Riesgo asíntota

 

Lo que estoy escribiendo… podría no ser realidad.

Recuerdo, aquel invierno. Aprendí a fumar.

Los vicios, todos son malos; pero no cabe duda de que la soledad es también parte. De consejera; nos dice que probablemente es necesario, joderse el cuerpo, ya que con el alma no se puede. Por eso, escribo esto, sin procurarme cuaderno ni lápiz. Los sesos están trabajando a mil. 

(Necesitaba llegar, por eso subí) Por las ventanillas, cuando el verde captura la vista, voy hacia atrás.

— ¿Hijo, ves esos carriles?… son rezagos de un tiempo.

—¿ Cuáles, papá? ¿Cuáles… ?

— ¡Qué buenos tiempos! Recuerdo cuando sentado en la acera soñaba con subir; ser de aquellos que saludan desde el trencillo (parecía un tren). Todavía, cuando miro estas calles, lo veo pasar, repleto de gente. Vi a tu abuela subirse a uno, creo que por eso la conocí. Le pregunté:

 — ¿Cómo era por dentro? ¿Qué rutas hacía en la ciudad? ¿Cuánto costaba el boleto? 

—Mi papá es el conductor, respondió.

— ¿Cuáles, papá… ?… ¡abuelo, abuelo!!

— Dime hijo.

— Olvídalo, no es nada. 

El carente aire, que se perdía, recupero la realidad. La siguiente parada, era la última. Estábamos en el centro, donde los parques no continuaban. La ciudad se comía el tiempo, dejando nostalgias rotas. No, quise bajar. 

— ¿Es terrible?… ahora, entiendo. Abuelo, nada ha cambiado, ni dentro ni por fuera.

— Si cierras los ojos, aún puedes sentir el olor a madera, a veces puedes sentirte. Sentir que tú te subiste, aquí conmigo, donde el recuerdo es más fuerte. Donde los vicios, no pueden con el cuerpo, ya que en primera línea el alma hará más fuerte la vida.

— ¡¿ Abuelo, qué pasó?! … llegaste, al fin llegaste, hijo.

— ¡118, 118! ¡Ayuda! Hombre, tranvía… ¡no respira, ayuda!

Luis Martin Ghiggo