Semana santa

Mi madre era agnóstica. Pero no lo sabía.

Mi hermana, 17 años. Guapísima. Piel suave, carne tierna y generosa lo justo, los ojos verdes heno de mi padre, se dedicaba a disfrutar de su vida y a tener a raya a los innumerables admiradores.

Yo, 10 años, silueta de fósforo de madera apagado. Pelo negro, liso, encarcelado por una pinza que mi mamá, ingenua piedad, intentaba embellecer con un lazo de seda blanco (que yo odiaba) encima de mi cabeza.

Hasta mi primera infancia sentí el encanto de la iglesia y de la religión. 

En 1954 hice mi primera comunión. El vestido de encaje S. Gallo, había sido de una prima. Mi cabeza estaba adornada por un gorrito de seda blanca enmarcado con pequeñas flores y del que volaba un corto velo. Todo eso fue tomado prestado a mi prima Lucía que nos recomendó encarecidamente cuidarlo, porque se trataba de un recuerdo de su boda.

¡Yo así vestida parecía una novia enana! Exactamente lo contrario de la silueta etérea de mi hermana (aún tengo la foto), que en 1949 hizo su primera comunión llevando un vestido muy sencillo, hecho por mi mamá, utilizando la seda de un paracaídas americano, de la guerra recién terminada.

Iba a misa cada domingo.  Comulgaba, me gustaba la música del órgano, cantaba los cantos sagrados, en un latín muy improbable.  Me gustaba el olor del incienso. Olor inquieto de la espiritualidad. Nunca comía carne los viernes, hacía ejercicios espirituales. (Por ejemplo, no hablar por dos días).

Una tarde, durante la cena, en uno de los días de mi silencio, mamá me preguntó.

¿Cariño no es que estás planeando hacerte monja?

Yo no pude responder, fiel a mi pacto silencioso.

Mi padre levantó la cara de su plato y, mirándome con sus ojos de heno dijo.

¡Pasa, mi amor, pasa, tarde o temprano pasa!

El domingo de Ramos siempre traía una rama de olivo que mi madre, por costumbre, ponía sobre el cuadro redondo que reproducía la Sagrada Familia. Una de las pocas pinturas que el maestro Michelangelo pintó con ese tema, y de la que mi madre compró esa barata réplica, justo por esa razón.

El día de Pascua significaba quitarse, con alivio, la camiseta de lana que picaba horriblemente e ir a la misa con un vestido nuevo. Mejor dicho, con un vestido de mi hermana, readaptado. El día de Pascua significaba también esperar el huevo de chocolate de la tía Juana. Que no siempre llegaba.

Pasaron los años. A los dieciséis me enamoré como una loca.

Perdí mi inocencia y con esa la fe.


Iris Menegoz