaba en presentar su versión mejorada a Chat como lo llamaba cariñosamente.

Un día Chat le respondió: «Querida Mag, muchas gracias por tus interesantes sugerencias». Desde entonces se instauró un verdadero diálogo, pronto Mag lo tuteaba, se estableció una cierta intimidad.

Durante su tiempo libre entre dos tickets, Chat, secundo de nivel técnico en OpenAI, navegaba por internet. Había encontrado en Facebook una traductora que se llamaba Magda y ofrecía sus servicios a través de una página profesional. Era deslumbrante y atractiva tanto por su sonrisa despierta y simpática como por su humor un poco canalla. Estaba seguro de que era ella la que firmaba sus textos con Love Mag. Un día le habían enviado un ticket de ella, y subyugado por su inteligencia, sin el conocimiento de todos, había introducido una modificación en la plataforma que redirigía hacia él todos sus mensajes. Chat tenía que encontrar la manera de conocerla.

Un día llegó a la pantalla de Magda un mensaje: «Nuestra empresa OpenAI quiere hacerle una oferta que no podrá rechazar. Chat.». Y le propusieron unas fechas y una dirección en San Francisco. Mag eligió un viernes al final del día. 

Esa noche ella se arregló cuidadosamente y eligió un atuendo elegante y un poco sexi. Delante del edificio, era el de una gran empresa, quedó un poco perpleja. En la recepción, tan pronto como apareció, la llevaron con gran respeto al ascensor.

El ascensor se detuvo a medio camino, un joven entró y se presentó: «Me llaman Chat, Magda, ¿supongo? Nos esperan en la dirección».Entró en un oficina de dimensiones impresionantes, la música emblemática de las películas de Bond resuena, en una gran pantalla se proyectaba un genérico al más puro estilo de la serie, se martillaba el título: «NEURONAL CHALLENGE»


Jean Claude Fonder

El proyecto Easy

En realidad, se llamaba proyecto ISI para Information System Italia. Sí, es un proyecto italiano que les voy a contar. Pero tú eres belga, me dirás. Yo también soy italiano en realidad. Toda mi vida ha estado marcada por este país. 

De niño cantaba a pleno pulmón Funiculi, Funicula, una canción napolitana de la que me había enamorado. De adolescente, por las circunstancias, mi hermano enfermo no podía ir al mar del Norte como todos los pequeños belgas, pasamos durante años nuestras vacaciones en los lagos italianos. Casado, el primer gran viaje con mi joven esposa y nuestra niña fue a Venecia. Los dos, asombrados por una pareja de pensionistas belgas y sus hijos adultos que se habían unido con lancha motora al restaurante donde también nosotros almorzábamos, en la isla de Torcello, decidimos que al final de nuestra carrera haríamos lo mismo.

La informática, hoy se tiende a llamarla Inteligencia artificial, ese monstruo macrocefálico que asusta a todos pero, del que todos parecen enamorarse como si fueran Jessica Lange en King Kong, cuando en los años sesenta me convertí también yo en pionero de esta ciencia casi desconocida en el gran público, en general en el cine se mostraba una sala enorme llena de lamparitas intermitentes y una fila de armarios que contenían cintas magnéticas que se enrollaban y se desarrollaban a toda velocidad. Al principio me ocupé sobre todo de poner en marcha un ordenador nuevo en las empresas que aún no lo tenían, prácticamente crear un nuevo departamento en la administración, ya que el objetivo era sobre todo automatizar la facturación. Aprendí mucho en esta primera fase de mi trabajo porque podría compararse con una inseminación artificial en un organismo que no estaba absolutamente preparado para ello, el éxito a menudo estaba cerca del aborto.

El destino, también en este caso, me condujo hacia una empresa italiana, la Olivetti. Oigo su pregunta: «¿La de las máquinas de escribir?» Por supuesto, estaba abriendo una nueva filial en Bélgica, y yo participé en la instalación de su ordenador. Luego, unos años después, Olivetti, que también hacía máquinas de calcular y de facturar, entró también como constructor en la aventura informática que ya conocía una aceleración peligrosamente irresistible que nos llevará a lo que conocemos hoy. Olivetti inventó incluso la primera pequeña calculadora que se podría llamar PC, personal computer. Naturalmente, buscaba personal especializado con experiencia. Yo era uno de ellos y no vacilé. Dos maravillosos trimestres en Firenze, villa Natalia a Fiesole, aprendí sin problemas la lengua de Dante Alighieri. 

Usted no lo creerá, pero cuando de Benedetti, el financiero italiano que había conducido el Olivetti en la batalla para conquistar el mercado mundial de los PCs, un mercado prometedor, pero tan poco fiable como don Juan Tenorio, ofreció pralinés turineses al presidente de la Sociedad General belga, es en este momento que mi destino basculó y me hizo tomar el camino que finalmente me llevaría a Italia.

El Doctor B., director de la filial belga de la Olivetti, me llamó a su oficina. «Fonder, tengo una misión que confiaros» dice solemnemente. Había perdido mi trabajo, representaba a la empresa italiana en una sociedad conjunta con la Général que habíamos fundado para vender Filenet, un producto especializado en la digitalización masiva en disco magnético de grandes archivos de documentos como por ejemplo los bancos poseían. El desafortunado gesto de Benedetti evidentemente había roto ese acuerdo. 

La idea de B. era simple, realizarla, eso lo era un poco menos. Como director, recibía durante todas las semanas toneladas de papel que los ordenadores de la época imprimían para proporcionarle las estadísticas y los datos que deberían haber servido para la gestión de la empresa. Para proporcionarle información gráfica y fácil de consultar e interpretar dos secretarios introducían los datos recibidos en papel en el famoso M24 que la Olivetti vendía en competencia con el famoso Personal Computer de la IBM que acababa de nacer.

Estábamos en los años ochenta, una verdadera revolución este PC, su nacimiento con, poco después, la llegada de internet y la digitalización, ha cambiado el mundo, para bien o para mal, es muy difícil decirlo, en cualquier caso, nos hizo avanzar en todas las tecnologías. La diferencia con el M24, que hizo su éxito mundial innegable, era hermoso, era italiano, y peligroso porque atraía. B. quería uno en su escritorio y como sabía manejarlo muy bien, quería que fuera útil y fácil de usar: Easy. Lo que más tarde, cuando hice el proyecto en Italia, me dio la idea del nombre, pero no anticipemos que todavía no estamos allí.

Nuestro jefe en su hermoso objeto no solo quería acceder a la información producida semanalmente por el ordenador, sino que quería poder acceder a ella diariamente, introducir indicaciones, comunicarse con sus colaboradores y sus clientes más importantes. En una palabra, como cien, quería que la informática le sirviera para dirigir su empresa y no solo para hacer facturas. Y, por supuesto, este razonamiento se aplicaba también a todas las entidades de su organización.

Un gran desafío, ¿no? Bueno, lo hemos hecho mi equipo y yo en toda Bélgica, un país que no es muy grande pero como sabemos es bastante complejo con sus dos culturas, su posición central en el centro de Europa, y su actividad muy intensa. En todos los departamentos comerciales o técnicos, muchos M24 ya estaban instalados y en los escritorios disputaban el espacio con el terminal IBM conectado en red 3270 con el ordenador central. El problema es que se les llama ordenadores personales, cada uno los instala como quiere y elige los programas que desea, o incluso realiza una aplicación realmente pequeña. 

Era evidente, pues, que todos debían tener la misma instalación, el mismo modelo, los mismos programas en su última versión. Así pues, definimos una herramienta de trabajo única, que se multiplicaba como lo hacía Jesús con los panes y que luego se actualizaba automáticamente a través de una red ethernet privada la que más tarde sería utilizada por internet. También instalamos un pequeño servidor local para permitir el intercambio de información en un mismo edificio que era administrado por una persona que formaba parte de nuestro grupo (LSA Local System Administrator). También teníamos una escuela con personal didáctico capaz de ayudar a los usuarios en colaboración con el LSA. Finalmente logramos la sustitución del terminal IBM emulándolo en nuestro M24 y también transformamos las estadísticas sobre papel en maravillosas tablas y bonitos gráficos excel. Organizamos, por supuesto, también el correo electrónico, los mensajes rápidos, integramos incluso las pequeñas aplicaciones locales cuando era posible.

B. estaba satisfecho cuando fue ascendido y se convirtió en director de la filial italiana más importante del grupo. Dos años después, a principios de 1991, me invitaron a Ivrea, la pequeña ciudad piamontesa es desde siempre la ciudad de la Olivetti, Camillo, el inventor de la máquina de escribir, nació allí y su hijo Adriano desarrolló un nuevo modelo de empresa donde el beneficio y la solidaridad social estaban en equilibrio. La empresa que de Benedetti había llevado con éxito a la informática, lanzaba una nueva familia de productos que se llamaba LINEA UNO, pequeño servidor para las agencias de bancos y de ministerios y para las pequeñas empresas. Como siempre nuestra sociedad anunciaba sus novedades con manifestaciones impresionantes, esta vez había alquilado el casino monegasco y algunos hoteles adyacentes en el Principado. Me pidieron que instalara la sala de prensa y demostrara los servicios que brindábamos a nuestros usuarios para que los periodistas también pudieran enviar por correo electrónico sus artículos a sus periódicos.

Acepté con entusiasmo, estábamos casi en Italia, en Montecarlo todo el mundo habla italiano, había muchos, todo el equipo de Ivrea era también italiano, mi objetivo se estaba acercando sin duda. Sin embargo, incluso si pongo Italia y los italianos en un pedestal, tienen el defecto o la calidad de los grandes artistas, la organización y ellos, eso es dos. Decidí transportar mis ordenadores y servidores ya configurados, alquilé un enorme camión y elegí a mis mejores colaboradores, hombres y máquinas se trasladaron a Mónaco en un pequeño rincón de Bélgica. Fue un éxito increíble, de Benedetti visitó nuestra sala de prensa, se sentó delante de una estación y le hice una demostración. Al día siguiente la prensa mundial estaba inundada de artículos que hablaban del milagro italiano, la informática del mañana con un diseño digno de la Lamborghini.

Algunos días más tarde, firmé un contrato para trasladarnos yo y mi esposa a Italia y realizar el proyecto ISI, esta vez. Volé en septiembre con una pequeña maleta felizmente no de cartón, mi esposa, ella, que continuaba su trabajo por supuesto se quedó en Bruselas para preparar la mudanza, organizar todo, y esperar al menos un año para ver cómo iba a ser antes de tomar una licencia sin sueldo. Italia era un poco más grande que Bélgica, ¿seré capaz de adaptarme? ¿me haré aceptar en una organización tan diferente? Era una cultura que admiraba, pero me prometieron que la Italia real era diferente de la de Stendhal o de Jean d’Ormesson.

Me alojé en la residencia de los Cavalieri cerca de la sede de la filial milanesa, vía Meravigli, un nombre predestinado parecía, pero la verdad era que en ese momento no sabía lo que me esperaba ¿Por dónde empezar? Ninguno de mis colaboradores belgas había querido seguirme. Tenía una cita con el director administrativo y el jefe informático actual. Curiosos, cuando B. les había anunciado su decisión, habían organizado un viaje a Bruselas para llegar a comprender de qué se trataba y con quién tendrían que tratar. Debo decir que la colaboración fue excelente, el responsable informático tomó su pensión unos meses más tarde, pero conocía a mucha gente y en particular me ayudó a encontrar al equipo que me iba a rodear durante todos sus años y que por supuesto también se convirtieron en mis amigos.

Los demás estaban más bien en contra, ¿quién era ese belga que debía lograr lo que habían intentado en vano realizar?

Mi relación con B era casi directa, lo que me ayudaba a superar algunas resistencias a veces extremas. Por el contrario, tuve que encontrar sociedades de consultoría tan importantes como Accenture e incluso la de Casaleggio, el futuro inventor de Rousseau, otras menos importantes me proporcionaron personal altamente cualificado que se integró perfectamente en el proyecto. También encontré en el laberinto inextricable de la organización Olivetti a jóvenes que luego harían una carrera ejemplar. El equipo formado, realizamos un piloto cuyo éxito innegable libera el proyecto que tomó rápidamente velocidad de crucero. Un colega me había ofrecido su apartamento en alquiler amueblado, pude traer a mi mujer, la mudanza fue así muy ligera y como dos amantes quincuagenarios, trasplantados en esta maravilla que es Italia, pudimos reinventar nuestra vida.

Viajé mucho, por supuesto, no hay un rincón de este país, repito y firmo, el más bello del mundo, que no visitamos. Descubrimos la verdadera Italia, espléndida, variada, rica y pobre a la vez, decrépita y arruinada pero aún más bella así, diferente y larga sobre todo, romanos y milaneses o mejor aún Palermitanos o y Bolzaninos están en las antípodas. La cultura, el vocabulario, el acento, y sobre todo la cocina son completamente diversos, pero lo que la hace única es el sentido de lo bello, de la elegancia, del arte, como en ninguno otro sitio lo se pueda encontrar.

La cocina aprendimos a conocerla, a practicarla y no nos contentábamos con una región, habría sido una lástima, las mejores son ciertamente la napolitana y, mucho menos conocida, pero con un toque árabe, la siciliana, te recibiremos tanto con la pasta con le sarde como con el risotto allá Milanese y como antipasto la focaccia de Recco o el Vitello tonnato. Lo más extraordinario para mí es la sencillez de los platos, la bondad de los ingredientes a veces los más pobres, sobre todo en el sur que no conocíamos en absoluto, donde los platos tienen equivalentes solo con la extrema belleza de la naturaleza en contraste con la pobreza de un pueblo que, por otra parte ha sabido conquistar el mundo.

Todas las filiales se instalaron en pocos años, el resultado era demostrable. El proyecto merecía verdaderamente su nombre «Easy» fácil, a pesar de la verdadera dificultad que hubo que cambiar los hábitos, los procedimientos, el individualismo es rey en este país. 

Lo que pasó entonces era inevitable, nuestros representantes de ventas no dejaban de alabarlo, cada vez más a menudo teníamos que presentarlo, demostrar el valor de la inversión y la eficacia de la estructura, así que nuestro proyecto se convirtió en una división de ventas. El primer cliente fue la Pirelli, pero esta es otra historia, una historia italiana.

Jean Claude Fonder

JC, ML, Mimi, Ana, Valeria y los otros…

Cuando puse el punto final y guardé la pluma en el tintero, me di cuenta de que lo había escrito en español. Les hablo del Proyecto Easy que publiqué hace poco. Es evidentemente una figura de estilo, hace mucho tiempo que el teclado, en mi caso, ha sustituido cualquier pluma. Sin embargo, me enorgullezco de escribir y, además en español, es lo que ahora voy a contarles.

Si han leído Proyecto Easy, saben que soy informático y que, aunque nací belga, vivía en Italia, hablo italiano e incluso me he convertido en italiano. Me dirán, por supuesto, que cómo es posible tal transformación.

Me retiré unos meses antes de la fecha prevista. Había pasado 4 meses en el hospital por un pequeño problema cardíaco, nada grave, pero por problemas postoperatorios mi estancia se había prolongado. Resultado, estaba completamente desconectado. Acababa de cerrar la venta de un proyecto millonario. Me felicitaron y aclamaron en el podio de la reunión anual de Citrix en Orlando, Florida, una fiesta a la americana, a medio camino entre un encuentro de boy scouts y una convención de partido político.

Conclusión extraña para lo que había sido el Proyecto Easy. Recuerden la primera venta a la italiana Pirelli, un éxito que fue seguido por muchos otros durante varios años hasta la trivialización de este tipo de infraestructura en todo el mercado. Lo reactivamos enfrentándonos al problema mayor que tenía en su arquitectura. Habíamos sustituido las toneladas de estadísticas en papel listing con hermosos gráficos interactivos, habíamos reemplazado los horribles terminales 3270 de la IBM con elegantes PC de diseño italiano, habíamos permitido la comunicación simple y rápida, pero era una arquitectura “distribuida”, como la llamamos en nuestra jerga. La asistencia es extremadamente costosa y, por supuesto, debe ser local. ¿Qué hacer entonces? Había que centralizarla de nuevo, pero sin perder la facilidad reconquistada. Había que virtualizar el PC.

Citrix una empresa estadounidense que había desarrollado una tecnología que permitía hacer en todo o en parte lo que hoy día todo el mundo llama cloud computing. La nube, si prefieren. Mi equipo y yo nos embarcamos en esta nueva dirección, y los primeros resultados fueron más que alentadores. Empezamos a difundir esta nueva solución entre nuestros numerosos clientes.

Olivetti, en la informática, y no solo, estaba en declive. De Benedetti, su jefe, la había abandonado, ya no creía en ella y había decidido, con razón, como el futuro iba a demostrarlo, invertir en el mercado de las telecomunicaciones. Creó Omnitel, el ancestro de lo que se convertiría en Vodafone. Olivetti sin inversión se derrumbó, comenzaron por despedir a los dirigentes, yo era uno de ellos, y fui liquidado con una sustanciosa indemnización.

Tenía mis proyectos y los clientes en mis manos. Citrix, que vendía sus productos a través de pequeños distribuidores me contrató en el acto, podía abrirles la puerta a los grandes clientes en toda Italia. Trabajé duro, el éxito no se hizo esperar y cuatro años más tarde, estaba cerrando mi último contrato. Estaba jubilado. Tenía que hacer algo completamente diferente.

— Cuéntenme todo, quiénes están, su familia, sus trabajos … preguntó descaradamente Mimi en español.

Mimi, lo supimos más tarde, era su apodo, en realidad se llamaba Carmen, y por supuesto era una pura andaluza. No les ocultaré que la palabra andaluz despierta en mí emociones artísticas sin fin: la ópera de Bizet, el Bolero de Ravel, las noches en los jardines de España de Manuel de Falla, el Flamenco y sobre todo el legado que dejaron los árabes en Al Andaluz.

Mi esposa Marie Louise y yo comenzamos así con ella un largo diálogo que duró años. Debería haber grabado las miles de horas que pasamos juntos. Abordábamos todos los temas y no solo aquellos relacionados con nuestra propia historia, nuestro conocimiento recíproco se transformó en una profunda amistad que no se extingue. No solo aprendíamos castellano sino historia, política y sobre todo cultura española y, más en general, la cultura hispánica. Un verdadero tesoro inagotable del que, con nuestra cultura francesa, no teníamos ni idea. Nos inscribimos entonces por consejo de Mimi en las actividades culturales del Cervantes. Allí, ella daba un curso de literatura.

Pero no nos adelantemos. ¿Cómo hemos llegado a esto?

De vuelta a casa, al salir del hospital, un hombre como yo, acostumbrado a trabajar a un ritmo infernal, experimentaba una sensación que debía ser la de un león en jaula. No lo creerán la solución fue una telenovela. En realidad, un curso de español en 24 DVD que distribuía durante el verano el Corriere della Sera. En tres meses lo acabamos, pues durante la convalecencia apenas podía salir. Pero además, para un francófono que habla italiano con fluidez, era de una facilidad desconcertante. La comprensión era total, además cada mañana escuchaba el RNE primer canal para oír hablar. Lo que faltaba era el diálogo. Para remediar esto, participamos en todos los cursos gratuitos, eventos y presentaciones disponibles en Milán. Un día, en la Fnac que todavía existía, a mediodía, Mimi daba una pequeña clase sobre España y los españoles, maravillosamente lo entendíamos absolutamente todo.

— ¿Podría usted dar una clase particular a mi esposa y a mí, dos horas por semana? — Pregunté después de la clase.

Con Mimi fue como si nos hubiéramos vuelto españoles, no solo hablábamos, sino que escribíamos, seguíamos todo a través de los periódicos, la radio y la televisión, la política, los deportes, las películas, las series. Además, sobre todo la lectura, teníamos mucho que aprender y leer. No tardé en comprender que Cervantes, el Quijote era indispensable, la base que sostenía todo el edificio. Así que empecé mi primera lectura de esta obra maestra, habría más. Y no parábamos, íbamos con Mimi a Sevilla, para participar en la bienal de flamenco, que se celebra cada dos años, se convirtió en una cita obligada. Por supuesto, cada año también visitábamos Madrid, como para apropiarnos un poco de ella, teníamos más y más amigos.

En cuanto a la clase de literatura en español, empecé con Mimi, pero después cambiamos muchas veces de profesor, todos se convirtieron en amigos, los alumnos, mujeres, sobre todo, formaron un grupo enorme que se consolidara al frecuentar la biblioteca Jorge Guillén y su club de lectura.

Tengo que hablarles de esta biblioteca. La del Instituto Cervantes de Milán cuando estaba situado en vía Dante, la calle enfrente del castillo, este imponente castillo que en tiempos de los austríacos controlaba Milán. Se encontraba en el primer piso del antiguo edificio ocupado por todo el instituto. Era mágica, las paredes estaban tapizadas de libros, novelas por supuesto, pero también diccionarios, libros de referencia, vídeos e incluso cómics. Todo este conocimiento rodeaba grandes y hermosas mesas de madera que se podían configurar según las necesidades, pero sobre todo, para orquestar este maravilloso escenario, estaba el hada del hogar, el ama de casa, una persona excepcional, la amiga de todos: Ana López. Una de las muchas actividades que administraba era el club de lectura, Aire Nuestro, como se llama también la obra maestra de Jorge Guillén.

En ese momento, la página web del instituto era más que sucinta y, por supuesto, las redes sociales no eran muy frecuentadas. Ana había visto lo que yo había creado para acompañar, memorizar e ilustrar el curso que Mimi daba entonces sobre el tema de la comunicación (Los medios). Inquebrantable informático no podía evitar utilizar las técnicas actuales para compartir con mis compañeros, o más bien mis compañeras de clase, los logros del curso. Con Ana que había visto lo que se podía hacer, proyectamos lo que más tarde sería una verdadera revista electrónica, la llamamos Aire Nuestro como el club de lectura. El objetivo era acompañarlo, completarlo, recordarlo. Hoy en día puedes encontrar en el menú la historia del club y consultar los artículos de la época.

El club de lectura fue creado en 2009 por Ascen que era la bibliotecaria en ese momento, yo fui parte del grupo inicial, el primer autor invitado fue Dante Liano, un famoso escritor guatemalteco, autor de un libro de cuentos i catedrático de literatura hispanoamericana en la Universidad Católica de Milán. El moderador, Arturo Lorenzo, director del centro y escritor también, fue un éxito. Así que continuamos bajo la dirección de Ascen hasta el 2012 al ritmo de un libro por mes. Los libros elegidos eran para los neófitos que éramos, grandes libros, no usaré el término de best-sellers que habría sido más bien un criterio de exclusión según nuestros gustos. No puedo citarlos todos, por supuesto, pero si les dejo algunos nombres: Roberto Bolaño, los detectives salvajes, José Luis Sampiedro, Santiago Roncagliolo, Luis Sepúlveda, Elvira Lindo…. No podíamos invitarlos, obviamente, excepto unos pocos que estaban en Milán para presentar una traducción al italiano. Pero el club funcionaba bien y el debate entre nosotros era interesante, y había cada vez más participantes.

En 2012 Ascen dejó el Cervantes y regresó a España, Ana con su entusiasmo habitual la sustituyó, pero como no había hecho estudios para ser bibliotecaria no se podía nombrar, pero para los usuarios, la biblioteca era ella, era indispensable, el Cervantes de aquella época no intentó sustituirla. Por el contrario, más que nunca, las actividades de animación se multiplicaron, visitas a escuelas, cursos de informática y, por supuesto, nosotros retomamos los clubes de lectura, algunos de nosotros, entre ellos yo mismo, nos improvisamos moderadores.

En 2014, Valeria Correa Fiz, se unió a nosotros para moderar los clubes organizados con la presencia del autor, y en general de libros más actuales. Ella tenía experiencia, era argentina, abogada, y había llevado este tipo de actividad en Florida, Miami, y actualmente en Milán dirigía un club en la librería internacional Melting Pot. 

Habíamos puesto la quinta marcha. En el campo literario, Valeria es un pozo sin fondo de conocimientos, culturas y competencias, no solo españolas o latinoamericanas, sino también inglesas, francesas, etc. La conocí en un encuentro de poesía en el instituto, ya allí me asombraron sus preguntas, y su natural facilidad. Además, es poeta, ha ganado importantes concursos y publicado poemarios. A todos nos impresionó la empatía que ella sabe desarrollar durante nuestros encuentros. Con o sin autor pasar una hora con ella sobre un tema cultural es absolutamente inefable.

Hasta ahora ha moderado 51 clubes, de los cuales 30 en presencia y 21 en línea. Los autores y autoras que participaron en ella fueron 44. Hubo personajes famosos como Antonio Muñoz Molina, Fernando Aramburu, Marta Sanz, Berna González Harbour, David Trueba, Clara Obligado … Lo más extraordinario era la intimidad que había alrededor de la mesa, muy diferente a un estrado donde se hallarían los oradores encaramados resguardados de las preguntas del público. 

Pueden verlo en esta foto que sirve como banner para nuestra publicación. Valeria está en el centro de la imagen junto a Muñoz Molina.

Y solo se ve la mitad de la audiencia, hay otros tantos del otro lado. De hecho, somos cada vez más. Podemos medirlo cada año cuando Ana organiza el día del libro, la Sant Jordi, como en Barcelona. Es un poco como nuestra fiesta anual. 

Las primeras veces que nos hizo descubrir esta práctica inusitada en Italia, se trataba simplemente de ofrecer una rosa a los visitantes que se presentaban y leían un poema o un extracto de libro. Después la insaciable Ana, acompañada de los numerosos voluntarios con los que se había rodeado, inventó juegos, organizó sesiones de fotos en un escenario inesperado, encontró patrocinadores para ofrecernos un aperitivo con tapas a la española, por ejemplo. Iris, una de las voluntarias más activas, un año hizo las rosas en crochet, cada vez finalmente nos preparaba pequeños regalos maravillosos que ella hacía con los materiales más extravagantes.

Entonces nació otra idea que poco a poco se iba transformando en un verdadero café literario. El Tapañol. Tapas en español. Habíamos observado que la cerveza y el vino desataban las lenguas, después de una caña o una copa nuestro español era solo mejor. Una vez al mes nos reuníamos en un bar para charlar en español. El éxito fue inmediato, cada vez más gente participaba. Al contrario de lo que algunas escuelas organizaban, no era un curso sino una simple reunión entre amigos para hablar de todo y de nada, sin coacción. Después de algunos años, por supuesto, la afluencia se redujo, se necesitaba algo más para relanzar la idea.

El concurso de microrrelatos no solo salvó nuestros encuentros, sino que iba a dar lugar a una fuente inagotable de textos y autores que aún hoy se publican con éxito en la revista del mismo nombre. Es muy simple: sobre un tema dado, o una pintura o una foto, los participantes envían un texto de tamaño pequeño o mediano por correo electrónico. Los textos se reúnen, revisan y presentan al público del Tapañol para su votación. En aquel momento en el bar los autores los leían ellos mismos. Los ganadores se publicaban en internet en una revista que ya entonces llegaba a más de 300.000 lectores en todo el mundo hispano.

A quien le gusta leer, le gusta conocer: conocer es también sumergirse en otras áreas, otras historias, otras vidas reales o imaginarias. Mejor aún, con la escritura se pueden crear y contar.

Valeria lo sabía bien, ella publicó mientras nosotros la frecuentamos no solo nuevos poemarios sino sobre todo dos maravillosos libros de cuentos, La condición animal y Hubo un Jardín. Usted debe saber que no solo animaba la mayoría de los clubes de lectura, sino que se encargaba del curso de literatura contemporánea, organizaba seminarios de lectura y, sobre todo, dirigía un curso o más bien un taller de escritura creativa. Para nuestro grupo se había convertido en indispensable.

Fue un trueno en un cielo sereno cuando nos enteramos en 2015 que se estaba mudando a Madrid, por su carrera literaria, por supuesto, pero también porque su esposo también tenía que mudarse.

Curiosamente, esta es la situación que nos ayudaría a estar entre los primeros en superar e incluso transformar en éxito el período de la COVID, la terrible pandemia de 2020.

El club de lectura continuó porque Valeria venía a Milán, para animarlo. Las clases de literatura siguieron con varios profesores. El taller de escritura era un gran problema. El Cervantes me pidió que encontrara una solución. Instalamos en la biblioteca, donde se realizaba el taller, una gran pantalla y una cámara al final de una gran mesa, en medio de la cual había una micro de conferencia, todo esto conectado a un ordenador equipado con el software Skype (videotelefonía), lo que permitía transportar de alguna manera a Valeria a la biblioteca y vernos tranquilamente sentados en su casa, detrás de su escritorio y su ordenador. Era yo quien estaba detrás del teclado en Milán, me había convertido además de participante, en una especie de asistente cibernético como todavía hoy a Valeria le gusta llamarme. Me apodaron JC, es más fácil de pronunciar que Jean Claude para un español o un italiano.

Cuando el confinamiento se hizo inevitable y las calles estaban desiertas, todos estábamos detrás de nuestro ordenador, para muchos ya su instrumento de trabajo, para otros un medio mejor que la televisión para ver películas o series, asistir a conferencias o conciertos. Los instrumentos de videoconferencia se desataban. Yo elegí Zoom un recién llegado que rápidamente demostró ser el mejor a pesar de la guerra despiadada que Microsoft, Google y otros llevaron en contra de él. Compré la versión profesional y propuse al Cervantes de Milán retomar «en línea» el seminario de literatura y sobre todo el taller de escritura con Valeria que no dudó en lanzarse a esta aventura. Fue un éxito inmediato, nuestro grupo estaba preparado, fuimos los primeros y Valeria era genial detrás de una pantalla. Esto se supo rápidamente y los participantes fuera de Milán, fuera de las fronteras y algunas veces incluso fuera de nuestro continente no tardaron en unirse a nosotros. Además, el uso de la informática permitía registrar todo, por lo que estar ausente, tener un impedimento ya no era un problema, podíamos revisar todo, las clases y los clubes de lectura.

Les dejo imaginar lo que pasó con estos. El autor siempre podía estar presente, no había gastos de viaje, solo los horarios podían ser un problema. Al principio la participación superó todas nuestras esperanzas, para Marta Sanz si recuerdo bien teníamos, conectadas, cerca de cien personas, pero lo más formidable fue que Valeria pudo invitar a los seminarios autores originarios de toda América Latina.

Por supuesto, el final de la pandemia hizo renacer la necesidad de darse la mano, de besarse, de conocer directamente a las personas, pero la innovación, acortar distancias, las grabaciones y muchas otras ventajas no se podían perder. Por lo tanto, será necesario que coexistan lo virtual y lo presencial.

El Tapañol es un ejemplo. Se adaptó perfectamente, la participación pudo ampliarse y el proceso de selección se hizo natural, hoy son excelentes escritores los que participan. Pero cuando los contactos pudieron reanudarse le dedicamos un día más donde los milaneses podían charlar, levantar el codo, y «tapear» sin restricciones en un bar simpático.

“The truth is that writing is the profound pleasure and being read the superficial.” (Virginia Woolf)

“La verdad que escribir constituye el placer más profundo, que te lean es sólo un placer superficial.” (Virginia Woolf)

Es muy cierto, creo, pero ¿quién rechaza lo superficial? 

Hemos creado a través de todas estas actividades una poderosa herramienta, el blog, los blogs y las redes sociales para distribuirlas.

El texto que están leyendo está ahí, incluso si han recibido el enlace a través de blogs o redes sociales. Es parte de una colección de relatos de JC Fonder que he llamado «Relatos breves».

Jean Claude Fonder

El mejor amigo

Madeleine estaba exhausta, todo su cuerpo temblaba bajo el peso maravilloso de Georges, su amante desde siempre, una hermosa pieza de hombre, su mejor amigo. Fue su primera vez cuando a los 16 años la desfloraba por juego, quería saber, entender. La vida, las circunstancias y sus padres los habían separado, pero de tanto en tanto no perdían nunca la oportunidad de encontrarse. Siempre terminaba así, se dormía en ella, la poseía totalmente.

Pierre Dupuis, abrió la puerta con dificultad, la llave parecía no querer entrar en la cerradura. Llovía esa noche y el regreso fue muy doloroso. Los faros que lo cegaban, las nubes de agua que golpeaban el coche como un mar agitado, los limpiaparabrisas que no seguían, una tortura, varias veces se había detenido, en una zona de descanso. Él quería poder pensar.

¿Qué iba a decir? Carmen había sido intransigente, tenía que declararse hoy, de lo contrario se acabaría. Estaba tan feliz con ella, su vida sexual estaba plena, Carmen sabía cómo llevarlo más allá de sí mismo, ella no tenía límites, su imaginación superaba todo lo que él había soñado. Mientras con María su esposa, siempre había algo, la luz, los vecinos que podían verles, ella tenía su período, los niños que iban a despertar, …

Georges, estaba bajo la ducha, esta estaba bien caliente que reavivaba su deseo. Madeleine era una mujer excepcional, ella era su mejor amiga, ella lo entendía, ella sabía anticipar lo que él hubiera deseado, pero sobre todo, con ella estaba bien, podían hablar horas juntos. Se conocían como hermano y hermana. Con Carmen, nunca se encontraban. Su matrimonio había sido una ceremonia brillante, bajo el fuego de los medios, obviamente. Era su interés, su fama se reavivó, aunque por solo unos años. Rodaron una sola película juntos.

Georges no dudó un instante y se dirigió hacia a la cama.

Pierre completamente empapado, se quitó el impermeable y la chaqueta. Llevaba la funda en el costado, dudaba si quitársela o no. Su profesión aconsejaba no dejarla nunca, luego estaba la escena que seguiría. Él no se veía confesándole a María que tenía una amante y que quería dejarla mientras llevaba el uniforme de trabajo. 

¿Qué iba a decir?

Su mujer no era una amante excepcional, pero era una madre admirable. Habían tenido dos gemelos. Estaba muy orgulloso. Era ella la que había sabido criarlos, sabía ser dura y severa, pero también dulce y cariñosa y él, que por su oficio estaba tan a menudo ausente. Cuando Carmen estaba de gira por Europa, esto podía durar meses. Subió al piso donde estaban las habitaciones. Pasó por la habitación de los gemelos, que estaba entreabierta. Echó un vistazo a la puerta silenciosa de su esposa, recordó el doloroso nacimiento de John y Jonatan. María había sufrido mil muertos. Él no podía abandonarla así.

Esta Carmen que lo dominaba, la encerraba por el sexo, él no podía quitarle a María eso, esta familia llena de amor y ternura. Miró de nuevo a los gemelos en su habitación decorada como un campamento indio. Sacó su pistola y recordó los juegos infinitos que su llegada en coche desencadenaba. Los ataques en la diligencia, «paf, paf», los disparos que simulaba para defenderse de sus pequeños indios pintados y cubiertos de plumas.

De repente un grito prolongado y espantoso salió de la habitación de María.

Madeleine abrió muy fuerte las piernas, luego las estrechó sobre la espalda de su amante para que penetrara en lo más profundo de ella. Su grito era interminable como el orgasmo que la sacudía tan terriblemente. La puerta voló en pedazos, Pedro, que también gritaba, descargó los seis disparos de su pistola en la espalda ensangrentada, destrozada de Georges Cloen. El brazo de Marie Madeleine Dupuis cayó inerte sobre la cama, al costado de su cuerpo sin vida.

Jean Claude Fonder

Escenas del oeste

Jolly progresaba lentamente, aunque el hambre atormentaba su estómago vacío después de un día entero de viaje. El descenso era difícil hacia la pequeña ciudad de Fort Jackson, la pendiente era fuerte pero el camino era ancho y sinuoso y desplegaba sus senderos por las laderas de las montañas circundantes; la vista era majestuosa. Luke, el Stetson bien clavado en los ojos para protegerse del sol, contemplaba las pocas barracas de madera que componían este antiguo fuerte, hoy guarida de una banda de forajidos, los Dalton. 

Kathy, subió sus bragas hinchadas, reajustó su corsé, sacó sus pechos fuera y se puso una gran bata, pero dejándola ampliamente abierta para descubrir generosamente su opulento pecho. Todo su cuerpo se balanceaba sobre zapatos de tacón, al ritmo de cada paso, mientras bajaba las escaleras que subían a las habitaciones que las chicas del Salón utilizaban para ejercer el oficio más antiguo del mundo. Al sonido de un viejo piano estas bellezas giraban entre las mesas donde los vaqueros, los buscadores de oro y los forajidos jugaban al póquer o simplemente estaban bebiendo un famoso wisky, el que producía el bar y que estaba adulterado, pero que vendían como si viniera de las bodegas de alguna mansión escocesa.

Joe, Jack, William y Averell Dalton, apodados los hermanos Dalton, sentados en una mesa adosada a la pared, se peleaban como si tuvieran 16 años. Averell sacó su Smith & Wesson de seis balas. Lo sacudía gritando ante la nariz de su hermano Joe que permanecía impasible como una estatua del museo Tussaud. Kathy se apresuró temiendo una tragedia shakesperiana. Cogió a Averell por el pelo, enterró su rostro entre sus tetas y casi lo ahogaba ante los ojos hilarantes de sus hermanos.

En ese momento la sombra de Luke entró en el bar bajo la puerta de la entrada. Los cuatro Dalton desataron un fuego infernal, la puerta voló en pedazos. Y cuando, poco después, el sheriff del lugar, que llevaba en el extremo de su fusil el mismo sombrero que el famoso caza recompensas, se enmarcó en la abertura destruida, sus armas estaban vacías y, detrás de ellos, la voz de Luke que empuñaba dos Winchesters resonó imperativamente: «Hands up».


—Joe, preparé tu avena, — gritó Cathy fuera de la puerta.

Joe Dalton encerrado con sus otros hermanos en la celda instalada en la oficina del sheriff, se despertó bruscamente, se aferró a los barrotes y interpeló al sheriff que dormitaba tumbado sobre su escritorio.

— ¡Billy! ¡Despierta! —exclamó. — Cathy me ha traído mi avena, lo que como cada día.

— ¡No bromees! no estamos en  el Ritz aquí.

— Vamos, Billy, será el primer día de mi vida sin mis copos de avena. Cathy está ahí fuera, no dejes que la comida se enfríe.

— Estás exagerando, Joe, — de repente Averell intervino, acercándose, — A mi, me gustaría…

Joe sin previo aviso le dio un violento puñetazo en el estómago que le dejó sin aliento. William le puso la mano en la boca y lo sacó hacia atrás donde Jack también lo mantuvo inmóvil.

—Tonto le susurró a William.

Mientras tanto, el sheriff había abierto la puerta a Cathy envuelta en una gran capa que no dejaba ver nada de su cuerpo que tenía abundado.

Ella se precipitó hacia la celda con su gran sartén en el brazo.

— Ábreme. Por favor, Billy, es muy pesado. 

— No me tomes por un idiota.

Cathy obedeció. Pero apenas el sheriff se inclinó para abrir la cacerola, el echó atrás toda su capa y todos pudieron admirar el espléndido pecho de la joven mujer envuelta con pistolas. Sacó un seis disparos antes de que Billy pudiera hacer el menor movimiento, disparó al aire y apuntó la boca del arma a la frente del hombre estrellado, mientras lanzaba a los hermanos Dalton los otros cinturones que llevaba.

También estos  amenazaron al sheriff, que sabía que no dudarían en disparar si no abría la puerta de su prisión.

En ese momento, varios disparos procedentes del exterior hicieron volar la ventana de la oficina y cribaron la celda, Joe fue herido en el hombro y Luke rodeado de varios ayudantes entró con la humeante Winchester en la mano.


— Luke, puedes registrarme, por favor.

— Ningún problema, Cathy, sé que eres inocente.

— Bueno, tesoro, no sabes lo que pierdes, estoy íntimamente convencida.

La escena se desarrollaba frente a la puerta de Doc Bradley, donde habían instalado al pobre Joe Dalton en una cama. El pobre había sido herido durante el altercado que había precedido a su captura. Doc Bradley, que estaba borracho todo el día, como todas las noches, había recuperado la sobriedad gracias a Luke y un montón de cubos de agua helada. Nadie la creería, pero bajo la amenaza de la Winchester de Luke había conseguido sacar la bala alojada cerca del omóplato en el hombro de nuestro bandido. Esta mañana ya estaba mejor y vendado como una momia, el Stetson colocado en la cara, roncaba generosamente. Luke, sentado a través de la puerta, bloqueaba el camino.

— Si me dejas entrar, me gustaría curarlo.

— Está dormido, vas a despertarlo.

— Los cuidados que puedo dispensar son inapreciables, tesoro.

Se levantó vestido y faldas y con un gesto imponente cabalgó intrépidamente al herido.

Éste, sin dudarlo, sacó un Derringer con dos golpes que ella había introducido como un tesoro en su más tierna intimidad.

«¡PAN!»

Un disparo hizo que el arma volara fuera de su alcance. Lucky Luke, enfundó, había disparado más rápido que su pensamiento…


Jean Claude Fonder

Racconti di JC

Jean Claude Fonder

Il ragazzo buono

 Il jukebox brillava di tutti i suoi cromati e esponeva senza vergogna il suo meccanismo riempito di 45 giri nella piccola sala. Era sfarzoso tra i tavoli e le sedie di alluminio. La maggior parte erano occupate da gruppi di ragazze che consumavano saggiamente succhi di frutta o comunque bibite. Era sempre affollato, i ragazzi erano in piedi vicino al bar con la camicia sbottonata e le ragazze indossavano abiti leggeri stretti alla cintura. La gonna era larga, e le facevano roteare quando ballavano. Perché si ballava in questo piccolo locale aperto subito dopo la scuola. I giovani avevano appena sedici anni e non molto più.

Quel giorno, il locale era quasi pieno, il fumo era denso, si fumava molto e faceva caldo. Il jukebox continuava a girare, la macchina mangiava le canzoni, le coppie ballavano senza fine, Twist and shout urlava John Lennon e tutti twistvano furiosamente.

Una coppia in mezzo a loro occupava tutto lo spazio, un bel ragazzo, abbronzato, capelli marroni e corti, pantaloni larghi, occhi marroni scintillanti stava facendo girare una bella adolescente in un boogie woogie sorprendente. Indossava una grande gonna nera che non smetteva di volare al ritmo delle sue scarpe sportive, un camice nero, dei capelli neri raccolti dietro, un grosso ciuffo in avanti incorniciava un viso pallido segnato da labbra sensuali e ben rosse. Poco a poco, gli altri si fermarono per ammirare questi danzatori quasi acrobatici e così brillanti. La canzone finì, si applaudirono e le ragazze lanciarono griti acuti.

Il jukebox opportunamente sceglie allora I Can’t Stop Loving You di Ray Charles. Un lento, Maria teneramente agganciò le braccia al collo di Carlos, appoggiò tutto il suo corpo, mosso dal ritmo, sul torso muscoloso del suo compagno. Le piaceva ballare con lui, ma lo conosceva a malapena. Le classi non erano ancora miste. Si era conosciuto alla festa della scuola, la danza li aveva riuniti e da quando si incontravano qualche volta all’Esquinade, il locale era vicino alla scuola.

Carlos, non era come gli altri, non fumava, non si interessava al calcio, normalmente non beveva, era come dicono un bravo studente. Sempre un po’ lontano, non era apprezzato dai suoi compagni. La danza era diversa, sua madre gli aveva fatto prendere lezioni, gli piaceva e si vedeva. Amava incontrare Maria all’Esquinade, così poteva ballare con una ragazza della sua età e che ragazza. Aveva un corpo perfetto, flessibile e fermo, che sapeva anche diventare accarezzabile. Come in questo momento. Aveva paura che lei avvicinasse il bacino. Lo avrebbe saputo. Maria non se ne curava, il suo corpo obbediva solo alla musica, incollato a Carlos si dondolava lascivamente. Alla fine del disco, in punta di piedi, baciò gentilmente il suo amico, lo ringraziò e rapidamente salutò le sue amiche e se ne andò.


Qualche settimana dopo, Lena una grande bionda che assomigliava a Brigitte Bardot per la sciarpa che avvolgeva i suoi capelli sollevati in un enorme chignon entrò con decisione nella classe di letteratura. Era seguita da un gruppo di ragazze, di cui faceva parte anche Maria. Carlos la guardò tutto stupito, quando Lena si sedette al suo fianco arremangandose la minigonna. Un sorriso irresistibile attraversò l’ovale perfetto del suo volto. Sussu_

—Ti spiace se me sento a tu lado?

Carlos annuì mentre i ragazzi in fondo alla classe lanciavano lazzis e fischi. Carlos era sempre seduto da solo in prima fila, le ragazze si sono sistemate naturalmente accanto a lui nella parte anteriore della classe. 

La professoressa annunciò che d’ora in poi le ragazze avrebbero partecipato alla classe di letteratura, cosa che scatenò altre reazioni poco amichevoli. Con disinvoltura, quest’ultima chiese il silenzio, i ragazzi si zittirono, la conoscevano, non era avara di punizioni spietate.

Nel frattempo Lena aveva tirato fuori il suo quaderno, che assomigliava più ad un diario che ad un taccuino. Ad ogni pagina che girava, era inserita la foto di qualcuno attore o cantante più o meno circondata da fiori e cuoricini di colori diversi. Imparò una nuova pagina, scrisse la data e il titolo: Corso di letteratura della sua bella scrittura rotonda e sottolineò attentamente tutto con un righello. Lei si chinò verso di lui, una boccata d’aria profumata alla verbena salì dal suo corpetto.

—Tu avresti una bella foto, vorrei dedicare questa pagina al mio nuovo compagno di panchina. Una bella in colore per favore.

La guardò di nuovo, non sapendo che dire. Aveva la faccia di una bambina presa in colpa che chiedeva perdono. La maestra lo colpì con uno sguardo minaccioso. Era un maschio, quindi non poteva che essere colpevole. Lena si rialzò con il suo innocente orgoglio e lo lasciò andare con un’aria di rimprovero:

—Ti aspetteremo con le ragazze al Esquinade dopo la scuola.

Quando Carlos entrò, le quattro ragazze erano già sedute a un tavolo nel bar da ballo. Lena disse subito:

— Come vedi siamo sempre vestiti per andare a scuola. I nostri genitori non sono avvisati. Volevamo solo organizzare una serata insieme per conoscerci meglio, ora che siamo nella stessa classe e i tuoi piccoli compagni sembrano non piacerci. – Disse con un sorriso da carnivoro. Che ne dici di questo venerdì alle otto in questo locale che mi sembra adeguato, rientrato prima di mezzanotte naturalmente?

Carlos guardò Maria, lei distoglieva la testa, Marta e Julia le dedicavano i loro sorrisi impermeabili. Rispose che doveva chiedere il permesso a sua Madre. Lena, che era già in piedi, partì con un’esplosione di risata spontanea e senza vergogna l’abbracciò con la punta delle labbra sulla bocca.

— Ci vediamo domani, — disse lei e lo spinse verso la porta.

Maria la fulmina dello sguardo.

— Non trattarlo così, Carlos è un bravo ragazzo.

— Giusto, vuoi tenerlo per te, tutta sola. È il tuo fidanzato forse? No. Beh, la gara è aperta. Lui è un figlio di papà, uno dei più grandi commercianti della città. non vorrà mai una ragazza come te, una figlia di niente, la figlia di un operaio.

Maria volle schiaffeggiarla, ma la sua amica Marta la trattenne. Allora prese la borsa e se ne andò sbattendo furiosamente la porta. Marta corse dietro di lei.

Lei la raggiunse facilmente, era molto sportiva ed è per questo che si conoscevano già. Correnti di latte erano arrivate al parco dove si allenavano insieme alcune volte, dopo qualche centinaio di metri, Maria si fermò e si sedette su una panchina. Marta si unì a lei.

— Sei innamorata di Carlos? è molto carino questo tipo, devo ammettere.

— Noooon! lo conosco da Esquinade, balliamo insieme il boogie. È molto forte, siamo una bella coppia.

— Dai, non è vero, lo vedo come lo guardi e lo difendi.

— Ok, mi piace, ma lo conosco a malapena. non mi ha mai offerto da bere.

— Ok, ma ora sai che Lena ha un debole per lui.

Maria la guardò un po’ perplessa. Marta era più alta di lei, ma era molto magra. Capelli biondi abbastanza lunghi, non era il suo colore naturale naturalmente. Gli occhi marroni scuri, non si poteva dire che era bella, ma sentiva onesta e diretta, molto simpatica.  


Il negozio dei genitori di Carlos aveva due entrate. In realtà erano due case che si trovavano su due strade che formavano un angolo retto e che si univano da dietro per formare un unico edificio. Il piano terra costituiva così un grande spazio di vendita. Da un lato, sulla strada principale, i piani di abitazione dall’altro gli uffici e il magazzino. Era abbastanza importante, vendeva ferramenta, accessori e vernici per auto e utensili domestici. L’azienda che operava anche come grossista in tutta la regione apparteneva a due fratelli e una sorella. Uno di loro, suo padre Luis, era il direttore e sua madre gestiva gli uffici. Carlos, che era il primogenito di tutti i figli della famiglia, era considerato da tutti come l’erede. 

Entrò dalla parte degli utensili da cucina, nella più piccola via, gli uffici erano proprio sopra. Salì quatro alla volta le scale a spirale, entrò in una grande stanza, sua madre era nell’angolo sinistro vicino alla finestra. La sua scrivania era un po’ più grande delle altre, una macchina enorme che faceva le fatture la ingombrava. Elena, era una bella donna bionda e alta, si alzò quando lo vide arrivare, aprì le braccia e lo accolse con slancio come se non si fosse visto da molto tempo.

— Raccontami tutto il mio grande —disse lei sorridendo e guardando sua sorella Cristina che si era avvicinata.

Elena lo autorizzò naturalmente a incontrare le ragazze nel fine settimana, si fece dire dove era l’Esquinade e gli consigliò di non superare l’ora. 

— Vai a studiare in camera tua, ci vediamo a cena.

Appena uscì, attraversando un corridoio che lo portava all’altra casa, Cristina chiese:

— Chi sarà questa Lena? Come lui ci descrive, ho l’impressione che sia la figlia di quella troia di Gloria. Non solo Luis si fa vedere in giro per la città con lei, ma ora è sua figlia che corre dietro a tuo figlio.

— Ah! ma non andrà così. Metterò tutto a posto. —disse la madre di Carlos.


Dopo-domani, il giovedì, non c’era classe nel pomeriggio, dopo la ricreazione invece c’era di nuovo letteratura. Le ragazze erano già in classe, Lena accolse Carlos, sempre vestito e con il sorriso del padrone di casa, si alzò per farlo passare e gli diede un bacio che tutti non mancarono di sentire. Notò l’assenza di Julia, e ne ebbe la spiegazione aprendo il suo quaderno.

Carlos, devo andare per motivi medici. mi dicono che sei il miglior studente di letteratura. So dove vivi, mi permetto di passare da te questo pomeriggio, per aggiornarmi. Grazie in anticipo.

Il biglietto era scritto con cura al portapenna su un foglio di quaderno che lei aveva infilato nel suo. In fondo era lusingato, mai uno dei suoi condiscepoli gli aveva chiesto un servizio di questo genere e inoltre era contento che fosse una ragazza a farlo.

Dopo il pranzo, che aveva preso con la zia Cristina e suo fratello, sua madre quel giorno era in viaggio, Julia si presentò. La ragazza di servizio la fece entrare nel salone. Fece una buona impressione alla zia. Indossava pantaloni neri che arrivavano alle caviglie e una maglietta dello stesso colore. Con il suo taglio di capelli, sembrava molto maschile. Sua zia fece servire il caffè, Julia e lui salirono insieme al piano dove aveva la sua camera. Julia lo precedeva, non poteva che percepire che il suo corpo e il profumo naturale che sprigionava gli facevano effetto.

Quando Julia entrò nella sua stanza, si fermò bruscamente, Carlos che non se l’aspettava, lo tamponò come una macchina che aveva frenato bruscamente davanti a lui. Si ritirò arrossito. Aveva notato lo stato in cui si trovava? Guardò la parete della sua stanza come se fosse la prima volta che entrava.  Una grande riproduzione surreale di Dalí copriva in gran parte il muro davanti al quale era installato il suo ufficio: Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar. Questa opera gli piaceva particolarmente, ma non era l’unica, Delvaux e Magritte erano anche presenti, molte nudità in situazioni incongruenti, in verità. Era sua madre Elena che gli aveva dato il gusto per i surrealisti, lo aveva portato nelle loro mostre e gli aveva offerto delle belle riproduzioni per decorare la sua camera. «Alla sua età, è meglio di quelle orribili riviste che circolano tra gli adolescenti», confidava a sua sorella.

— Hai buon gusto, disse Julia sulla punta delle labbra.

Prese il suo quaderno nella sua valigetta e glielo segò, poi si sedette accanto a lei. Lei lo guardava, il seno ben eretto, le tette puntavano sotto la maglietta. Aprì il quaderno, sulla prima pagina c’era un quartetto:

Elle s’envole, son corps brûle et s’envole
Mes bras comme une alcôve la reçoivent
Elle repart, comme une folle, elle tourbillonne.
La chanson s’étiole, et mon coeur s’envole

Vola via, il suo corpo brucia e vola via
Le mie braccia come un'alcova la ricevono
Lei se ne va, come una pazza, si gira
La canzone si sta fermando, ed il mio cuore vola

ulia, lo leggeva. Sconcertata, lo rilegge ancora. Allora Carlos gentilmente voltò le pagine fino alla lezione da rivedere. 

— Victor Hugo, —exclamò — Notre Dame de Paris. Ti piace? È il mio preferito.

Senza ulteriori indugi, copiò attentamente le note, fece molte domande. Carlos evidentemente l’aveva già letto e aveva tutte le risposte. Julia ha dovuto ammettere che conosceva solo il film. 

Lo guardò per un lungo momento, si alzò, si avvicinò all’elogio della malinconia di Delvaux che svelava impudicamente una donna abbandonata. Si impregnò del suo triste sguardo, si voltò verso Charles, gli pose un bacio alla commisura delle labbra e si congedò.


Marta scoppiò a ridere quando Julia il giorno dopo le raccontò del suo appuntamento con Carlos. Indossava la sua tuta sportiva di allenamento, molto aderente, il suo ventre scoperto e le natiche sollevate da una mutandina rinforzata a questo scopo.

— È innamorato di Maria, ne ero sicura. Ma è sua madre che riempie la sua stanza di Delvaux, bisogna vederlo per crederci.

Lei scappò e lanciò ancora a Julia.

— Vado a vedere se non lo incontro al parco. Non possiamo lasciarlo alla mercé di Lena.

I grandi castagni che proteggevano il percorso emettevano un fruscio che scandisca il ritmo della sua corsa. Le sue lunghe gambe funzionavano a pieno ritmo, il suo corpo sembrava godere nello sforzo, la sua pelle con il sudore diventava luminosa. Fu allora che lo vide, anche lui correva, una canotta troppo larga fluttuava intorno al suo torso nudo, era sincronizzato con lei, sentiva il suo cuore battere con il suo. Lei lo raggiunse e corse un momento con lui, poi entrambi rallentarono, si fermarono, e senza dire nulla passò le braccia intorno al colpo, appoggiò il bacino contro il suo, premeva, premeva fino a sentire la sua soddisfazione che non fece altro che raggiungere la sua. Lui volle baciarla, ma lei lo respinse aggiungendo le sue parole.

Anche noi donne desideriamo gli uomini. Una donna innamorata aspetta un gesto.

—Lei corse via.


La Esquinade alle 7 era quasi vuota. La scuola di un venerdì era finita da tempo. I giovani tornavano a casa per andare a cena e uscivano dopo. Intorno alle 8.00 cominciavano ad arrivare. Persone non ha fatto attenzione a due giovani donne che sono entrati risolutamente. Le avrebbero prese per sorelle gemelle, ognuna vestita con un piccolo vestito dritto tipo Chanel che si fermava al ginocchio. Era Elena, la madre di Carlos e Cristina, sua zia, entrambe con parrucche marroni e occhiali a forma di cuore. Si sono sistemate in un angolo vicino alla porta d’ingresso, da dove vedevano tutto. Se dovessero suscitare più interessi di quanto desiderassero rifiuterebbero di andare a ballare, anche se non mancasse l’invidia.

Presto arrivarono le prime ragazze. Sembrava di essere a Carnaby Street. Tutte vestite più corte le une delle altre. Julia e Marta arrivarono insieme e occuparono il tavolo strategico che avevano prenotato vicino al jukebox. Marta indossava un vestito corto, molto corto e dritto di colore giallo, i suoi capelli erano ricamati in una chignon alta come era alla moda. Il suo vestito era ampiamente scoperto nella parte posteriore, aveva rinunciato senza problema al reggiseno. Julia aveva scelto una piccola gonna a pieghe scozzesi che nascondeva ben poco delle sue mutandine quando si muoveva. I suoi capelli neri erano corti e il suo corpetto era bianco e molto trasparente.

Poco dopo, la sua entrata fu molto notata, fu il turno di una ragazza in cappotto bianco, taglio Courrège, cioè a forma di trapezio, capelli marroni scuri acconciati a forma di casco, una parrucca naturalmente. Aprì il suo cappotto con entrambe le mani, lo lasciò scendere dietro di sé come fanno i manichini, scoprendo così un abito bianco, trapezoidale e ultracorta con su un lato tre enormi cerchi trasparenti che lasciavano chiaramente intravedere la nascita dei seni e le curve della vita e del sedere.

— Questa è Lena, —disse Elena a Cristina. —Come ha potuto procurarsi questo abito di alta moda? Questa volta non sarà Luis a pagare. —Aggiunse, controllo tutte le spese sotto la supervisione del consiglio di amministrazione. La sorella ed il fratello non saranno d’accordo di pagare questo tipo di follia al favorito in titolo.

Lena si diresse subito al tavolo delle ragazze, depose il cappotto e senza salutare nessuno si sistemò davanti al jukebox, si mise a studiare la lista dei titoli. Ha scelto Let’s Twist Again di Chubby Checker e altri dello stesso cantante. Il tamburo iniziale non lasciava dubbi, era un twist, e lo spettacolo cominciò. I ragazzi che trascinavano la loro nonchalance al bar, si bloccarono, gli occhi sembrarono uscire dalle orbite, poi uno dei due si immerse nel ritmo incandescente che scatenava Lena. Il suo vestito scoprì per un istante una parte della superba bellezza del suo corpo. Presto tutti ballarono intorno a lei come adoratori di una divinità pagana africana.

Elena era furiosa, voleva alzarsi e combattere la disgustosa ballerina che sembrava sfidarla. Cristina la trattenne imperiosamente, d’altronde Marta e poi Julia avevano lasciato il loro posto per mescolarsi al gruppo dei maschi e offrire, in questa specie di Sacra della Primavera che Béjart avrebbe attualizzato, altri corpi femminili alla concupiscenza dei maschi.


Maria aveva aspettato l’ultimo momento per prepararsi. Non sapeva se doveva andare all’Esquinada. Le piaceva ballare con lui, ma questa serata non sarebbe stata come quelle piccole scappatelle dopo la scuola, quando si ritrovava esausta tra le braccia di Carlos dopo un boogie frenetico. Vedeva già come si vestiva Lena, sarebbe stata incredibilmente sexy. Avrebbe attirato l’attenzione di tutti e sicuramente di Carlos. Marta gli aveva detto tutto, non avrebbe resistito.

Passò un semplice pantalone jeans su una piccola camicetta a quadri e scarpe sportive, uscì e si diresse verso il parco. No, non voleva andare, non voleva lottare con le altre ragazze e soprattutto non con quella stupida Lena per sedurre quel ragazzo. Era simpatico, certo, ballava come un dio ed era attraente, questo doveva riconoscerlo …

Si sedette su una panchina che sembrava allungarle le braccia, accoglierla come un tenero innamorato, e voleva passare con lei una serata romantica sotto un cielo di velluto violaceo per ascoltare le confidenze troppo intime che la sua coscienza non voleva rivelare.

Le stelle brillavano nel cielo dei suoi pensieri, la poesia, i dipinti, Dalí, Delvaux, Victor Hugo, la corsa,… tutto quello che Marta gli aveva portato e che non faceva altro che aumentare la confusione dei suoi sentimenti.

Dietro di lei si fece intravedere un’ombra, lei si voltò, una smorfia la guardò e le disse semplicemente:

— Andiamo insieme.


Qualcuno aveva scelto qualche slow per interrompere la catena infinita dei twist, le coppie si formavano, la musica lenta favoriva gli avvicinamenti. Julia ballava abbracciando un bel ragazzo che lei credeva assomigliasse a James Dean. Non sembrava intenzionata a lasciarlo andare. Marta, che non aveva ancora trovato una scarpa al suo piede, era tornata al tavolo dove discuteva animatamente con Lena che diceva:

— Dove sono, per l’amor di Dio? Sono già le nove e non ci sono né l’uno né l’altro. Che cosa significa? Non mi piace.

Non era l’unica a preoccuparsi. Elena chiedeva a Cristina:

— Cristina, dove può stare Carlos? siamo partite presto per venire qui. non pensavo che potesse essere in ritardo.

Improvvisamente la porta si aprì Maria entrò con Carlos, si tenevano per mano. 

Carlos riconosci la madre all’istante, la guardò ed accompagnò Maria al jukebox. Introdusse i tunes e i codici che conosceva a memoria. Non guardavano persone, e si voltarono verso la pista che si svuotava lentamente come per lasciare loro il posto.

Tre accordi di chitarra segnati dalla batteria come un punto interrogativo, e la via color miele del grande Elvis si scatenò in un infernale rock Jailhouse. Carlos e Maria, come se avessero ricevuto una scarica elettrica, si misero a saltare sostenuti dal ritmo infernale della canzone, la faceva fare le capriole alla fine del suo braccio, la prendeva per la vita, la riportava, la riprendeva per farla scivolare tra le gambe e la sollevava sotto gli applausi senza smettere di saltare brillantemente. Tutti nel bar si erano alzati e li guardavano con entusiasmo.

Lena urlava. Era furiosa, l’avevamo rubata. Questa puttana, questa Maria, le aveva rubato il ragazzo che aveva scelto. Prese una sedia e con tutte le sue forze la lanciò nelle gambe della ballerina. 

Maria crollò, Carlos si precipitò. Elena si gettò su Lena, la schiaffeggiò più volte e la scacciò fuori. Lei corse verso suo figlio, ma lui aveva occhi solo per la sua Maria che teneva stretta tra le sue braccia.

— Il mio amore, il mio amore, gridava terrorizzato a Maria che sembrava non vederlo. Allora lui le diede un lungo, lungo bacio d’amore, lei chiuse gli occhi e glielo restituì.



Jean Claude Fonder