Una historia peligrosa

Muchos piensan que el destino está escrito en las letras de nuestras células, otros, en cambio, afirman que es el fruto de nuestras elecciones. Sea como sea, es cierto que para mí el futuro que se me presentó ya representa una parte de pasado sobre el que reflexionar. Y de una cuestión estoy totalmente segura: nunca elegí mi pasado tal como lo viví, ni encontré ninguna huella anticipadora en ninguna parte de mi cuerpo. 

Empecemos por el principio, que, en mi caso, coincide con el final de mis días. Sí, porque todo empezó cuando Natalia, mi enfermera personal y mi ángel de la guarda, por capricho o por curiosidad, quiso saber más sobre mi vida pasada. De ser sincera, la petición al momento no me sorprendió más de la cuenta, aunque, pensándolo bien, un poco extraña debería haberme parecido. Y eso que todo el mundo —no, no estoy exagerando—se sabía de memoria desde mi (presunta) fecha de nacimiento hasta el color de mis bragas el día de mi boda. Como escriben muchas plumillas, el precio de la fama hay que pagarlo, y yo, que había sido toda una celebridad, lo había pagado de sobra. En todo caso, no me cabía la menor duda de que las preguntas de Natalia, una mexicana cuarentona trasladada a San Francisco muchos años antes, escondieran otro propósito. No quiero pasar de lista tan solo por ser rica, eso lo dejo creer a las mujeres envidiosas y a los estúpidos. No. Lo intuía porque a lo largo de mi existencia mi sexto sentido fue la única guía fiel que nunca me traicionó, a diferencia de mis hombres que, claro está, disfrutaron mucho coleccionandos amantes a mis espaldas sin entender que yo los traicioné primero en los pensamientos y luego de verdad…

He vuelto a meter la pata. Ya lo sé. Es que estoy tan acostumbrada a enredar mi vida que lo hago también con las palabras. A lo mejor será la edad. Sin embargo, querida Isabel, no quiero que te pongas colorada leyendo mis memorias, con lo púdica y remilgada que eres… 

Quiero que tú sepas la verdad sobre mi vida, una verdad que muchos intentaron captar sin resultados. Por eso estoy aquí, juntando letras a duras penas, tratando de poner orden en mis recuerdos para dejarte entrever lo que de verdad se esconde detrás de una cara llena de arrugas que un tiempo fue muy bonita y encantadora. 

Nací en pleno verano de 1924. Nunca supe la fecha exacta porque, a los pocos días, mi madre biológica o alguien por ella, me dejó en el umbral del Convento de las Hermanas de la Caridad en una cesta de mimbre, con una mantilla blanca de algodón algo desgastada pero limpia. Lo que se dice un principio digno de una estrella del cine. ¿No te parece? 

De todas formas, y pese a las habladurías, las hermanas del Convento me criaron bien, o por lo menos, pusieron todas sus buenas intenciones. Allí aprendí el fascinante oficio del bordado y de la costura, me enamoré de la lectura (me encontraba entre las pocas mujeres de aquel tiempo en disponer de una biblioteca de todo respeto), me ensucié las manos con la tierra del huerto que ocupaba buena parte del patio trasero del Convento, planté tomates, berenjenas y unas rosas de un color rojo brillante del que todavía queda un dulce recuerdo en mi memoria de anciana vivida. Era una chica bastante introvertida (—¿cómo no serlo en un convento?—)  pero lista, de buena memoria y con ganas de aprender. Sin embargo, al árbol que nace torcido le cuesta trabajo enderezarse. A fin de cuentas, mejor así porque de lo contrario me habría convertido en una esposa infiel y una madre frustrada. De hecho, mi huida a escondidas quince años después de mi llegada involuntaria al convento me abrió un abanico de posibilidades que nunca habría imaginado.

¿Que cómo se me ocurrió? Bueno, hubo alguien que me dio las ganas de fugarme de aquel lugar húmedo y sombrío que pese a mi voluntad había sido mi hogar: Juan Sarría Alameda, un joven de buena planta y de mirada cautivadora en la que me perdía cada miércoles que pasaba con su furgoneta para recoger los productos de la huerta y los bordados que las hermanas solían vender para recaudar dinero. 

El amor, o lo que más a él se parecía, me empujó a esconderme en la parte trasera de la furgoneta de Juan entre cajas de tomates y toallas bordadas de hilo dorado .. 

Juan y yo recorrimos muchos kilómetros de una España que parecía hecha para esconder criminales de toda calaña y parejas clandestinas, pero eso no bastó para que lo nuestro durara para siempre. La guerra civil dejó rastros de sangre en todo el país y siempre nos topamos con familias que habían perdido algún que otro familiar. Para colmo de males llegó la noticia de la invasión alemana en Polonia y la grave inestabilidad política de Europa. En aquel entonces, tan solo era una jovencita guapa y enamorada que no entendía nada de política ni de equilibrios internacionales y tampoco podía imaginar que pronto y de forma, digamos, un poco rocambolesca, me convertiría en espía del régimen español.

Querida Isabel, ayer tuve que interrumpir mi cuento por miedo a que Natalia descubriera mis escritos. Como puedes imaginar, si alguien tomase posesión de mis declaraciones toda la fortuna y la fama que acompañaron mi vida de actriz se vendrían abajo, incluida la herencia para ti y tus descendientes, que son también los míos. 

¿Dónde había llegado?… Claro, tengo que contarte como conocí a un militar alemán que me propuso bailar y actuar en un sótano en las afueras de Madrid. El tal se llamaba Rubén, vestía uniforme nazi y lucía modales de hombre vivido y seguro de sí mismo pese a tener un rostro angelical, con su pelo rubio y ojos azul claro. Aquel verano de 1940 mientras yo pasaba mis días bordando y limpiando en una mansión de gente de bien, me topé con el tal Rubén en el mercado central. Pocas eran las doncellas que iban y venían sin descanso cargadas como mulas de verduras y pescado fresco para satisfacer a sus señoras adineradas y a sus convidados, y yo entre ellas, mientras que muchos eran los niños y sus madres viudas de guerra que regateaban por un mendrugo de pan. En la multitud de gente Rubén se fijó en mí, no sabría decirte el porqué, a lo mejor ya había adivinado las formas sinuosas que yo trataba a duras penas de esconder y mortificar con el uniforme gris y blanco que me impusieron para trabajar. Recuerdo que se me acercó de forma rápida y segura como si me conociera de toda la vida y articulando pocas palabras que parecían alemán mezclado a sonidos españoles hizo deslizar entre mis manos un papel doblado y amarillento que no tuve el valor de leer hasta bien entrada la noche, cuando se suponía que debía descansar en mi cuartucho en el altillo de la casa donde servía como criada. Había dos direcciones: una, a la que me dirigí al día siguiente, era la sede de un taller de costura, uno de los pocos que aún quedaban en la ciudad. Allí sus dependientas, casi todas de mi edad y con modales exquisitos, me hicieron probar un traje tras otro hasta dar con lo que debía estrenar la noche siguiente en el local clandestino señalado por la segunda dirección escrita en el papel. ¿Que dónde estaba Juan? Bueno, enfrascado en alguna que otra actividad ilegal de la que no quiero acordarme… 

Tuve valor, ya lo sé, o tal vez desfachatez, según se mire, pero me presenté en el lugar indicado, y sin entender una sola palabra de alemán subí a un escenario improvisado para cantar y bailar como si lo hubiera hecho desde siempre. No me fijé en el público, todos militares alemanes que me miraron con ojos hambrientos de deseos insatisfechos, porque si lo hubiera hecho, a lo mejor habría salido corriendo de aquella guarida de hombres solos. Cuando al final del espectáculo, y después de un fragoroso aplauso, Rubén entró en mi presunto camerino de artista novata, me propuso con unas pocas palabras que el pobre se había aprendido de memoria, un acuerdo peligroso e increíble que cambió definitivamente el rumbo de mi vida. Fue el principio de mi actividad de espía del régimen de Franco, ese militar cabezota y sin escrúpulos que quería llevar España a los años dorados del Imperio colonial. ¡No me juzgues! Es verdad que al principio te dije que el destino lo elegimos nosotros, pero tal vez, las circunstancias de la vida nos empujan hacia lo que ni siquiera nos hubiésemos plantado. 

En concreto, la labor consistía en exhibirme con cantos y bailes, vestida de trajes que poco dejaban a la imaginación, en lugares de mala muerte a los que acudían personajes poco recomendables: militares de todo tipo, españoles, alemanes, italianos, hasta ingleses en incógnito y, sobre todo, espías. Rubén siempre me siguió como guardaespaldas y fue él quien me daba las instrucciones con las fechas y los lugares donde yo tenía que acudir y enviar mensajes ocultos a través de los movimientos de mi cuerpo o por medio de las letras de canciones que iba desgranando como una artista consumada. No te lo escondo, al poco tiempo le cogí cariño a Rubén, y como no podía seguir trabajando de servidora por la mañana y bailarina y cantante por la noche, decidí dejar para siempre la casa donde trabajaba como criada sin despedirme de nadie, tampoco de Juan. 

No me arrepiento de nada. Nunca, y repito, nunca tuve que hacer nada que no quisiera. A menudo Rubén tuvo que alejar a algún que otro pretendiente, eso sí, sin hablar de mis camerinos, que con frecuencia se llenaban de flores exóticas y cajas de bombones suizos que casi nunca probé. Normalmente solía recogerlo todo y me pasaba las mañanas libres repartiendo dulces entre los niños hambrientos de los barrios más pobres de la ciudad, mientras que con las flores adornaba las lápidas, a menudo sin nombres, del cementerio de Madrid. 

Fue así como pasé los años de la segunda guerra sin sufrir hambre, frío y miedo como casi todo el resto de la población que tuvo la mala suerte de no apoyar a Franco. Ahora que soy vieja y que poco futuro me queda por delante, me gusta pensar que, pese a las apariencias, mi labor de espía contribuyó a que nuestro país no entrara en una guerra que, a lo mejor, nos habría borrado de la faz de la tierra. Querida Isabel, los míos no son delirios de una anciana demente, porque si es verdad que mi cuerpo está flaqueando, lo mismo no puede decirse de mi cabeza. Siempre rogué al Señor —soy creyente de una forma muy personal— a que me mantuviera cuerda hasta el final de mis días y te puedo asegurar que lo estoy. De lo contrario, no podría recordar con todo detalle mi encuentro con un personaje, poco conocido en los libros de historia, que a su manera nos ayudó para que el Generalísimo no pactara con el loco alemán. Me refiero al Pequeño Almirante, tal como le llamaban sus colaboradores, es decir a Wilhelm Franz Canaris en persona. Para nosotros, hablo en plural porque ya me sentía parte del mundillo secreto del espionaje, él había sido y era toda una leyenda¸ en vez de, su fama había llegado hasta el otro lado del charco. El héroe de los dos mares lo apodaban. Una celebridad por cierto merecida a sangre y sudor en el campo de batalla según cuentan. De hecho, el tal Canaris, que participó en dos guerras mundiales, sabía hablar perfectamente cinco idiomas, entre ellos el español, y pese a no ser un nacionalsocialista, fue jefe de la Abwer, la inteligencia militar alemana. Efectivamente cuando yo le conocí, sus felicitaciones por mi actuación en perfecto español no me impidieron entender que detrás de sus modales escuetos y sobrios se escondía un hombre de grande inteligencia y diplomacia. De hecho, acababa de actuar en un lugar de postín en el centro de Madrid donde acudían la flor y la nata del bando franquista —entretanto, había ascendido en mi carrera tanto de bailarina como de espía—y Rubén, mi ángel de la guarda, fue el que nos presentó. La sala estaba abarrotada de gente, el humo de los cigarrillos había creado una especie de neblina de humo que esfumaba el brillo de las medallas que las solapas de las altas uniformes enseñaban sin pudor. Entre las bandejas de plata repletas de copas de champán de primera y caviar, me deslizaba como si estuviera en mi elemento, con mi traje de lentejuelas y zapatos de tacón italianos que en mi anterior vida solo podía soñar. La música de la orquesta llenaba el aire de sonidos que invitaban a bailar, y recuerdo como si fuera ahora las palabras bisbiseadas de Rubén cerca de mi cara, y las ojeadas disimuladamente interesadas de casi todos los hombres en alta uniforme que presenciaban al evento. Con un ligero empujón, mi guardaespaldas me acercó por primera vez a W. F. Canaris.

El encanto casi desgarrador de ese hombre de pelo cano y mirada profunda casi me hizo quedar sin palabras, como si de pronto me sintiera fuera de lugar en aquella sala de baile…

Como supe más tarde, el Almirante había sido enviado a España por Hitler para intentar convencer a Franco de la posibilidad de entrar en guerra. Pero lo que hizo fue exactamente lo contrario. Y de eso, y de mucho más, sigo dándole las gracias allá donde esté. 

Querida Isabel, ya sé en que estás pensando y no, nunca llegué a ser su amante, y no porque no quisiera. Franz, como solía llamarlo yo cuando compartíamos algún momento juntos, se quedó prendado de mi desde el primer instante, pero su conciencia o, a lo mejor, los años que nos separaban, le impidieron declararse abiertamente. 

Y cuando las cosas se pusieron malas para él, antes de ser ahorcado en el campo de concentración de Flossengürg en 1945, me facilitó los documentos y los trámites para que yo pudiera escaparme a Estados Unidos y convertirme en la estrella del cine que todo el mundo conoce.

Entonces puedes comprender por qué nunca antes he contado esta parte de mi vida a nadie… ¿Que por qué te lo cuento justo ahora? Tal vez porque haya llegado el momento de hacer encajar las piezas de mi vida que siempre estuvieron olvidadas en algún rincón de mi memoria y sobre todo para que tú, mi heredera directa, querida nieta, sepas la verdad. Las historias, a veces, pueden ser peligrosas si bien eso depende de quien las cuente. Y recuerda: las palabras tienen más valor que muchas de las personas con las que me he topado a lo largo de mi existencia.

Ayer tuve que interrumpir mis memorias. Natalia sigue al acecho. ¿Por dónde andaba? Sì, ahora me acuerdo. Llegada a este punto de la historia, como toda mujer que se respete, te preguntarás qué fue de Rubén y de Juan… Bueno del primero, que siempre fue mi amigo y protector sin querer nada a cambio, supe que logró escabullirse de la redada que los espías ingleses habían organizado por toda Europa, huyendo a Argentina… Del segundo, pues, simplemente desapareció de mi vida como si su único papel fuera el de sacarme de aquel convento que fue mi primer hogar…

Por lo que a mí se refiere, una vez establecida en California bajo la protección de algunos amigos alemanes, llegué a las altas esferas del cine de forma tan rápida que las malas lenguas nunca perdieron ocasión para echármelo en cara. En cualquier caso, si quieres saber más tendrás que tener paciencia porque esa es otra historia. Mañana te la contaré.


Manila Claps. ………..