
Todo estaba listo el día de la inauguración, el alcalde había dado una rueda de prensa sobre el hecho de que habían renovado una de las líneas más antiguas de Europa. Todas las autoridades presentes, dos escuadras de representantes de las fuerzas armadas con uniforme de gala, penachos de oro como si fuera una llamada a las armas. Coraceros enviados por el Presidente acompañaban al Viceministro de Asuntos Exteriores, la banda militar de música empezó a tocar. Se manifestó un gran agradecimiento con una ovación dándole las gracias una vez más. En el tranvía la gente llevaba puestos atuendos ceremoniales, rosas rojas, serpentinas, trompetas de papel, brindando con champán ofrecido por el Consejero Regional de Transporte, era la temporada de carnaval.
— ¡Señoras y señores, el himno nacional! Desearía pedirles que rindiéramos homenaje a la bandera, guardando un minuto de silencio.
Todos se pusieron en posición de firmes, formados y callados.
— ¡Mueva ese trasto! —Gritó uno.
El jefe de estación silbó la salida del tren que, arrancando, resoplando, empezó a moverse. Hizo unos metros y después se paró. El maquinista ferroviario bajó de inmediato agitando un gorro, la locomotora recién reformada estaba estropeada y además no entendían el motivo del descarrilamiento. Necesitaron cinco horas para sacar un hombre pordiosero destrozado entre los dos raíles; mientras tanto la gente se había ido ya.

