
Playa es una palabra mágica para mí, inmediatamente veo la chica que caminaba por la orilla del mar con esa arena suave que se pega por todas partes, eso no me molestaba, de hecho me gustaba sentirla sobre mí, de vez en cuando me metía al agua y luego salía a recoger las conchas y pequeñas piedras de colores con las que llenaba muchos frascos para llevarlos a Milán, eso me bastaba para ser feliz.
De pequeña con mi familia íbamos al mar todo agosto, a mi papá le encantaba nadar, había aprendido en el naviglio y hacía competiciones.
Tomábamos el autobús porque no teníamos coche y cuando llegábamos íbamos corriendo a la playa a saludar a todos nuestros amigos con quienes nos encontrábamos cada verano, los niños nos íbamos corriendo al agua, mientras los adultos contaban las novedades del año anterior.
Recuerdo los juegos en la playa y el olor de la focaccia a media mañana y todo el tiempo pasado en el agua clara nadando con los pececitos alrededor de nuestras piernas.
Luego llegó la adolescencia, nuestros juegos siguieron siendo bastante sencillos, no éramos muy exigentes. A menudo andábamos hasta una isla que parecía cercana, pero cuando teníamos que remar nos dábamos cuenta de los lejos que estaba. Estaba prohibido ir a la isla, pero nos gustaba porque el agua era clara, de un maravilloso color verde, los niños casi todos locales se metían en el agua para atrapar pulpos tirándolos a la barca sobre nuestros pies para fastidiarnos y nosotros simulábamos gritar, era más o menos así siempre, lo importante era estar todos juntos.
Por la noche seguíamos paseando por la playa, el agua parecía más cálida y con la luz de la luna mirábamos los reflejos en el mar. Sin embargo, teníamos que volver a casa a las diez así que la noche terminaba temprano.
Empezamos a enamorarnos, recuerdo un chico alto y rubio que me gustaba muchísimo y con el que me besé un poco, pero pronto se acabó, como las vacaciones.
Esa tapa feliz de mi vida terminó con el fin de la escuela, todo cambió, algunos empezaron a trabajar y a ir de vacaciones en diferentes épocas y a otros lugares.
Siempre me ha encantado el mar y nunca he dejado de ir cada verano, he visto playas hermosas, pero a menudo pienso con nostalgia en ese período mágico, en la despreocupación que ya no he podido experimentar y en aquellos que amaba que ya no están con nosotros.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- Catamarán por Graziella Boffini
- El encanto de la playa puede ser un consuelo por Silvia Zanetto
- El mercado de flores por Jean Claude Fonder
- El protocolo por Sergio Ruiz
- La playa desierta por Raffaella Bolletti
- La Playa lejana y la escuela vacía por Patricio Vial
- Melissa por Iris Menegoz
- Playa por Leda Negri
- Mi playa de Las Canteras por Blanca Quesada
Leda Negri


