De los peligros concernientes al hecho de enojar a una pelota del bowling que es cinturón negro de judo 

Se pusieron a decidir el día del desafío y, para ser más originales, habían decidido jugar divorciados versus casados.

El día de la competición se encontraron todos muy puntuales como un tren en Japón, a la hora convenida enfrente del Bowling, en la plaza Sancho Panza, entraron, notaron que no había nadie a parte de ellos esa noche en el bowling, pero eso no le quitaba las ganas del partido y, después de un par de cervecitas en el bar, sin dificultades formaron los dos equipos (solo era suficiente mirar el dedo anular de la mano izquierda) y empezaron a jugar.

Ese mismo día era el cumpleaños de Azulmarino, una de las pelotas más grandes del bowling, llamado así por ser del color del mar adentro y no solo por eso, también por su cinturón que había merecido con esmero, así que todas las pelotas del Bowling de Sancho Panza la estaban festejando todas juntas en alegría, algunas con sombreritos de papel rojo y oro, la mayor parte soplando por uno de sus tres agujeros esas trompetitas de noche vieja estilo «lengua de suegra».

Podéis imaginar el enojo de ser estorbados durante un celebración de cumpleaños para trabajar, un trabajo no reservado, no esperado, seguramente no bienvenido.

Cuando Azulmarino fue reclamando por la máquina que lo succionó en el mecanismo para presentarlo a los jugadores y los dedos índice, medio y pulgar de Eulalio penetraron en los tres orificios de Azulmarino,  para ese último fue la gota que colma el vaso. Con un ágil movimiento le hizo una palanca y, en vez de ser lanzado él mismo en dirección de los pinos para derribarlos, fue Azulmarino el que, con una llave de judo (había practicado judo por largo tiempo) lanzó al pobre Eulalio y se fue a ganar un strike.

Así que los demás compañeros de Eulalio y su jefe se quedaron boquiabiertos al ver a Eulalio engullido por la boca oscura de la máquina del bowling hasta desaparecer en sus vísceras negras. Allá en el fondo no llegaban las luces alegres de neón del complejo de la fábrica del divertimiento.

No se sabe si Eulalio fue triturado por el mecanismo de los pinos, o devorado por un ogro escondido o si había un portal espacio – temporal en el hueco.

Lo único que es notorio es que el cuerpo del pobre Eulalio no se encontró nunca: ni esa noche ni en los días, semanas y meses futuros, ni entero ni en trozos, grandes ni pequeños.

La moraleja es, obviamente, que no irían al Bowling de la Plaza Sancho Panza el día 17 de noviembre porque Azulmarino y su compañeros prefieren festejar el cumple de Azulmarino en santa paz. 


Graziella Boffini.