
Es un día nublado de principios de otoño. He llegado al pueblo donde vivieron mis abuelos maternos. Aparco en el corral de la granja, bajo del coche y miro a mi alrededor. No hay nadie. ¡Por supuesto! La granja lleva muchos años deshabitada. Sólo hay bosques en el horizonte. Recorro el camino rural que une la granja con el campo cuesta arriba hacia la colina. Y allí, justo allí, está el árbol, ese árbol, mi amigo árbol. Un viejo manzano que parece estar esperándome, con sus hojas algo rojizas moviéndose como para saludarme. Me acerco, abrazo su tronco, cuya corteza me parece un poco más áspera. De niña solía veranear aquí, en este pequeño pueblo y me gustaba mucho sentarme a los pies del manzano, bajo la sombra de sus ramas, a veces leyendo a veces hablando con mi abuelo, a veces encontrando los amigos de verano contándonos cómo habíamos pasado el invierno y, a veces, envuelta en el abrazo de un chico y por fin hablando con él, el árbol, que parecía escucharme. Hoy apoyo mi espalda en el tronco y dejo vagar la mirada, no me fijo en el paisaje, vuelvo a recordar los acontecimientos de años pasados cuando era una jovencita. Quiero quedarme aquí, escuchando el viento, mirando las nubes, saboreando la calma, la silenciosa detención del tiempo, sin pensar en el mañana. Recorro viejos caminos, hechos que forman parte de mí, recogidos en las ramas de mi árbol. Recorro las etapas, los sufrimientos y la felicidad de esos tiempos, recordando amores de verano tan pasajeros y fugaces como esa edad. Me parece estar metida en una red de ramas entrelazadas, como en un vértigo infinito. Un viento suave mueve ramas y hojas, con un crujido mágico, y yo, con los ojos cerrados, intento comprender este misterioso lenguaje, un sonido seductor que parece una música. Ya no hay flores blancas y rosadas en las ramas. Ahora que es otoño, los pequeños frutos están madurando. De repente, unas pequeñas manzanas caen a mi lado, como para despertarme. Miro la copa del árbol, observo el follaje y, con asombro, me doy cuenta de que entre las manzanas se esconden pequeños corazones de colores, balanceándose con el viento. Y entonces me imagino que es un regalo para mí, que ahí, dentro de estos pequeños corazones el árbol ha conservado lo que le conté, y es así como el árbol ha cuidado mis amores de juventud. ¡Larga vida a ti, amigo manzano! Doy otro abrazo al tronco y me voy feliz.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:
- El amigo manzano por Raffaella Bolletti
- El Árbol por Blanca Quesada
- El Árbol de la Vida por Graziella Boffini
- El Árbol por Gloria Rolfo
- El Árbol por Iris Menegoz
- El Árbol por Sylvia Navone
- El bosque de Manuela por Carolina Margherita
- El mensaje del árbol por Patricio Vial
- El peral “Conference” por Jean Claude Fonder
- El verde es suyo por Silvia Zanetto
- La Ceiba que habla todos los lenguajes por María Victoria Santoyo
- Patahueso por Sergio Ruiz Afonso


