
Como cada tarde, cuando estaba de vacaciones, a Rocío le gustaba dar un paseo por la playa que estaba casi desierta, de no ser por algunas personas que practicaban con sus tablas de vela. No era un lugar al que la gente viniera; estaba demasiado lejos de cualquier camino, lejos de los establecimientos balnearios, y las numerosas ramas y trozos de árboles traídos por el mar le daban un aire melancólico que ahuyentaba a los turistas. También la reserva natural que costeaba la playa estaba desierta. El sol se ponía sobre la arena dorada y Rocío caminaba por la orilla, sintiendo la caricia tibia del agua cada vez que una ola tímida se deshacía a sus pies. Llevaba un vestido blanco, sencillo, que se agitaba con la brisa salina. No había nadie más en aquel tramo de playa; solo el cielo infinito, las gaviotas trazando círculos perezosos y el rumor constante, hipnótico, del oleaje. No era la playa llena de familias con niños, de sombrillas, donde en su infancia veraneaba con sus padres, donde construía castillos de arena que el mar borraba al anochecer, donde coleccionaba conchas que le parecían tesoros y creía que el horizonte era el fin del mundo. Ahora, aquel mundo había desaparecido, y ella venía buscando, sin saberlo del todo, un poco de aquel fin. Se sentó sobre la toalla, hundiendo los dedos en la arena. Cerró los ojos y respiró hondo. El aire olía a sal, a algas y a infinito. De su bolso de lona sacó un objeto pequeño y desgastado: una caracola blanca, casi translúcida. La había encontrado en la playa cuando tenía ocho años. Su padre le dijo que, si se la pegaba al oído, podría escuchar el latido del mar. Ella lo creyó, y durante años, aquel sonido imaginario fue su canción de cuna. Ahora, se la acercó al oído. No escuchó el latido, sino el silbido del viento y el eco lejano de risas infantiles que ya no existían. Una sonrisa triste se dibujó en sus labios. La caracola era el último vínculo material con aquella felicidad simple y despreocupada. Entonces, se levantó. Caminó hasta donde el agua le cubría los tobillos y, con un movimiento suave, lanzó la caracola mar adentro. La vio girar un instante, brillar bajo el sol de la tarde, antes de hundirse en el agua. No sintió vacío, sino una paz extraña y ligera. Como si hubiera devuelto algo que nunca le había pertenecido del todo, sino que solo se lo había prestado el mar durante un tiempo. Rocío dio media vuelta y empezó a caminar de regreso por la playa, dejando atrás una hilera de huellas que el agua se encargaría de borrar. No miraba atrás. Sabía que el mar guardaba sus secretos, y que algunos, como los recuerdos más queridos, nunca se pierden; solo cambian de forma. El sol comenzaba a descender, pintando el cielo de naranja y púrpura, y ella siguió caminando por la playa, esa playa que tanto le gustaba porque allí encontraba trozos de madera y restos de árboles traídos por el mar. Con algunos de ellos alguien había construido una especie de cabaña. Uno de esos trozos de árbol estaba echado allí. Yacía en la playa donde se había acabado su viaje, Sus ramas, retorcidas y desnudas, se extendían como dedos huesudos. Rocío se acercó, se sentó en la arena, apoyada contra el tronco muerto, acarició la corteza alisada y blanqueada, pero aún un poco áspera, sintiendo la vida que latía dentro, tenaz y resistente. Había algo profundamente melancólico en ese árbol, algo que resonaba dentro de ella. En el silencio, encontró una paz que no había sentido en años. La playa desierta y ese árbol acostumbrado a su nueva situación, le recordaron que incluso en la soledad y el fin, hay una belleza extraña y serena.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- Catamarán por Graziella Boffini
- El encanto de la playa puede ser un consuelo por Silvia Zanetto
- El mercado de flores por Jean Claude Fonder
- El protocolo por Sergio Ruiz
- La playa desierta por Raffaella Bolletti
- La Playa lejana y la escuela vacía por Patricio Vial
- Melissa por Iris Menegoz
- Playa por Leda Negri
- Mi playa de Las Canteras por Blanca Quesada


