El vestido amarillo

Era un caluroso día de fin de verano en un pequeño pueblo ubicado en los Apeninos Tosco-Emilianos. Los habitantes se preparaban para la boda de Rocío, la chica más querida del pueblo. Pero había un detalle que hacía que esta ceremonia fuera única: Rocío había elegido un vestido amarillo brillante, en lugar del tradicional blanco. Su madre, al enterarse de la elección, casi se desmayó. “¡Nunca en nuestra familia alguien ha usado un vestido que no fuera blanco!”, exclamó. Rocío respondió que a ella le gustaba y estaba convencida de que el amarillo representaba la alegría y la felicidad que quería para su matrimonio.

Cuando Rocío hizo su entrada en la iglesia, todos se quedaron boquiabiertos. La gente susurraba entre sí, algunos sonreían, otros parecían un poco confundidos. «¿Un vestido amarillo? ¡Qué idea más extraña!», murmuró la tía Rosa, y otras personas se unieron a ella.

El sacerdote, intentó mantener la seriedad de la ceremonia “Estamos aquí para celebrar el amor” “¡Y… la alegría!”, añadió.

Durante la fiesta, la situación no mejoró. Los invitados, divertidos, comenzaron a contar chistes sobre el vestido amarillo. “¡Rocío, pareces un plátano!”, exclamó Marco, el mejor amigo del novio. “Sí, ¡pero un plátano muy elegante!”, respondió Rocío riendo, mientras su futuro marido, Luca, la miraba con ojos enamorados. Fue un gran espectáculo de colores y risas. Rocío bailaba y giraba como un girasol, su vestido amarillo brillaba bajo las luces, y pronto todos se unieron a ella, olvidando las convenciones. Al final de la noche, también su madre declaró: “Si el amor es amarillo, entonces es el color más hermoso del mundo”. Al final, todos coincidieron: Rocío merecía un vestido tan radiante como ella. Y así, el amarillo se convirtió en el nuevo símbolo de amor mientras los recién casados bailaban bajo el sol, rodeados de risas y pétalos de flores.


Raffaella Bolletti