El muro

Las curiosas
Eugene de Blaas (1843 – 1932)

—¡No me lo puedo creer! —exclamó María, encaramada en una pequeña escalera de madera, de puntillas para ver mejor al otro lado del muro.
Desde que trabajaban en la villa, la pared que cercaba el jardín les intrigaba, los ladrillos eran antiguos, un manojo de hiedra caía de este lado como un mechón de pelo que habría que volver a peinar. Una planta arborescente con pequeñas flores malvas y olorosas lo superaba y aumentaba el misterio que se cernía a su alrededor. Era otra propiedad, muy grande, daba al canal y estaba totalmente rodeada por este muro: no se podía ver en el interior, una amplia puerta de madera permitía el único acceso por carretera y sin pasar por el canal no se veía ninguna morada.
A veces, cuando ellas se acercaban a lo largo del muro, podían oír leves ruidos ahogados muy extraños y difíciles de identificar. ¿Quién podía vivir allí? ¿Quién mantenía el jardín?. No se podía hablar de ello y nadie quería informarles.
Aquella mañana, los señores marqueses debían ir a Venecia con la barca por el canal de la Brenta, prácticamente todo el servicio los acompañaba. María y Giulia tenían su día libre y estaban decididas a descubrir qué había y qué pasaba más allá del muro. Evidentemente, existía el riesgo de que no hubiera nadie o que, por el contrario, las estuvieran esperando. Pero no podían más de la curiosidad, la oportunidad estaba ahí y había que aprovecharla.
Se habían vestido bien y se habían maquillado, Giulia había anudado alrededor de sus hombros un espléndido pañuelo rojo, nunca se sabe. Gallardamente, con la falda levantada, habían sacado la pequeña escalera de madera que conservaba el jardinero y en camino hacia el famoso muro.
—¿Qué ves entonces? —preguntó Giulia.
—¡No puedo decirte nada, vámonos, antes de que nos vean! exclamó María, toda roja y asustada.
Y corriendo, volvió a llevar la escalera al cobertizo del jardinero.



Jean Claude Fonder