
Llegó a la Toscana como quien vuelve a un lugar soñado muchas veces, aunque esta vez con una maleta real y una crema solar demasiado optimista.
Era una mujer sola, pero no solitaria: llevaba consigo una curiosidad antigua, una alegría tranquila y una vaga sospecha de que la felicidad, como las vacaciones, suele durar menos de lo prometido.
Se había inscrito en un curso de catamarán en la costa tirrena, atraída por esa forma de navegar que parece un acuerdo perfecto entre técnica y ligereza, entre razón y viento.
Cuando el catamarán se deslizaba sobre el agua de miles azules diferentes, la costa aparecía a su izquierda, playa blanquísima recortada por los pinos marítimos, con ese verde oscuro que parece inmóvil y eterno. El cielo era de un azul limpio, casi renacentista, como si hubiera sido pensado por un pintor.
A lo lejos emergía la isla de Elba, suspendida en una luz clara. Ella pensó en Napoleón, exiliado en aquel mismo horizonte, y sonrió ante la ironía de la historia: incluso el destierro, en Toscana, se convierte en belleza.
-La historia aquí no pesa -se dijo- flota.
El instructor hablaba de maniobras, de velas y de equilibrio, pero su mente viajaba. Pensaba en los Médici, en cómo habían entendido que el poder sin belleza es estéril, y que el arte, como el mar, necesita libertad para existir. Recordó una frase atribuida a Lorenzo el Magnífico:
«Chi vuol esser lieto, sia: del doman non v’è certezza».
Qué parecido era ese pensamiento al instante que vivía ahora, con el sol sobre la piel y el viento tensando la vela.
De pronto, alguien señaló el horizonte.
Delfines.
Saltaban en la distancia, dibujando arcos breves y perfectos sobre el agua. Sonrientes. No parecían huir ni acercarse, solo acompañar. En ese instante comprendió que la felicidad es siempre así: aparece, salta y no se deja poseer. Los delfines, como el arte, como la historia, existen solo si uno sabe mirar sin querer dominar.
El catamarán avanzaba ligero, casi sin ruido. Ella sintió que esa jornada de mar era un resumen secreto de la Toscana entera: una tierra donde la cultura no está encerrada en museos, sino esparcida en el aire, en la luz, en la manera en que el paisaje enseña a ser humano. Del mismo modo que el Renacimiento había reconciliado al hombre con la belleza, aquel día reconciliaba su cuerpo con el tiempo.
Cuando el catamarán se deslizaba sobre el agua azul, tuvo la sensación de que no navegaba, sino que volaba.
Entonces pensó en Leonardo da Vinci, en sus cuadernos llenos de máquinas imposibles, de hombres con alas, de estudios sobre el aire y el movimiento. Leonardo había nacido en esa misma tierra y había soñado con volar cuando el mundo aún no estaba preparado.
De verdad, los dos cascos del catamarán apenas tocaban el mar, y el viento sostenía la vela como si fuera un ala. Luego pensó otra vez en Leonardo da Vinci y en su deseo de volar, nacido en esa misma tierra donde imaginar siempre ha sido una forma de libertad.
El catamarán, ligero y silencioso, parecía darle la razón siglos después. No hacía falta elevarse del todo: bastaba con rozar el agua para sentir la libertad. Pensó que la Toscana no solo había producido artistas y pensadores, sino deseos adelantados a su tiempo.
Desde el mar, la Playa parecía inmóvil, como si escuchara esos pensamientos.
Al regresar al puerto, pisando el suelo tuvo una rara sensación en los pies habituándose nuevamente a pisar un suelo no flotante.
Marchándose de vuelta al hotel, con los pies en la arena, con la piel salada, un poco quemada y el corazón tranquilo, solo necesitando una ducha, supo que no había aprendido solo a navegar. Había aprendido que la historia no es pasada, sino una forma de felicidad que, como el mar, se renueva cada día para quien sabe abrir la mirada.
—Aquí, como sabían los Médici, no hay certeza del mañana —se dijo—, y quizá por eso tenemos que disfrutar del día, de nuestros días, que son poquitos.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- Catamarán por Graziella Boffini
- El encanto de la playa puede ser un consuelo por Silvia Zanetto
- El mercado de flores por Jean Claude Fonder
- El protocolo por Sergio Ruiz
- La playa desierta por Raffaella Bolletti
- La Playa lejana y la escuela vacía por Patricio Vial
- Melissa por Iris Menegoz
- Playa por Leda Negri
- Mi playa de Las Canteras por Blanca Quesada


