
Un paisaje arrasado. El sendero sinuoso de piedra laja que conducía hasta el portón de la casa había desaparecido bajo las ráfagas de tierra. Nada quedaba de los arbustos de camelias que daban la bienvenida ni de los alegres canteros con los primeros alelíes. La fuerza del vendaval había sepultado el jardín bajo un magma de barro y hojarasca, ramas partidas, macetas rotas, plantas extirpadas. Algunas, mostraban al cielo plomizo sus raíces, madejas de filamentos enredados que se estiraban como pálidos corales, extraños organismos despabilados por la luz. Incluso el joven árbol de membrillo que ella había plantado semanas antes yacía tumbado a modo de balancín sobre las reposeras que, atropelladas una encima de otra, con los codos de madera desencajados sobre retazos de lona, parecían enormes langostas listas para saltar.
Si no hubiese sido por la llamada de la vecina, ella estaría todavía durmiendo sin enterarse de nada. Los blandos somníferos que el médico le había recetado resultaban tener efectos prolongados. Con el usual tono amistoso el hombre le había dicho que a su edad no tenía por qué preocuparse, al fin y al cabo sufría de un normal insomnio debido al cambio de clima estacional.
Ahora, en camisón y descalza, pegada al gran ventanal de la sala, la mujer observaba el desastre. En solo unas horas la furia del viento había destruido su tenaz labor de jardinera, enterrado el pequeño paraíso al que, desde su jubilación, había dedicado cuerpo y alma. Cómo es que no me di cuenta antes, se preguntó mientras con la manga desempañaba el vidrio del vaho exhalado por su boca. Un escalofrío le sacudió el cuerpo macizo apenas protegido por el camisón de flores.
Los ruidos en la cocina terminaron de despertarla. Se precipitó por la alfombra del pasillo. Su marido en pijama desenroscaba la cafetera italiana.
—¿Has escuchado el vendaval?
De espaldas en su conjunto rayado, el hombre buscaba la lata de café en el armario. Ella lo sacudió por el hombro. Sorprendido, él la miró como quien descubre una presencia fortuita. Enseguida esbozó una sonrisa y se quitó los tapones de cera de los oídos. Había comenzado a usarlos desde que su mujer inició con los problemas de sueño. Luego, por inercia o desmemoria, aquella solución transitoria se había consolidado en una costumbre.
—el-ven-da-val… —repitió ella articulando las sílabas como si estuviese hablando en una lengua incomprensible.
—¿Qué vendaval? —respondió el hombre. Por otro lado, lo sabía, su marido no tenía vocación de jardinero. Le gustaba disfrutar del verde, eso sí, hacer barbacoas, jugar con los nietos cuando eran pequeños. Pero desde hacía un tiempo, a cualquier hora del día se adormecía en la reposera bajo el aromo, a veces con un libro en el regazo o más frecuentemente con un vaso de bourbon. No, no era un jardinero, y por eso prefería el invierno a la primavera, porque no debía cortar el césped ni dar forma al ligustro, o como él mismo decía, porque no estaba obligado a ensuciarse con la tierra.
—¡Ven a ver!— exclamó ella volviendo de prisa hacia el ventanal de la sala— ha destruido el jardín
—¡Ven a ver!— volvió a gritar, de pie frente a los cristales corredizos. Estaba por abrirlos, pero sus manos temblaron. Se detuvo. Afuera, ante sus ojos, el panorama parecía mutar a cada instante. Algo vibraba, lo sentía, ahí mismo, en medio de los desechos orgánicos. El prado, las viejas reposeras, el sendero de bienvenida, todo aquello que una vez le era familiar ahora parecía adquirir nuevos contornos. El vendaval había arrasado la normalidad cotidiana y exhumado formas extrañas, quién sabe desde cuándo adormecidas, presencias que como las raíces salían por primera vez a la superficie y ahora se movían sin tapujos, transformando aquello que había sido un oasis en un jardín de prímulas negras.
El hombre estaba ahora a su lado, mordía una galleta y observaba la escena con aire desganado.
—Habrá que llamar a alguien que se ocupe del desastre —dijo sin alterar su tono, como si fuese el testimonio lejano de un triste y trágico acontecimiento, un terremoto en Afganistan, una nueva guerra en alguna parte del mundo, uno de esos asuntos que estaba acostumbrado a mirar en la pantalla pero que no le concernía. Ella seguía preguntándose cómo es que no se había dado cuenta antes.
Un vendaval a finales de invierno. ¿Era un hecho normal o solo otra de las emergencias causadas por el cambio climático? Tal vez, se dijo, habían dado la alerta en el telediario que ella nunca veía. Cómo es que su marido, siempre tan al corriente de noticias, no la advirtió.
—¡Mira!— exclamó la mujer indicando ahora la esquina del parque más cercana— algo se mueve por esos lados. En un montículo de ramas y de raíces boca arriba le pareció distinguir una maraña de grandes orugas que, desenroscándose las unas de las otras, se arrastraban hacia la casa. La mujer sin pensarlo, trabó el ventanal por dentro.
—No veo nada —respondió el hombre volviendo a la cocina de donde llegaba el gorgoteo del café, cuyo áspero aroma ya invadía la sala. Ella lo siguió, en camisón y descalza. Tiritaba. Al entrar en aquel refugio, cerró la puerta con llave.
—¿Qué haces?— preguntó el marido mientras se sentaba para saborear el primer sorbo de café amargo de la mañana.
—Nada…—respondió ella, en equilibrio sobre la silla en su intento de clausurar la única ventana del recinto. De reojo notó a los insectos trepar por la fachada— ya no podemos hacer nada.
Adriana Langtry
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