
El mayor regalo que nos ha dado la naturaleza es el de la brevedad de la vida. En la danza del tiempo, los momentos buenos se deslizan a nuestro lado, así como también lo hacen los momentos difíciles.
Por fortuna, nada es para siempre. Esa es la hermosa verdad que nos consuela en nuestras horas más oscuras y nos hace apreciar con mayor intensidad cada instante de esta asombrosa experiencia.
Recuerdo con inmenso cariño a mi hermano Javier, quien, si la suerte no le hubiera sido esquiva hoy tendría setenta y tres años. Desde su nacimiento, su existencia, marcada por una enfermedad que lo limitaba tanto física como mentalmente fue un reto constante. Vivió veintiún años, atrapado en un cuerpo que no le respondía, con balbuceos por lenguaje y el gateo como único medio para explorar el mundo. Sus últimos años transcurrieron en una cama que se convirtió en prisión y fue testigo mudo de sus alegrías y tristezas
Sin embargo, con Javier también llegó a nuestra familia un regalo inesperado: un magnífico radio tocadiscos que colocaron en su habitación y que acabó convirtiéndose en un insustituible compañero. Sus melodías fueron la excusa perfecta para reunirnos alrededor de su cama y disfrutar de las pegadizas canciones de Renato Carosone o de la mágica maestría de Aimable.
Ello le supuso un refugio, un bálsamo con el que calmar sus días más agitados.
A veces, me alegra la velocidad con la que pasa el tiempo. Los recuerdos se acumulan como viejas fotografías que, a pesar del desgaste, conservan el brillo de su esencia. Es un regalo vivir intensamente sí, pero también es un alivio saber que el dolor tiene un límite. Los momentos difíciles son pasajeros, al igual que los buenos, pero mientras permanecen, nos regalan la oportunidad de sentir, de amar y, sobre todo, de atesorar.
Hoy en día, aquel radio tocadiscos ha quedado en desuso, pero me gusta pensar que, de alguna manera, sigue vibrando con la misma energía de antaño. Quizá, en sus silencios aún guarda las notas de aquellos días en los que su música fue el hilo conductor de nuestra vida familiar. Ante la adversidad, nos enseñó a celebrar lo que tenemos, a encontrar belleza en los instantes efímeros, a comprender que, aunque el tiempo avance, siempre tendremos el poder de recordar, y es por ello que cuando me asaltan preguntas sin respuestas de cómo hubiera podido ser su vida, en lugar de permitir que esas dudas arrebaten mi paz, elijo abrazar el recuerdo de su forma genuina de amar y su capacidad para unirnos a través del sufrimiento.
La vida es una danza breve y delicada. Aprender a apreciar cada momento es un arte, y ser consciente de que el dolor también es temporal es parte de ese aprendizaje. Agradezco a la naturaleza por darnos la oportunidad de experimentar este complicado collage que conforma la vida y que, a pesar de todos los contratiempos, sigue siendo un maravilloso regalo.
La mayoría de los autores que participan en esta revista han colaborado a la creación del libro:


