
La costa belga, ¿conocéis? 65 km de playas que dan al Mar del Norte, a la salida del canal, del Canal de la Mancha, que separa Europa de Inglaterra. El país no es muy grande, así que es normal que el contacto con el mar sea bastante limitado. Son playas bastante grandes cuando hay marea baja, lo que permite organizar fácilmente juegos de pelotas o bolas. En el lado hacia Francia, se practica también el carro a velas. Lo habéis entendido, parece un velero, pero el barco es sustituido por un carro ligero cuyas ruedas corren fácilmente sobre las grandes extensiones de arena endurecida. Cuando el mar sube, cubre rápidamente esta llanura y se detiene en los montículos que se han creado para retenerla naturalmente, son las dunas que se levantaban, aglomerando plantas arbustivas para agarrarse mejor al terreno.
En la Edad Media el mar llegaba al puerto de Brujas, luego con el tiempo se fue retirando, dejando tras de sí una muy apreciada campiña. Pero hoy, por desgracia, una gran parte de las dunas ha sido sustituidas por edificios verticales con apartamentos. El turismo de masas se ha apoderado de esta joya natural y sus tradiciones. ¿Qué belga no iba «al mar» durante sus vacaciones? O mejor aún no poseía como segunda residencia una villa o un apartamento cuya ventana permitía contemplar un mar agitado que se lanzaba al asalto del dique que bordeaba la playa con olas de 10 metros de altura.
Los museos eran numerosos, los parques naturales también, la reconstitución de actividades del pasado como la pesca de gambas con caballos de tiro que entraban en el mar, campos de golf, escuelas de caballos, y por supuesto la pesca y la gastronomía que lo acompaña.
¿Quién no se ha permitido las delicias incomparables que se encontraban «al mar«? Me bastará citar las cazuelas de mejillones con patatas fritas, los lenguados y las ensaladas de camarones. Me refiero por supuesto a los camarones grises, que se pueden comprar en el puerto directamente apenas los asan, en un cono y que después había que pelar uno por uno. Y no olvidemos los gofres con crema, los crepes y el helado, por supuesto.




Sí, es del paraíso terrenal del que os hablo.
Sin embargo, no he terminado, todavía tengo que hablar del mercado de flores. No el de las verdaderas flores que por supuesto existe como en todas las ciudades.
«Al mar«, en las playas se encuentra también un mercado de flores …
Los niños y sobre todo las niñas cavan un agujero en la arena y delante hacen una puesto donde plantan las flores que su madre les ayudó a confeccionar. Son pequeñas flores hechas a mano con papel crepé y otros objetos útiles. A menudo han preparado todas sus ofertas, en casa durante el año. Y puedo asegurar que he visto puras maravillas, y por supuesto las vendían muy caras. Sí, es cierto, vendíamos y comprábamos con pequeñas conchas, difíciles de encontrar. Se llaman «Cuchillos» y cada uno se las guarda de un año a otro.
No lo creeréis, pero esta hermosa tradición todavía existe. Una maravilla, espero que sea imperecedera.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- Catamarán por Graziella Boffini
- El encanto de la playa puede ser un consuelo por Silvia Zanetto
- El mercado de flores por Jean Claude Fonder
- El protocolo por Sergio Ruiz
- La playa desierta por Raffaella Bolletti
- La Playa lejana y la escuela vacía por Patricio Vial
- Melissa por Iris Menegoz
- Playa por Leda Negri
- Mi playa de Las Canteras por Blanca Quesada


