
La danza no es solo la que se ve en el teatro como forma de arte. Su teatro también es la vida misma, y a cada paso, le corresponde una coreografía diferente. La danza es algo que se desarrolla ante mis ojos cada vez que tengo la oportunidad de observar atentamente lo que pasa a mi alrededor. Por ejemplo, me acuerdo de que, cuando de niña veraneaba en la casa de campo de mis abuelos, al observar las abejas que zumbaban cerca de un manzano en flor, dejaba de ver insectos y me imaginaba bailarinas de rayas doradas, trazando curvas en el aire, rozando cada pétalo con delicadeza. O bien, en otras ocasiones, mirando hacia arriba, veía cómo el cielo comenzaba a moverse. No eran nubes, sino algo más: grupos de estorninos, miles de ellos, girando y girando en una danza perfecta, formando figuras que se deshacían y volvían a unirse en un instante. El sonido era un susurro gigante, el batir de miles de alas que se movían al unísono. No había líder, pero todos se movían como uno solo, un organismo vivo pintando trazos sobre el crepúsculo anaranjado. Yo solo era una testigo de este espectáculo y, por suerte o por casualidad, estaba allí para verlo. Luego la danza se apagaba tan rápido como había empezado, disolviéndose hacia el horizonte, dejando solo el silencio. Me acuerdo de que se lo conté a mi abuelo y el me respondió que, siendo una niña que vivía en la ciudad, no tenía muchas oportunidades de dar con la naturaleza. Ahora, que paso mis vacaciones en una casa frente al mar, me encanta observar el cielo con mi telescopio desde la terraza. Las estrellas ya no son puntos distantes, sino faros cercanos. No sé lo que voy buscando en el cielo. Tal vez busco una luz que te represente, tal vez un planeta o una estrella o algo danzante, puesto que tú amabas bailar. Entonces yo también me imagino danzar entre ellas, y a veces me parece que las estrellas aparecen y luego se esconden; lo mismo hacen las constelaciones, y a menudo hay una esfera plateada que se mueve en silencio, haciéndome participar en una danza onírica trazando arabescos luminosos en el cielo obscuro, como en un baile sin música, solo se oye el sonido del viento, el murmullo de las olas del mar y el latir de mi corazón.
Ahora imagino que tú estás allá arriba, porque siempre hay lugar para uno más que quiera danzar.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- Baile de graduación por Sergio Ruiz
- Etoile por Graziella Boffini
- La Danza por Raffaella Bolletti
- La Danza por Jean Claude Fonder
- La vida que da vueltas por Carolina Margherita
- Llora en todos los idiomas por Blanca Quesada
- Los hombres que no saben bailar por Silvia Zanetto
- Nocturno Friulano, 1950 por Iris Menegoz


