
Bailaba y sonreía.
Y sangraba.
Se entrenaba todos los días, sin descanso. Bailaba durante horas, repitiendo los mismos pasos una y otra vez, hasta que el dolor dejaba de ser un aviso y se volvía costumbre. Continuaba incluso cuando la sangre empapaba las zapatillas, incluso cuando los pies ardían y temblaban. Parar no era una opción.
En el escenario, la danza la hacía parecer ligera, casi feliz. El público veía música hecha cuerpo, belleza sin esfuerzo. No veía el trabajo infinito, ni las noches de hielo y vendas, ni los pies que ya no podían descansar.
Sus pies habían quedado deformes: dedos torcidos, huesos alterados, cicatrices profundas. Eran feos, castigados, irreconocibles. Eran el suelo verdadero de la danza, el lugar donde nacía el dolor que hacía posible la gracia.
Sonreía para no gritar. Sonreía porque la belleza exige silencio. Cada aplauso cubría una herida, cada paso perfecto nacía de una carne rota. La danza pedía todo: tiempo, cuerpo, vida. Y ella lo entregaba sin medida.
Arriba, la luz.
Abajo, la sombra.
Cuando el cuerpo ya no respondió, la música siguió sin ella. El público aplaudió a otra bailarina. Sus pies quedaron quietos, deformes para siempre.
Sus pies, inmóviles, guardaron la verdad: que lo que el público ama nace de lo que no quiere ver.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- Baile de graduación por Sergio Ruiz
- Etoile por Graziella Boffini
- La Danza por Raffaella Bolletti
- La Danza por Jean Claude Fonder
- La vida que da vueltas por Carolina Margherita
- Llora en todos los idiomas por Blanca Quesada
- Los hombres que no saben bailar por Silvia Zanetto
- Nocturno Friulano, 1950 por Iris Menegoz


