Y basta poco

 

— No lo sé, dijo Manuel.

Le habían preguntado, del porqué le gustaban tanto las iglesias. Sí, todos sabían de la aberración que le tenía a la religión.

— Te roban y roban. Imagínense, tanta pasta en sus muros, sus techos y pisos. Si nuestra idiosincrasia, es así de egoísta es por culpa de la religión.

— ¡Detente!  basta… basta, Manuel !  Debes calmarte. No puedes estar hablando así: ¡Respétanos! Hugo, respondía con la rabia en sus ojos.

Siempre era la misma historia, pero ahora no podía. Absolutamente, hoy no debía hacerlo. La noche anterior la noticia del incendio de Notre Dame, había destrozado a la mayoría de aquellos que estaban en esa reunión de amigos. Hablar de política, sexo, religión; eran los temas más tocados. No podía haber grupo de discusión más democrático que ese. Al final de la guerra ideológica, ninguno se cargaba rencor.

Lamentablemente, la catástrofe de Notre Dame, supuso desde ese día la caída del grupito.

— ¿Por qué vas a la iglesia, Manuel?

Su arquitectura es maravillosa, por eso hombre!

— ¿Solo por eso? Vete a freír espárragos, Manu.

Tranquilos Tíos. Montan este pollo por la religión. ¿No entiendo?… les iba a decir que hagamos una colecta para donarla a la Catedral.

Ya que Notre-Dame, al fin y al cabo es arquitectura. Y a mí me encanta, ¡Hombre! 

Al día siguiente, el matutino  “La revista Capital” 

“Cómo nos montó un pollo, la Catedral”

Manuel cruz, redactor.

Luis Martin Ghiggo

Con la hipnosis la paz puede llegar

 

Tenía una obsesión que lo perseguía, a tal punto que le provocaba sueños extraños. ¿Cuál? 

“¿Por qué había venido?” Era tarde para esa pregunta. Ahora se sentía vulnerable, como el niño antes de emigrar.

— Cierre los ojos, Vijay. 

— ¿El ultimo recuerdo, que tiene de su niñez? Preguntó la Doctora. 

Sentado en un sofá dentro de un cuarto espacioso, respondía:

— ¡No lo sé!! Llorando desconsoladamente.

— Ok. Señor Vijay. Escuche mi voz, no piense en nada. Solo escuche mi voz, mi voozzzz… 

¡Noo!!  Aún estoy vivo. ¡No, noo! No me hagan esto. Gritaba, hasta que sus ojos dejaban de mirar. Vendas de un color irreconocible cubrieron mis ojos. 

Barcos que desembarcaban en algún puerto, no reconozco el lugar. A pocos metros, recogía la red llena de peces que el pequeño bote de mi padre cargaba. Pude observar como los obreros descargaban telas, vestidos, etc… barriles estos últimos parecían la cosa más importante de la embarcación. 

— Continue Vijay! 

Estoy sentado en un valle / la doctora en silencio le aferraba la mano / Miro un arcoíris.

«Buena cosecha» El anciano que me acompañaba lo decía. 

— Agradezcamos al Inti. A la pacha mama.

Todos nos arrodillábamos, pero antes de hacerlo, un color llamaba mi atención. El penúltimo, único color que no lograba nunca reconocer: 

rojo, naranja, Amarillo, verde, Azul.. ¿?  y el violeta.

— ¿A qué color se puede asemejar? No lo sabe? Entonces lentamente abra sus ojos. 

— ¡Síí, este es el color, Doctora!

— Vijay, Vijay… Despierte… 

— Tendremos que llevarlo a la morgue. Es de nacionalidad Indiana, lo sabe Dra. sky? 

— Sí, sí. ¡Llévenselo!

“Paciente 6, y todavía no logro hallar el color que me atormenta” 

— ¡Vijay eras, tú! ¡Estaba tan cerca Dios!!.

 ¿Cómo puedo encontrar Paz, Vijay Indigo era? 

Descansa.

Luis Martin Ghiggo

Sin rezo, sigue el exilio

 

En los momentos que se siente solo, pide al cielo milagros. Teniéndolo todo, nunca creyó que tendría que depender de alguien invisible, ni mucho menos aprender a rezar.

— Pienso en Juana, su tata. Había probado a enseñarle el Ave Maria y el Padre Nuestro, sin ningún resultado. Él prefirió no aprender nada, supo que su abuelo desconocido, fue sacerdote. 

Nunca tuvo obligaciones religiosas; por eso surgió, se lo dice él mismo. Cada vez que realizo compras de inmuebles, no reparo en culpas. Las personas lo odiaban y le regalaban un puesto en el infierno. 

— Sí claro, me pudriré allí. Con mucho gusto, respondía sarcásticamente ante los insultos y agravios. 

A los 21 años, realizo su primer gran negocio; expropió la casa a Juana. A los 22, con argumentos falaces logro derrumbar la iglesia del pueblo:

El sacerdote del pueblo dono el terreno para la Iglesia. 

— ¡Era mi abuelo, carajoo! por ende se trasladan de esta propiedad. ¡¡Inmediatamente!!

— /Es nuestro tierra/ Nuestra tierra, Señor/…

 Ahora a sus 62 años, acostándose en la hierba con dificultad, no logra cerrar los ojos. Derrama lagrimas; no importa la imponente finca que está detrás de él, es suya. Si cerrase los ojos, los cerrase…

— ¡¡Dios mío!! !no más suplicas, no más! Sin embargo, los escucha. También observa a Juana. 

—  ¡Tata, tatita! Déjame regresar.

— Sentir el olor a petricor entre mis huesos al morir, Tatita.

— Es nuestra tierra… nuestra tierra. Rézale mijo, dijo ella… apréndale mi niño.

Luis Martin Ghiggo

Riesgo asíntota

 

Lo que estoy escribiendo… podría no ser realidad.

Recuerdo, aquel invierno. Aprendí a fumar.

Los vicios, todos son malos; pero no cabe duda de que la soledad es también parte. De consejera; nos dice que probablemente es necesario, joderse el cuerpo, ya que con el alma no se puede. Por eso, escribo esto, sin procurarme cuaderno ni lápiz. Los sesos están trabajando a mil. 

(Necesitaba llegar, por eso subí) Por las ventanillas, cuando el verde captura la vista, voy hacia atrás.

— ¿Hijo, ves esos carriles?… son rezagos de un tiempo.

—¿ Cuáles, papá? ¿Cuáles… ?

— ¡Qué buenos tiempos! Recuerdo cuando sentado en la acera soñaba con subir; ser de aquellos que saludan desde el trencillo (parecía un tren). Todavía, cuando miro estas calles, lo veo pasar, repleto de gente. Vi a tu abuela subirse a uno, creo que por eso la conocí. Le pregunté:

 — ¿Cómo era por dentro? ¿Qué rutas hacía en la ciudad? ¿Cuánto costaba el boleto? 

—Mi papá es el conductor, respondió.

— ¿Cuáles, papá… ?… ¡abuelo, abuelo!!

— Dime hijo.

— Olvídalo, no es nada. 

El carente aire, que se perdía, recupero la realidad. La siguiente parada, era la última. Estábamos en el centro, donde los parques no continuaban. La ciudad se comía el tiempo, dejando nostalgias rotas. No, quise bajar. 

— ¿Es terrible?… ahora, entiendo. Abuelo, nada ha cambiado, ni dentro ni por fuera.

— Si cierras los ojos, aún puedes sentir el olor a madera, a veces puedes sentirte. Sentir que tú te subiste, aquí conmigo, donde el recuerdo es más fuerte. Donde los vicios, no pueden con el cuerpo, ya que en primera línea el alma hará más fuerte la vida.

— ¡¿ Abuelo, qué pasó?! … llegaste, al fin llegaste, hijo.

— ¡118, 118! ¡Ayuda! Hombre, tranvía… ¡no respira, ayuda!

Luis Martin Ghiggo