La vida que da vueltas 

Desde pequeña soñaba con ser bailarina: los momentos que más disfrutaba eran los viernes por la tarde, al salir de la escuela y tener clases de Ballet; Nives siempre había sido burrita con el estudio, sin embargo, el fin de semana comenzaba con el pie derecho y esa pequeña recompensa.  

Era afortunada y no se podía quejar de su estilo de vida ni de las cosas que le pasaban y solo tenía un anhelo: convertirse en bailarina de La Scala de Milán. A menudo llevaba el larguísimo pelo recogido en un moño y se ponía pinzas para que no se soltara en todo el día. Peinaba su cabellera, hacía un moño y se remiraba en el espejo para que todo estuviera en orden.  

Todavía recuerda su asombro al ver el primer ballet clásico en dicho teatro de ópera: era El Cascanueces de Tchaikovsky. Todo era maravillosamente impecable: los bailarines se movían con delicadeza en el escenario, cada pieza diseñada para la ocasión, el vestuario majestuoso y la orquesta tocaba la obra entera para el disfrute de los espectadores. Nives era una niña, sin embargo, no pudo hacer otra cosa que tomar la firme decisión de querer seguir aquellos pasos; algún día deseaba montarse a ese escenario y hacer piruetas por doquier.  

Con el pasar del tiempo, Nives seguía enfocada en lo suyo, dejando a un lado la escuela y el estudio. Solo le interesaba la danza, inventar coreografías para bailar sola en su cuarto, comprar casetes y salir con tocacintas a todas partes. Eran los años del auge de las Spice Girls y de los Backstreet Boys: amaba los videoclips musicales para imitar las coreografías que salían y mezclarlas con las de Britney Spears, otra artista que le fascinaba.  

Muchos años después, frente a un cartel publicitario de un curso de cardio salsa y rueda de casino quiso probar también a mover sus primeros pasos caribeños; era lo opuesto a lo que tantos años le había costado aprender en el Ballet, ya que lo más complicado era soltarse, menear las caderas, los brazos y los pies al compás de la música antillana.  

La profesora de cardio salsa era precursora de lo que ahora se llama “zumba” o sea inventaba una coreografía por cada género musical del Caribe y alternaba las canciones: una salsa, una bachata, un reggaetón y un merengue. Nives, tan cuadriculada y enfocada en querer bailar en La Scala, al principio estaba perdida; en su mente no cabía algo tan “sencillo” como oscilar las caderas tal como si fuera Shakira. El profesor de salsa, en cambio, era cubanísimo hasta la médula, mezclaba el inglés y el francés, por lo tanto, ningún aprendiz entendía un carajo. Sus clases eran un fracaso, Nives se aburrió pronto y comenzó a mirar tutoriales para aprender a bailar sola. Estaba indecisa si prefería la salsa o la cumbia colombiana; por ende seguía en lo suyo.  

Desde hace casi un par de décadas Nives abandonó por completo la idea del ballet, tomó unos rumbos que nada tienen que ver con la danza, sin embargo, trata de incorporar el amor hacia el baile, el ritmo y la música con el trabajo que escogió. Está en esta disyuntiva: ¿lo estará consiguiendo o será su enésimo fiasco? ¿cómo se concilia su adorado Caribe con el trabajo?   

Un fin de semana soleado Nives se fue de excursión al Lago Maggiore para conocer los pueblecitos tan famosos que lo rodean. Ahí, solita, mientras caminaba tomando fotos a los hermosos paisajes, divisó al hombre más guapo jamás visto: Trygve un chico apuesto alto, flaco de ojos azules como el mar. Como indica su nombre en noruego significa “fiel y confiable”, así que para Nives fue un flechazo. Poco después del encuentro se casaron y ahora viven en un pequeño apartamento cerca del trabajo de ella. 


El sombrero de Carito