El protocolo

Por aquella época estaba tan agobiado, que alquilar un bungaló cerca de la playa me pareció la mejor idea para desconectar de mis malos rollos. Sin embargo, uno no puede estar en todo y tal ocurrencia a punto estuvo de llegar a ser la mayor metedura de pata de mi vida. 

Fuera como fuese, aquel mismo sábado antes del amanecer, ya tenía colocado el equipaje en el coche, y mientras el motor rugía, devorando kilómetros a toda pastilla, yo por mi parte no dejaba de canturrear pensando en el maravilloso fin de semana que tenía por delante. O al menos eso era lo que creía hasta que me encontré con aquel chico.

 El encuentro con un extraño y desaliñado muchacho sentado sobre un pequeño tocón al borde de la carretera, con los brazos rodeando sus rodillas flexionadas y los ojos clavados en el horizonte, fue una señal.

Detuve el coche, simplemente con la intención de preguntarle si estaba en el camino correcto, pero ignorando la pregunta me disparó una letanía sin tan siquiera mirarme:

—Hay algo en esa playa. Se que algo se oculta bajo la arena, pero no le puedo decir qué. No lo conozco. Nunca lo he visto. Tan sólo lo presiento.

Por un momento desvíe la vista hacia donde el chico miraba con tanta insistencia, y luego volví a fijar los ojos en él.

— No camines nunca sobre la parte húmeda —continuó—. Intenta mantenerte alejado de las olas. También ahí se esconde un peligro. Lo huelo. Se arrastra y te acecha. En silencio espera su oportunidad. 

Por un segundo me miró a los ojos como para asegurarse que lo estaba escuchando, y reiteró antes de apartar nuevamente la vista:

— Nunca se lo permitas. No bajes la guardia. Sobre todo, no dejes que te pruebe. Si lo hiciera ya no tendrás escapatoria. Yo estoy aquí para vigilarlo, pero no puedo estar así todo el día. A veces me quedo dormido. Entonces no puedo avisar. Eso siempre acecha y nunca duerme. Es su ventaja. Nunca descansa. Solo tiene que esperar su momento.

Alcancé a darle las gracias casi en un susurro antes de volver al coche. Luego, miré una vez más en dirección a la playa y recuerdo que sentí un pequeño escalofrío, pero reaccioné sacudiendo la cabeza y sonreí. En todas partes hay locos —pensé, en tanto metía la primera y apretaba el acelerador. Ya conseguiría dar con la casita por mi cuenta.

Mientras conducía, recordé todas esas historias leídas en libros o vistas en la televisión, en las que el protagonista en contra de cualquier lógica hacía caso omiso del sentido común y subía a un desván húmedo, o bajaba a un sótano oscuro, o se metía por un callejón solitario, lugares donde indefectiblemente siempre le estaba esperando el peligro. Lo de la playa me sonaba a todo eso. Concluí que quizá lo más acertado fuera aplicar el protocolo de supervivencia, y sin pensarlo dos veces, en la primera oportunidad, di la vuelta de regreso a casa. Ya iría a otra playa cualquier otro día.


Sergio Ruiz Afonso.