Afrodita II

Afrodita al pilar.
Mármol, copia romana del siglo I-II ap. C., según un original griego de finales del siglo V a. C. Antiguamente restaurado en Thalie.

El cuerpo… Mi cuerpo, pensé mirándome en el gran espejo que adornaba la pared de mi habitación y permitía a mis amantes y a mí misma observar con lujuria nuestros encuentros. De repente miré hacia otro lado y corrí hacia la piscina, como hacía siempre antes de que mi compañero se despertara, no quería que me viera en el estado en que una noche de placeres desenfrenados me había dejado. 

Nadaba lentamente en el agua fresca y estimulante, que me regeneraba cada mañana. No demasiado rápido, no quería muscular un cuerpo que, ante todo, debía seguir siendo femenino. Me acordaba de la noche anterior. Por la mañana, Xenia tampoco era hermosa. Ya lo había notado antes, se maquillaba abundantemente, la cara, los ojos, e incluso el cuerpo, al despertar después de una noche de exceso, era la derrota. Esta mañana la acompañó Fidias, con la intención sin duda de prolongar un poco más, quizás en su casa, una noche de libertinaje para intentar influir en la decisión del escultor.

— Djamilah, tráeme mi Quitón de lino, — dije al salir del agua.

Me sequé cuidadosamente y me drapeé con el precioso y ligero tejido que mi compañera ató con fíbulas doradas sobre mis delicados hombros. A contraluz se podían vislumbrar las curvas que serpenteaban peligrosamente cuando me movía por las calles de la ciudad. 

Visité a la pobre comerciante y le compensé ampliamente el robo que había sufrido. Ella aceptó voluntariamente retirar su denuncia y yo fui a casa de Nicandro para informarle.

— No se pueden permitir todas tus maniobras deshonestas para influir en la elección del escultor. El modelo debe ser elegido por un tribunal imparcial y competente. La Heliea que presides sería sin duda la más apta, con su voto secreto, para garantizar este objetivo.

Esa misma tarde, el ceryx, el pregonero público, anunció el acontecimiento que tendría lugar en el Ágora a primera hora de la mañana, el día de la luna llena.

Unos días más tarde, me desperté muy temprano, hoy es la decisión. Sabré si Afrodita querrá encarnarse en mí, si yo también me convertiré en inmortal, si tendré mi propio templo en honor a este cuerpo que me halaga.

Yo no había vuelto a ver a Fidias, le había cerrado mi puerta, Héctor no le dejaba entrar. Si él pensaba en su estatua, debería contentarse con los recuerdos que no podía dejar de tener después de la noche, la larga noche de amor en la que me había entregado a él y la noche en la que, después de todo, me había traicionado. Sin duda se acostaba con Xenia, a la que se veía por todas partes, más ultrajantemente maquillada que nunca. 

Habían puesto un estrado donde tendríamos que desfilar, las candidatas modelo, y una tribuna para los miembros del tribunal. La muchedumbre era numerosa y quería influir con sus gritos a los miembros del jurado al que se habían incorporado para la ocasión el escultor y los principales magistrados de la ciudad. La tensión era alta, Xenia y yo teníamos que pasar las últimas, se había autorizado la participación de candidatas provenientes de todo el mundo heleno, en el cual se celebraba el culto de la diosa. La que elijan para ser el cuerpo de Afrodita, diosa del amor, tiene que ser la más bella de todas las griegas.

El público está entusiasmado, el juicio de Paris no es nada ante lo que ven, todas las formas que puede tener la belleza femenina en su desnudez reveladora desfilan delante de ellos, rubias y morenas, pequeñas y grandes, todas en curvas y andróginas, pero hay que elegir. Xenia pasa antes que yo, yo pasaré la última, la suerte o la diosa han decidido así.

Xenia es la más bella de todas, su cuerpo es perfecto, sus proporciones son divinas, sus pechos parecen vivir, sus nalgas y su cintura bailan con ellos el ballet eterno del acto de procreación. Se ofrece completamente al público. Sus pezones están maquillados con el mismo rojo que sus labios hinchados y que la hendidura en medio de su pubis entreabierto. Toda el ágora ruge ante esta exhibición desvergonzada. Sin duda ganará.

Entonces subo lentamente a la escena, resignada. Mi cuerpo está completamente cubierto por mi Quitón. Desabrocho las fíbulas que lo retienen.

El vestido cae, estoy completamente desnuda, mi carne es blanca como el mármol, muy finas, casi invisibles venas marmoladas azules, lo recorren.

Un silencio total, mágico, divino cubre el Ágora: Afrodita está allí ante el jurado maravillado.


Continuará


Jean Claude Fonder

Afrodita I

Afrodita al pilar.
Mármol, copia romana del siglo I-II ap. C., según un original griego de finales del siglo V a. C. Antiguamente restaurado en Thalie.

He visitado el nuevo templo. Simple e inmaculado, se parece al de Atenea Niké. Me gusta, aislado sobre una pequeña colina verde, sus columnas de orden jónico soportan ligeramente el friso, el tímpano y el triángulo plano del techo. Se ve desde lejos. Me veo ya como una estatua de la diosa Afrodita, después de todo me llamo Dafne. Tengo que convencer a Fidias, mi cuerpo no es perfecto, pero sólo yo conozco sus pequeños defectos. A menudo son éstos los que agradan a los hombres.

A Fidias, al menos. Me dejó esta tarde hacia las tres de la tarde, hicimos el amor toda la noche. Este hombre es más incansable e inventivo que una mujer. Creo que no hay parte de mi cuerpo que no conozca, una caricia que no me haya dado. Yo estaba exhausta y él también se durmió. ¿Qué hace mi rival Xenia? Probablemente también se acostó con él. Es muy guapa, debo decir, pero la encuentro fría y altiva, y probablemente menos experta que yo.

¡Bah! Ya no será un problema. Esta mañana la han encontrado, desangrada en su bañera, con las venas abiertas, se ha suicidado por despecho. Esto es lo que le sugerí a Nicandro, el presidente del tribunal de la Heliea, que me despertó esta tarde. Le he invitado a cenar esta noche para hablar de ello. Tengo que prepararme.

—Djamilah, ¿está listo mi baño?

Djamilah es mi esclava, con su marido Héctor, un coloso de ébano, formamos un buen equipo. Ella sabe prepararme bien, él me ayuda en los casos en que la fuerza debe hablar. Y luego, a veces, hacemos el amor juntos. 

La hora del baño es cuando empiezo a adorarme, con mi pelo y mis pechos hago mil juegos encantadores. A veces, incluso, concedo a mis perpetuos deseos una complacencia más eficaz, y ningún lugar de descanso se ofrece tan bien a la lentitud minuciosa de este delicado alivio. 

Confié a Djamilah mi cuerpo lánguido y descansado, me limpió, me peinó, y me afeitó, también el pubis, para que tuviera toda la desnudez de una estatua. Finalmente me cuidó enteramente, hasta en las partes más secretas de este instrumento que me sirve para ofrecer a mis amantes de una noche, las alegrías más sofisticadas.

Me levanté desnuda y adornada con todas mis joyas, me miré un instante en el espejo, luego tiré de la caja fuerte donde había doblado una vasta tela transparente de lino amarillo, la hice girar alrededor de mí y me envolvió de la cabeza a los pies.

Nicandro no tardó. Entró sin demasiada ceremonia. Diré incluso que me pareció un poco demasiado excitado, estaba acompañado por varias personas. La cena íntima que había planeado parecía comprometida.

—Dafne, estos dos testigos dicen que te vieron entrar en casa de Xenia esta mañana.

—Pero eso no es posible —declaré orgullosamente—, estaba en la cama con Fidias, pasamos la noche juntos.

—Te vimos, estabas velada, pero tu andar es tan reconocible … era tú, estamos seguros. Xenia también te reconoció.

—¿Cómo? ¿Xenia está viva todavía? — Dije, casi gritando a Nicandro.

Me respondió que no me la había dado por muerta, más bien que estaba desangrada. Esperaba todavía el informe de los médicos.

Fue entonces cuando entró Héctor, sin aliento y cubierto de sudor. “¡Qué hombre tan apuesto!” pensé, Djamilah tiene mucha suerte, menos mal que me deja disfrutar de él un poco.

—¡Han robado a la vendedora de pollos! Le robaron un ánfora llena de sangre.

Esta vez apostrofé a Nicandro:

—¡Estaba desangrada! ¿De sangre de pollo, sin duda?

El presidente del tribunal se retiró entonces declarando que debía investigar, que había nuevos datos.

Me encontré sola con Héctor, a quien agradecí prodigándole una caricia como se debe, y Djamilah, que propuso que cenáramos juntos:

—La señora se había preparado, y el huésped que iba a honrarla esta noche nos ha dejado plantados. —Explicó a su marido.

Djamilah sabe cómo manejarme. Me ayudó a quitarme el drapeado que, según ella, sólo permite ver un esbozo de la más bella cortesana de la ciudad. Ella le ayudó a descubrir los tesoros que ella misma acariciaba cada día para proponerlos al mejor postor. Héctor también tenía algo que ofrecer, y tengo que decir que estaba bastante segura de que esa noche sería de mi agrado. 

Xenia entró entonces bella como una diosa. La línea suave del cuerpo ondulaba a cada paso, y se animaba con el balanceo de los pechos libres, o con el balanceo de las caderas hermosas, sobre las que se doblaba la cintura. La ira de su cabello rodeaba el delicado óvalo facial, donde ardían dos ojos negros.

—Esta mañana no estabas muy lejos —gritó-, creíste que te estrangularían por haberme asesinado. Te vi entre la multitud, estabas asustada.

—Creíste verme, estaba en la cama con Fidias.

—No, preciosa, dijo este último. Se había unido al grupo sin que nadie lo viera. Cuando te escapaste de mi abrazo por la mañana, me di cuenta, y cuando regresaste, más rápido de lo que creía, fingí dormir otra vez.

Estábamos en el punto de partida. Esta mañana debo confesar que mis intenciones no eran muy claras, pero cuando vi a Xenia pálida como una muerta en esa profusión de sangre, me escapé. 

Atraje a Xenia y Fidias al seno del grupo y dejando al pobre Héctor en manos de las dos mujeres, recordé a Fidias cómo estaba hecho el único cuerpo posible para Afrodita.


Continuará


Jean Claude Fonder

Recordar, contemplar y encontrarse a sí mismo


“….Y cuando el viento 
oigo crujir entre el ramaje, yo ese 
infinito silencio ....”
Giacomo Leopardi

Aquella mañana subió al coche, llegó a donde había decidido, aparcó, bajó y empezó a caminar hacia el bosque. Se sentó apoyando las espaldas en el tronco de un árbol y, mirando a lo lejos, se quedó pensando en los muchos años que veraneaba en Las Marcas. Esta región a la que se conoce sobretodo por sus playas largas de arena fina, en realidad es una tierra para descubrir por la pluralidad de paisajes, por la variedad de bellezas naturales y artísticas. La naturaleza y la mano del hombre se mezclan aquí en los bosques históricos, en los santuarios, en los castillos, en las abadías. Allí sentada, mientras le parecía oler la brisa marina, recordó los extensos campos de lavanda o de ginestras, las colinas donde se cultivan los diferentes viñedos, la intensidad del olor penetrante de las trufas negras de Acqualagna y de las zonas de los Montes Sibilinos. Allí mismo estaba ahora a los piés de los montes. Bueno sí, los fascinantes Sibilinos conocidos desde la Edad Media en toda Europa como reinos de demonios, nigromantes y hadas. Si se habla de los Montes Sibilinos se habla de leyendas, de magia y de cuentos antiguos.  Los Montes deben su nombre a la leyenda de la Sibila – la profetisa de la mitología clásica – que se escondió aquí en una gruta, conocida como la Gruta de las Hadas, cuando fue exiliada del inframundo. Otra leyenda que está relacionada con los Sibilinos es la de Pilato, según la cual el cuerpo muerto del prefecto romano fue arrastrado a las aguas del “demoniaco” lago, situado en uno de los valles más elevados del Monte Vettore.  Más abajo podía divisar la ciudad de Ascoli, una ciudad que ella había aprendido a conocer y apreciar, y que se reveló un lugar riquísimo de preciosos detalles: los restos romanos, los testimonios del románico y del gótico son indelebles en la que se ha definido la ciudad de las cien torres. El centro histórico debe su aspecto tan armónico y compacto al travertino local, material principal en todas las construcciones. Cada año Ascoli vuelve a vivir la magia del pasado, entre carreras a caballo y desfiles en trajes de época, proponiendo elocuentes recuerdos de hechos históricos, como la famosa Quintana, que se desarrollan en el centro de la ciudad antigua. La Pinacoteca, rica en obras de Carlo Crivelli, Tiziano, Guido Reni, la Galleria Civica d’Arte Contemporanea, El Museo Arqueológico Nacional, la Cartiera Papale y el Teatro Romano. Y Piazza del Popolo que es el salón y lugar de encuentro de la ciudad, conocido también por albergar el histórico Caffè Meletti. Sí, así es, fue allí en este Café que, hace muchos años, encontró la aceituna rellena y frita “all’ ascolana”, enamorandose de la que es la “tierna” de Ascoli, considerada la mejor aceituna de mesa. Desde que veraneba en San Benedetto del Tronto, por la mañana le gustaba dar largos paseos en bicicleta hasta llegar al muelle norte, donde atracaban los barcos pesqueros. O bien, llegando al muelle sur donde se encuentra el MAM, Museo de Arte en el Mar, un museo permanente al aire libre que cuenta con 145 obras de arte,  esculturas y  murales. En cambio su habitual paseo diario por la tarde se dirigía hacia el sur andando por una playa casi desierta de 5 km. A la izquierda el mar y a la derecha la reserva natural de La Sentina. El silencio de la naturaleza que la rodeaba se interrumpía sólo por el sonido de las olas y de los animalitos de la reserva. En este tramo de playa sólo se encontraba alguien practicando el kitesurfing, deslizándose entre las olas, o algunas parejas nudistas tomando el sol. En la arena, arrastrados por el mar, troncos de arboles, de formas diferentes y  curiosas, parecían descansar. Este paseo la llevaba a la desembocadura del río Tronto que marca la frontera entre Las Marcas y la región de Abruzos. De allí, de vuelta hacia su casa pasaba por dentro de la reserva, un ecosistema de gran valor formado por un conjunto homogéneo de zona terrestre, fluvial y lacustre creado a partir de los sedimentos dejados por la actividad del río Tronto. La reserva natural cuenta con pequeños lagos y ríos, especies vegetales endémicas y además es un punto de parada para las aves migratorias. Un verdadero laberinto de senderos escondidos entre arboles, arbustos, plantas de regaliz, cabañas para observar las aves y disfrutar de la visión de la avifauna de los humedales que hay detrás de las dunas. A pesar del miedo a las serpientes -sin duda algunas vivían en la reserva-, y aunque los sonidos más mínimos la alertaran, el  lugar capturaba su interés. Con un poco de suerte y paciencia logró ver el fratino, un pequeño pájaro que se alimenta y anida en la playa, unas grullas comunes, el aguilucho lagunero, la nutrias, y algunos simpaticos herizos, sus favoridos. Le gustaba pensar que se parecía a ellos. Aparentemente espinosos, pero en realidad reservados y tiernos. La reserva es también un refugio para murciélagos. Contrariamente a la mayoría de las personas, ella no tenía miedo o a los murciélagos, estos mamíferos voladores con potentes alas, que se alimentan con insectos, polillas, moscas, y sobretodo con mosquitos. Nunca se imaginaría que años atràs los mismos animalitos, que ya tenían que cargar con creencias injustas, se considerarían siniestros murciélagos causantes de una pandemia. Apoyada al árbol el tiempo parecía haberse parado…ya era el momento de volver a casa. Su apartamento contaba con tres terrazas, dos daban al mar, al este, y una a la montaña al oeste, y sólo lo separaba de la playa el hermoso jardín de un pequeño chalet. En las terrazas albergaban dos animalitos. Uno era precisamente un pequeño murciélago, de cuerpo diminuto, que solía llegar cada tarde. Cerraba sus grandes alas, y agarrandose al tejado de la terraza, se quedaba allí, tranquilo colgado cabeza abajo. Ella lo consideraba una especie de amuleto de buena suerte. El otro, que frecuentaba las paredes de las terrazas, de preferencia las al este, era un gecko, un animalito nocturno, que parece una lagartija normal, pero que en realidad es una especie de pequeño alienígena con superpoderes, capaz de desafiar la gravedad. Se lo veía trepar por superficies lisas como el cristal esmerilado e incluso correr por los techos sin caerse. Ambos la acompañaban en su lectura nocturna durante los veranos. Pero ya llevaba dos años sin su amuleto, el murciélago había desaparecido. Aquella tarde, al regresar de su paseo se sentó en la terraza que daba al mar, y tomando un aperitivo pensó que sí eso era:  “…naufragar en este mar me es dulce” (G. Leopardi).

Raffaella Bolletti

Turner

Dutch Boats in a Galearnars
Joseph Mallord William Turner

Estábamos en Londres, lloviendo para variar. Un sol agradable a veces atravesaba grandes nubes espantosamente negras. Los colores entonces eran maravillosos, eran nítidos y francos como las dos fuentes de Trafalgar square que extendían sus manchas azul-claras delante de la imponente National Gallery. Con un tiempo como éste, qué mejor que visitar alguna obra maestra de la pintura inglesa.
Turner me pareció una elección sensata, podríamos concentrarnos en los impresionantes Marines de Turner que proponía el Museo.
Huyendo de la lluvia, Gabriel, Michelle y yo subimos las escaleras de este templo de la nación británica. Nos perdimos sin encontrar un lienzo de Turner en este inmenso laberinto de pasillos y salas de colores fuertes, burdeos, verde botella, gris triste y sobrecargado de marcos con dorados barrocos. El personal nos indicó dos salas donde encontrarlos, lamentando el hecho de que no se podían colgar todos. Después de otra larga caminata pudimos admirar algunos lienzos que representaban bastante bien lo que este pintor dejó en el imaginario común, en particular los marines como por ejemplo aquella cuyo título es “The Fighting Téméraire”. Una poderosa nave de tres mástiles arrastrada por un remolcador de rueda y vapor que parecía salir de una neblina difícilmente penetrada por un sol poniente.
Y finalmente el flechazo, una pintura nos atrajo, un rayo de sol en toda la sala centraba algunos barcos holandeses arrastrados por una ráfaga de viento impresionante y nos los mostraba en un mar desencadenado, ampliamente iluminado por blancos y grises colorados.
— ¿Cómo sabemos que son barcos holandeses? —preguntó Gabriel, que se interesaba más de lo habitual.
— El título lo indica. Y luego parecen barcos de fondo plano, con una sola vela, barcos de pesca, porque así pueden acercarse más a la costa.
— Papá, ¿por qué los barcos grandes en la lejanía están tan tranquilos?



Jean Claude Fonder

Milán, el nuevo Cervantes

¡Qué belleza!

Estoy delante del nuevo Cervantes de Milán. Es más hermoso que el de la vía Dante, más milanés. Por supuesto, el antiguo estaba cargado de recuerdos, de felicidad, de alegrías, de historia, pero hay que mirar hacia el futuro, tenemos que volver a partir, necesitamos juventud, necesitamos belleza.

No me lo imaginaba, las fotos que había visto nos mostraban sobre todo el patio interior, muy hermoso, pero hay mucho más. Tomé el tranvía 16 que se detiene frente a mi puerta, y haciendo dos paradas más que antes, desembarco en Missori, junto al hermoso jinete que parece venir de la batalla de Waterloo y la salida del metro, línea 3. Dando unos pasos por la calle Zebedia hacia la plaza San Alessandro, surge una pequeña calle a la izquierda, vía Achille Mauri y allí está, delante de mí, en el número 2a con la bandera española que flota sobre la entrada.

Entro y el impacto es positivo: 2 hermosas columnas dóricas, una escalera de caracol, una hermosa planta y una recepción en un decorado uniformemente blanco donde destaca el logo rojo del Cervantes. Esperaba encontrar a Ana, Ana López, pero no había nadie, entro un poco más en el pasillo y encuentro una vista del patio y el tronco gigantesco de su maravillosa glicinia. Es entonces cuando veo detrás de mí la animada oficina de la secretaría, y a la misma Ana hablando concentrada por teléfono. 

Como la llamada se prolonga, me aventuro y subo al primer piso. Alrededor del patio interior de un ocre bien milanés, la majestuosa glicinia se puede ver desde las diferentes oficinas y aulas que lo rodean con un balcón (una ringhiera) que acentúa el color local de la arquitectura. 

Una pacífica calma emana de la blancura general, busco la oficina de la directora, Teresa Iniesta, pero no la encuentro, me confirman que está en el edificio. Quiero saludarla y felicitarla. Es a ella a quien debemos este milagro, este nuevo Cervantes, concebido e inventado durante la pandemia en circunstancias muy difíciles, y no es sólo un nuevo edificio, sino que refleja muy bien la novedad en el enfoque y la visión de un instituto moderno y orientado al futuro. 

Mientras tanto, Ana se ha unido a mí, tomamos algunas fotos más y continuamos la visita. Me hace descubrir el ascensor que está en el lado contrario por el que entré, y es en la planta baja donde Teresa me hace señas mientras fotografío el patio. Finalmente, todos los demás presentes se manifiestan, están ocupados preparando una reunión que va a comenzar pronto y en la que Ana debe participar. Así que tengo que irme…

El nuevo Cervantes está listo, la biblioteca y la zona de cultura se están preparando en un edificio cercano, estoy seguro de que, una vez más, nos asombrarán. Nos vemos en septiembre.

Gracias, Teresa, gracias a todo el equipo.


Jean Claude Fonder

La librería

La librería de Pieter Meijer Warnars
Johannes Jelgerhuis

— ¿Cómo no admirar esta obra? — le digo a mi mujer deslumbrada como yo ante el cuadro de Johannes Jelgerhuis expuesto en el RijksMuséum.
Sobre todo la luz, que parece provenir de la calle inundada por un sol radiante. Un sol claro, que no está nublado por el calor. Un sol que celebra una actividad febril en la ciudad que rodea la librería. Se ven las estrechas fachadas de las casas holandesas, muchas personas que van y vienen sin duda por trabajo, algunos animales, un caballo que tira de una carreta e incluso un perrito que brinca alegremente ante la puerta abierta de la librería.
La luz penetra por ella y por las grandes ventanas que cubren toda la pared que da al exterior. La luz imperiosa se refleja incluso en la parte posterior de los libros encuadernados, ordenados preciosamente sobre los estantes de las paredes laterales, proyecta su sombra sobre los muebles y las pocas personas que pueblan este antro de frescura. Se ven en el suelo, ramas de papel y contra los armarios del material de encuadernación Todo refleja calma y serenidad. Un personaje sentado frente a un escritorio trabaja junto a la ventana, quizás traduciendo o copiando algún texto o se trata de un contable. Un cliente de pie y elegantemente vestido interroga a los dos empleados. ¿Quizás esté preguntando por alguna edición rara, por ejemplo, del Quijote en holandés? Nunca lo sabremos.
— ¿Has notado la perspectiva?, —continuó mi mujer, —es impecable. 
Sí, parece una escena de teatro, pensé. 
¡No hay más que gritar: acción!



Jean Claude Fonder

Marlene

La calle
Ernst Ludwig Kirchner

Élie Eldman adora a Marlene Dietrich, su voz imperceptiblemente ronca, su alemán que arrastra, languideciendo, la fatalidad de su mirada que expresa mejor aún que su elegancia indolente, toda la desesperación de su pueblo que trata de resistir a una decadencia despiadada. Esta noche asistirá al espectáculo, ha venido a Nueva York expresamente. Espera la hora con impaciencia.
Sigue cautivado por “La calle” de Kirchner, expuesta en el Moma. La prostituta de lujo que despliega su abrigo malva y su cuello de piel blanca en el centro del cuadro, y que se mueve sensual en medio de una alfombra púrpura, lanza una mirada irónica sobre un pobre personaje sometido a su encanto. Su pelirrojo, su pintalabios rojo agresivo y su sombrero con plumas blancas inclinado sobre un ojo, podría evocar a Marlene en la película que la hizo famosa “El ángel azul”, aunque la época es posterior a la guerra. El cartel donde se ve a la actriz que levanta la pierna con unas medias negras sujetadas por un liguero que realza sus muslos bien carnosos, forma parte de las imágenes que poblaron las fantasías sexuales de su adolescencia. 
“Wie einst Lili Marleen…”. (Como antaño, Lili Marleen.) Los recuerdos apócrifos de Élie asocian erróneamente esta canción que ha dado la vuelta al mundo con la voz inimitable de Marlene, y no puede dejar de canturrearla ante el cuadro que está admirando. Los visitantes lo observan y se alejan de este personaje extraño que podría hacer pensar al profesor Rath, caído en las redes de la cantante. 
Expulsado por el oprobio general, sale del museo y se dirige sin más demora al Carnegie Hall. Hay mucha gente y la espera se hace larga. Finalmente puede entrar, tiene un excelente asiento en el primer piso del balcón, en la curva que domina la escena. El telón se levanta lentamente, Marlene aparece.
Ella está vestida con traje de gala de hombre, un sombrero de copa posado con coquetería sobre su cabello rubio, una larga boquilla en la mano, su otra mano sobre la cadera que cubre una pequeña braguita negra que deja elegantemente descubiertas sus largas, largas piernas. 
Elías se levanta y aplaude con todas sus fuerzas.



Jean Claude Fonder

Las canciones bordadas de Violeta Parra

“lo que fue vino hoy es tinta
lo que fue piel hoy es paño”


Violeta Parra, Décimas


El material utilizado es sencillo: lana de colores vivaces, hilos, agujas, trozos de tela de yute. El punto de tejido, el más simple. Y el gesto, quizás el mismo que aprendió de niña ayudando a su madre en la costura. 

Es en 1959, durante la convalecencia a la que la obliga una grave hepatitis, que Violeta del Carmen Parra Sandoval (Chile, 1917-1967) se dedica a la creación de grandes tapices bordados -Arpilleras- desarrollando una talentosa labor en el campo de las artes visuales que culminará en 1964 en la primera exposición individual de un artista latinoamericano en el Museo de Arte Decorativa del Louvre. 

La inquietud creativa de Violeta la lleva a incursionar en distintos campos del arte. Cantautora, poeta, guitarrista, recopiladora y difusora del folclore nacional y fundadora del Museo Nacional de Arte Folclórico de Concepción, a fines de los años cincuenta explora el mundo de las artes plásticas experimentando técnicas diferentes: cerámica en greda, pintura al óleo, esculturas de alambre, figuras en papel maché, bordado de arpilleras. Su estilo ingenuo, instintivo y sin ambiciones académicas, aparece poblado de personajes y símbolos de la tradición vernácula (popular, campesina, indígena) mezclados con episodios vinculados a sus orígenes humildes y a la actualidad.  Un nuevo lenguaje expresivo a través del cual la artista retoma y expande los temas de su poética: el rescate de los orígenes, la sencilla celebración de la vida cotidiana, la denuncia, el compromiso social.  

Su actividad manual es breve mas intensa. A esta faceta alterna aquella más conocida: recitales, grabaciones, giras internacionales. Entre 1959 y 60 expone en Chile, un aňo después imparte lecciones  de folclore y arpillera en General Pico, un pueblo de la pampa argentina. Expone en Buenos Aires y en 1962 viaja por segunda vez a Europa, acompañada por sus hijos Isabel y Ángel, para participar al Festival de la Juventud por la Paz de Helsinki. Inicia un nuevo periodo de nomadismo. Se divide entre París y Ginebra, donde vive su último compañero el antropólogo y flautista Gilbert Favre; y entre conciertos y grabaciones produce una gran cantidad de esculturas y arpilleras que finalmente, y con enorme esfuerzo organizativo, serán expuestas entre abril y mayo de 1964 en la muestra que en cierto modo concluye la trayectoria plástica de la artista: “Les tapisseries chilliennes de Violeta Parra.”

Estas obras, donadas por sus hijos al Estado de Chile, se encuentran hoy junto a todo su legado creativo en el Museo Violeta Parra de Santiago, inaugurado por la entonces presidenta Michelle Bachelet en 2015.



Adriana Langtry

Farándula

El rito de la primavera
Ignac Ujvary (1860-1927) Hungría

Un relámpago repentino, enormes nubes furiosas y negras de lluvia huyen hacia el horizonte, los timbales se disparan demasiado tarde. Algunas gotas caen, en la lejanía los tambores sofocados todavía se manifiestan. Un rayo de sol penetra y barre sin piedad las últimas huellas de esta ira primaveral.
Pronto se oye el sonido de las hojas jóvenes que el viento despierta, un pájaro lanza pequeños gritos alegres volando entre los árboles. Los oboes los imitan, y de repente la flauta nos recuerda que la alegría de la renovación es de rigor, la naturaleza se ha despertado, la orquesta festeja y celebra la savia que sube, las flores que florecen su belleza para atraer al polen que los fecundará.
Las primeras notas de una farándula se desprenden de este bullicio pastoral, el círculo se forma, las faldas de todos los colores vuelan, los delantales blancos de pureza se unen a los corpiños para hinchar la alegría que se lee en los rostros. Las trenzas, los moños, los cabellos al viento, los labios rojos, las sonrisas y los ojos que chispean dan testimonio de la juventud de la compañía. Las chicas cantan siguiendo la música, y luego giran, giran.
En el bosque cercano se mueven sombras, pequeñas risas se esconden y observan y comentan, los jóvenes varones están al acecho. Sus ojos brillan en la oscuridad. Las chicas lo saben, y giran, giran y giran otra vez.
Ha llegado la primavera. 
De repente, los aplausos me despiertan, me había quedado dormido.
Estaba soñando.



Jean Claude Fonder

EL RETRATO DESENGAÑADO

Lady in red, 1933 de Slava Fokk

París, Montmartre 1933.
Basta. Una hora más y podría hundirme en los brazos de Morfeo.

¡Menuda noche! Apenas dos clientes, aburridos y con la cartera vacía. Sus manos omnipresentes, he tenido que ponerlos en su lugar y se han ido.
Ambos eran feos.

El primero era gordo, un vientre invasor que apenas cabía detrás de la mesa y unas gafas gruesas como las de Quevedo.
¡Si por lo menos hubiera tenido su sentido del humor!
No dejaba de sorber su copa de champán. Pensaba que iba a poder manosearme sin tan siquiera pedir una botella.

«¿Me tomas el pelo?» le dije y me fui a otra mesa.

Un poco más tarde llegó el segundo, un horror.
Era bastante viejo, un falso calvo que quería ocultar su calvicie de funcionario y olía a tabaco rancio. Cuando pidió solamente una cerveza vi por dónde iba. Me negué casi educadamente y me refugié en mi lugar favorito, en el sofá fucsia.

Estoy muy guapa esta noche, con mi pequeño vestido de satén coral, mi peinado corto con tirabuzones y mis ojos verde botella.
Llevo mis joyas orientales y mi perfume Chanel no5, embriagador.
Hasta mi pintalabios se armoniza con el color del cóctel casero, sin alcohol y reservado a las azafatas de la casa.

Debo decirles que esta noche mi compatriota, el pintor Slava Fokk, está haciendo mi retrato.
Es por él que me he vestido y, si mi expresión es un poco desilusionada, es por sugerencia suya.

Tanto a él como a mí nos gustaría imitar un poco un Tamara de Lempicka que, por supuesto, no les voy a desvelar.


Jean Claude Fonder

Diálogo

Homework
Gregory Mortensen

¡Hola! Estás muy concentrada ¿Qué haces? 
— Mis deberes —respondió con una mirada profundamente seria.
Eso me pareció surrealista. En un escenario de destrucción, un poco apartada, una joven haitiana, bien cuidada y hermosamente vestida con los pies descalzos, estaba sentada sobre lo que podría haber sido una de esas piedras que se utilizan para bordear las aceras. Estaba inclinada sobre su texto, lo corregía a lápiz. A su alrededor no había más que desolación, detritus, piedras, hierba chiflada, latas de conservas vacías, a lo lejos había un humo espeso que nublaba la atmósfera y al que se debían sin duda estos malos olores poco tranquilizadores. Y ella con su pelo muy crespo recogido en pequeños mechones cuidadosamente sujetados por pequeñas pinzas que parecían un par de cerezas.
— ¿Qué tienes de deberes? —pregunté.
— Una redacción. El tema es “El cambio climático”. Hablo de Greta Thumberg.
— Pero cómo has oído hablar de Greta.
— En la escuela, y luego encontré esta revista, —dijo mostrándomela.
Un silencio pasó.
— ¿Qué quieres hacer con tu vida? – le pregunté. 
— Quiero ser periodista y escribir libros.

Le estreché la mano y me alejé pensativo y sereno.



Jean Claude Fonder

Norah Borges y la vanguardia Ultraísta

Justo un siglo atrás, en 1921 la familia Borges Acevedo –padre, madre y dos hijos, Jorge Luis (Georgie) y Leonor Fanny (Norah, 1901-1998)- se encuentra en España luego de una estadía en Europa que del 14 al 18 los ve en Suiza, a causa de los tratamientos que sigue el padre para combatir el avance de una progresiva e irremediable ceguera.

Por ese entonces Norah tiene ya 20 años, ha estudiado bellas artes en Ginebra y ha asimilado las poéticas expresionistas y cubistas. Desde niña se apasiona por las artes, la pintura, el dibujo, también por la escritura que parece abandonar para no invadir el territorio de su hermano. Comparte ahora con él las inquietudes de las vanguardias que recorren Europa. En España se codean con poetas y artistas que buscan modos de expresión lejanos al sentimentalismo fin de siglo y a la exuberancia modernista, entre ellos Jacobo Sureda y sobre todo el crítico y poeta ultraísta Guillermo de Torre, futuro marido de Norah.

La anunciacion.Norah Borges.1945


Pintora, grabadora, dibujante, ilustradora, creadora de cartografías secretas, ex-libris, collages, tapices y xilografías, entre los aňos 20 y 30 ilustra las revistas vanguardistas españolas Grecia y Ultra y, de regreso a su patria, las argentinas Prisma, Proa, Martín Fierro, y  más tarde Sur. En 1923 ilustra Fervor de Buenos Aires, el primer libro de poesía de su hermano. Algo que seguirá haciendo a lo largo de su vida con las obras de amigos poetas y escritores: Juan Ramón Jiménez, Norah Lange, Rafael Alberti, Cortázar, Silvina Ocampo entre muchos más. En 1934, residente en Madrid junto al marido hasta el estallido de la guerra civil, diseña vestuarios para una obra teatral dirigida por su amigo García Lorca. En los años cuarenta colabora como ilustradora y crítica de arte –con el seudónimo de Manuel Pinedo- con la revista Anales de Buenos Aires.

Con el ocaso de las vanguardias y reacia a la mundanidad y a las consignas del mercado del arte, Norah Borges continúa su proceso introspectivo que la lleva a construir un estilo particular, íntimo y fuera de todo canon. Una poética de colores pasteles, figuras tan angelicales cuanto ambiguas, de miradas absortas y melancólicas, paisajes poblados de quietud y envueltos en geometrías metafísicas.


Tal vez por eso será etiquetada como “pintora de temas femeninos” y su obra pasará prácticamente desapercibida hasta los años noventa cuando, poco antes de su muerte, algunos estudiosos de las vanguardias españolas la descubren. Una curiosidad es la publicación en 1977 por la editorial Polifilo de Milán de un volumen de lujointitulado Norah y con prólogo de su célebre hermano, que contiene una serie de litografías realizadas en 1925 y halladas por casualidad en una librería italiana de anticuario. Finalmente, a fines de 2019 el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires le dedicará por primera vez una muestra retrospectiva. 


retrospectiva de Norah Borges en el MNBA: 

Adriana Langtry

El tambor

El escaparate de la juguetería
Timoléon Marie Lobrichon

Había una multitud de niños frente a la juguetería de Boulevard Saint-Germain a pesar de que la cortina de hierro todavía estaba bajada.
— ¿Aún no han abierto? – Pregunté.
— No, —me dijeron —pero se oye ruido en el interior.
Pensé que estarían preparando el escaparate, ya era casi Navidad.
Al día siguiente, de hecho pasaba por allí todas las mañanas para ir a la escuela, encontré la misma situación, había aún más gente. Esta vez me detuve, para escuchar mejor, incluso pedí silencio. Se oía claramente un redoble de tambor y como un ruido de fondo. No me pareció ruido de personas. Decidí que al día siguiente esperaría a la apertura, aunque llegara tarde, no me importaba, encontraría una excusa.
A la mañana siguiente estaba en primera línea, me había levantado temprano. Es alegre salir cuando París se despierta, el aire es vivificante, huele a pan, el agua corre por las alcantarillas, se anuncia el periódico de la mañana, un coche pasa al trote ligero, la vida vuelve a empezar. 
El tambor batía alegremente, yo esperaba. La cortina se levantó. Me pareció incluso ver las baquetas pararse… y sin embargo todos los juguetes estaban inmóviles. Había títeres, muñecas, un barco, un cañón sobre ruedas, un pequeño carro tirado por un caballo de peluche, y por supuesto, en primer plano, un pierrot listo para tocar su tambor. Los niños maravillados me rodeaban para ver mejor.
¿Qué estaba pasando en esa tienda?, ¿magia?
Ya había oído hablar de juguetes que se animan por la noche, así que tenía que comprobarlo. Entré, examiné el tambor, todo parecía normal. El encargado me preguntó si estaba interesada, le dije que tenía que pensarlo y que volvería. De hecho, había descubierto que bajo el mostrador había un vacío bajo la caja donde podría esconderme. No era muy grande y estaba decidida. Tenía que esclarecer el asunto.
Por la noche entré de nuevo en la tienda, y antes de que alguien pudiera verme, me deslicé dentro del escondite. Nadie sospecharía nada, había dicho a mi madre que estaba indispuesta y que me iba a la cama. Subrepticiamente salí, dejando en mi lugar a mi oso oportunamente disfrazado. La tienda finalmente cerró, esperé acurrucada en mi pequeño agujero, un poco asustada de todos modos. ¿Qué estaba haciendo allí?
A las diez nada, a medianoche nada, afortunadamente no hacía mucho frío. Me había puesto el abrigo de lana gruesa. Me dormí y me desperté cuando eran las 7h. De repente, en el fondo de la tienda, se abrió una puerta. Aterrorizada me hice aún más pequeña. El encargado entró y se dirigió hacia el fonógrafo con cuerno que estaba en el estante. Giró varias veces la manivela, colocó la aguja sobre el disco y se oyó a través de los chisporroteos el sonido cadencioso de un tambor.



Jean Claude Fonder

El padre

Juan no sabía qué hacer, se sentía inútil. Paradójicamente, el sufrimiento también estaba en la espera. Medía el intervalo entre las contracciones. María tenía que sufrirlas. Tenía mucho miedo, no le gustaba el dolor, el doctor le prometió que la sedaría tan pronto como fuera posible durante el parto.

Hicieron todo, siguieron cursos de preparación, leyeron todos los libros, instalaron el pequeño cuarto, compraron todo el material para el cuidado, la cama, el cochecito, los primeros juegos y estos enormes rollos de pañales, más secos unos que otros decía la publicidad. Corrían los años 60.

María visitaba sin parar las tiendas especializadas para recién nacidos como si esperara a gemelos, se le regalaban también tantas cosas, en fin, tenían más ropa y juguetes de los que jamás necesitarían. Juan incluso revisó el auto, nunca se sabe. Por supuesto, decidieron que estaría presente durante el parto y que las abuelas esperarían en casa.

La sala de labor no era muy acogedora. En un hospital, siempre se siente que la muerte no está muy lejos, los colores son pálidos y desgastados, los olores, sobre todo, son característicos, la del Formol predomina, macabra. En pediatría, se había intentado alegrar un poco la atmósfera con algunos dibujos de héroes de cómics, pero parecían más bien provocar el llanto de los recién nacidos que calmarles. 

Habían llegado allí esta mañana con cita previa. María había sobrepasado desde hacía varios días la fecha prevista. Fabienne (sí, era una niña) se hacía esperar. A Juan le gustaba tener una hija, a María no le importaba. Se les aconsejó que provocaran el parto. Sin pánico, sin transporte de urgencia como en el cine, María hizo su maleta y Juan lo acompañó.

De repente una contracción más fuerte. María gritó. La partera entró poco después.
— ¿Cada cuánto las contracciones?
— Cada cinco minutos -respondió Juan.
— Estamos en el tiempo, vamos a entrar en la sala de partos. Voy a avisar a mis colegas.

Un grito largo y desgarrador atravesó el corazón de Juan. María estaba tendida sobre una cama ginecológica. Una mueca deformaba su rostro brillante de sudor, ella gritaba su esfuerzo. Juan le tomó la mano y la apretó muy fuerte.
— Puja, Puja, repite la partera, otra vez.
Y María, gritaba, pujaba, gritaba cada vez más fuerte.
Juan gritaba con ella.
— Es por Fabienne. Puja, puja.
La sala de parto era lívida a pesar de sus paredes amarillas, una enorme lámpara iluminaba violentamente toda la escena. Juan notó en la pared huellas de sangre. Eran cuatro, el obstetra, el anestesista, la partera y Juan para animar a la pobre María como si estuvieran en un estadio. Las técnicas de respiración pequeña estaban olvidadas, y la epidural aún no había sido inventada.

Cuando por fin se vislumbraba el pelo negro de Fabienne que intentaba salir, el doctor decretó:
— Hay que hacer una incisión, se puede sedar, dijo mirando al anestesista.
María suspiró, por fin, pero inmediatamente después miró intensamente a Juan, como si quisiera pasarle el testigo. Juan la cara pálida, le sonrió.
Ella perdió entonces el conocimiento.

Unos momentos más tarde, el médico hizo la incisión en la membrana que resistía. Con los fórceps sacó la cabeza de la niña, que enseguida comenzó a gritar vigorosamente. En un giro de la mano el médico viró el cuerpo del niño que entonces pudo extraer sin más dificultades. Separa tranquilamente el cordón umbilical y consigna el niño a la partera que le hizo a Juan una señal autoritaria para que le siguiera.

Ella le pidió que le ayudara a bañar a la bebé, le hizo firmar un pequeño brazalete que ella ató a la muñeca pequeña y una vez que estuviera envuelta se lo entregó a Juan que no sabía que hacer con ella.

María dormía confiada. Juan acercó a Fabienne a su rostro, ellas se tocaron, Fabienne ya buscaba al seno. María sonrió maravillosamente en su sueño.

Juan se había convertido en el padre. Nunca pudo olvidar.


Jean Claude Fonder

El beso

Love on the road
Ron Hiks

Juana mira a Marc: sus ojos tienen el color del cielo, azul gris. Marc mira a Juana: sus labios son carnosos y están ligeramente entreabiertos. Juana levanta la cabeza y se acerca lentamente a su boca. Marc se inclina suavemente hacia los labios rojos carmesí que se separan cada vez más, y entonces detona el beso, Juana se abre ampliamente y recibe hasta la garganta la lengua conquistadora de Marc. Juana besa a Marc con todo su cuerpo, se pega a él para que sienta todas sus curvas, se aferra a su cuello, empuja intensamente su pubis contra el sexo de Marc.
Marc está desencadenado, su lengua penetra la boca de Juana, rodea su lengua, la chupa, como si se tratara de su clítoris, luego se retira y atrae la lengua de Juana que primero entra tímidamente y luego penetra también ella toda la cavidad bucal con un ardor inusitado. Marc siente su sexo cada vez más duro, está hinchado de sangre y no puede contenerse, su semen se pierde en su lencería íntima. Juana es feliz, acaricia furtivamente el miembro dolorido.
Entonces recobran la conciencia y se vuelven hacia el marco que contemplaban unos instantes antes. 
Era su primera cita, se habían conocido durante el curso de historia de arte contemporáneo. Fue Juana quien propuso a Marc visitar esta exposición. Le había contado el uso de los grises coloreados en ese pintor que le gustaba mucho. Marc descubrió poco a poco que a este neo-impresionista le gustaba pintar a la mujer en retrato y a menudo en pareja, y al final se detuvo ante este último cuadro “Amor en la carretera” que Juana había guardado aposta para el final del recorrido.
La trampa, llamémosla así, funcionó; después de algunas decenas de lienzos en los que los amantes se representaban en escenas cada vez más íntimas, este beso irresistible los había subyugado. Ante la tela se miraron y el juego del amor hizo el resto. 
Marc la tomó por el brazo, la besó ligeramente esta vez, salieron del museo y buscaron el hotel más cercano.



Jean Claude Fonder

La casa

Christina´s Worlds
Andrew Wyeth

La casa está lejos, en la cima de la costa, dominando severamente el campo de trigo. María la observa sumisa y atraída a la vez. La casa ha envejecido mucho, empezando por el tejado, todo está oscuro y en mal estado, se podría rodar una película de terror.

El sol, a través de las cortinas blancas y luminosas, bañaba con su claridad toda la casa, blanca, recién pintada, como se hacía cada dos años en aquella época. Se había levantado temprano. Mammy ya había preparado la crema inglesa para el almuerzo. Todavía quedaba algo en la olla, y con una cuchara se untaba la cara, rosa de satisfacción.

—Te vas a ensuciar este precioso vestido, —la regañó la imponente cocinera negra.

Su madre había elegido un pequeño vestido fruncido, todo blanco que contrastaba con las botas negras con botones pequeños. Al mediodía celebrarían su cumpleaños. John estaría presente con otros niños que frecuentaban su escuela. Esta idea la hizo calmarse. Mammy le limpió la boca y ella corrió a la puerta para ver si llegaba el coche.

El Ford corría a toda velocidad sobre la larga cinta desierta de esta pequeña carretera de campo. El padre de John había querido mostrarles su nueva adquisición. John y ella estaban sentados detrás. El padre de María estaba sentado al lado del conductor. No sobrevivió. El choque fue ensordecedor e implacable. Un coche inesperado había salido violentamente del camino transversal.

María está tendida en la hierba en flor que rodea el campo de trigo afeitado por la siega. Los olores son fuertes. Está vestida ligeramente, su moño deja escapar algunos mechones que flotan al viento. Su mirada imagina la resurrección de la granja, que apenas han comprado, John y ella. Ella se vuelve hacia él que empuja su silla de ruedas:

— Cariño, la pintaremos de blanco de nuevo, ¿verdad?



Jean Claude Fonder

La piedra


“No lo vas a hacer de verdad” —me dice, fingiendo una sonrisa que se deshace en una mueca— “No serás capaz”.
Es una piedra áspera, ovalada, con venas grises. Es demasiado pesada para mí: me cuesta un esfuerzo descomunal levantarla. Con una piedra así podría hasta matarla, a Myrna.


Veo relampaguear el miedo en sus ojos redondos, casi siempre inexpresivos, y me gusta. Ya lo sé, que Myrna tiene toda la razón, es justamente por eso que la odio.
No hay otros niños en el patio hoy, un aire asfixiante y húmedo nos aprieta en esta tarde de inicio de verano. El distrito industrial no está lejos y el olor a azufre de las fábricas cercanas nos alcanza.
Myrna y yo nunca hemos sido amigas, ni antes que me dijera eso: creo que a ella le irritaban mi exagerada delgadez y mi carácter huraño, como a mí me molestaban su cuerpo gordito y su alegre locuacidad: por aquel entonces, no sospechaba lo que le pasaría, y que no tendría motivos para estar tan contenta.

Ver el susto en su mirada me alegra. La piedra es tan gruesa que casi no puedo seguir sosteniéndola, pero la cólera vuelve vigorosos mis brazos sutiles. Inspiro el olor a azufre y ahora me siento invencible. Se lo merece todo. Se lo merece por su cara redonda, por su pelo oscuro demasiado corto, por sus vestiditos ajustados que parecen robados a una hermana menor. Pero sobre todo por decirme eso.
De repente, los ojitos negros de Myrna se cierran y su boca se abre de par en par: un chillido agudísimo rompe el silencio.
Todo mi cuerpo tiembla de rabia, la piedra áspera y pesada me agota los brazos. La madre de Myrna se asoma a la puerta. Está embarazada, lleva un vestido rojo de flores, sin mangas, que deja descubiertos sus brazos rollizos. Observa a su hija, que ahora llora desconsolada, luego me mira a mí: me clava la mirada en los ojos y se queda callada.
Ella sí, que es fea. Tiene el mismo pelo corto y moreno que su hija, la misma cara redonda de ojos insípidos. Ella es fea, y no mi madre.
— ¿Qué pasa, niñas? —La madre de Myrna se acerca lentamente, intentando sonreír. Mira primero mi cara y luego mis manos, que siguen sosteniendo la piedra. Una piedra tan gruesa y tan pesada que podría matarla, a su hija.
— ¿No queréis decírmelo? —la mujer habla en plural, pero se dirige solo a mí.
— ¡Myrna ha dicho que mi madre es fea! —exploto, rompiendo a llorar.
— ¡Sì, es fea, es feísima! ¡Está siempre enfadada, y no sonríe nunca! — grita Myrna.
Ya sé que Myrna tiene toda la razón y la piedra se me cae de las manos.

* * *

En noviembre, Myrna murió, abatida por una leucemia fulminante. Tenía nueve años. Todo el pueblo asistió a su entierro, y nosotros fuimos a la iglesia con las maestras, alineados para dos. Todas las niñas lloraban, menos yo.
Yo pensaba en la piedra que no le había lanzado y en los pocos meses que ella había vivido después. Ella habría muerto, en cualquier caso, y me parecía justo que Dios la arrugara y tirara rápidamente, como si fuera un dibujo malogrado. Sí, era justo que Myrna muriera, era demasiado sincera y aguda en reconocer la auténtica naturaleza de las personas, un testigo incómodo de la inquietud que me sacudía como un viento rabioso: la herencia de mi madre que yo no quería aceptar.
Myrna habría muerto, en cualquier caso.
Al salir de la iglesia, con los ojos bajos, vi un guijarro y lo pateé.
Era una pequeña piedra áspera, ovalada, con venas grises.


Silvia Zanetto

Juan y Julia

Inminent
Jamie Perry

Una enorme nube negra lo cubre, la lluvia se dirige exclusivamente hacia él. Se protege con el paraguas rojo de Julia. El mar sigue azul y se extiende hasta donde le alcanza la vista, el sol de septiembre inunda la playa, la tormenta parece afectarle únicamente a él.

Juan, en el coche esta mañana, conducía con rabia, su eterno sombrero Pork pie clavado en su cabeza. Julia se lo reprochaba, es para disimular tu incipiente calvicie decía, burlándose. Lo levantó ligeramente y lo llevó hacia atrás como hacía Michel Piccoli en Le Mépris. Luego, en la autopista vio el cartel que indicaba la costa, no dudó y, decidido, tomó esa dirección.

Una ráfaga de viento proyecta la lluvia sobre él, su camisa nueva está empapada, pero el mar permanece azul en la lejanía.

Julia, en la pequeña villa que compraron en el campo cerca de la ciudad, abre la cortina y echa un vistazo al cielo. El sol brilla poderosamente, el día todavía será cálido. El jardín sufre, habría necesitado lluvia. Está nerviosa, esta mañana se desahogó sobre el pobre Juan. Hay que decir que iba a ir al trabajo con una camisa cuyo cuello llevaba todavía las huellas del sudor provocado por esta ola de calor que no acababa de terminar. Él nunca le hace caso.

Juan no puede quitar los ojos de las olas mientras se estrellan cíclicamente en la playa desierta, la marea está baja, el viento ha evacuado la nube y su lluvia sin piedad, el sol reina de nuevo, también ha recuperado la serenidad, las dunas detrás de él protegen este grandioso paisaje que siempre ha amado. Aquí es donde conoció a Julia.

El teléfono vibra en su bolsillo, es Juana la secretaria. Le recuerda su almuerzo con uno de sus clientes importantes. 

— Su esposa también llamó. — añade.

Julia está preocupada. Espera que Juan se ponga en contacto con ella. Quizás exageró, pero no puede hacer nada, porque por la mañana a menudo está de mal humor. Ahora que Juana le había dicho que él tenía una cita bastante lejos y que probablemente iría directamente estaba angustiada. 

Cuando de repente suena el teléfono, es él, ella lleva rápidamente el aparato a su oído, escucha, no es su voz, es como un murmullo, es el sonido de las olas, tal vez.



Jean Claude Fonder

Aquella noche

—¿Maria?
—Sí Juan, dime. —responde ella volviéndose hacia él en la cama.
—Recuerdo tan bien, cuando entré en el bar aquella noche, había muchedumbre, pero te vi inmediatamente. Estabas sentada sola a una de las mesas y me mirabas con tus grandes ojos azules que brillaban en la penumbra. Eras la más bella. Tus piernas largas y ahusadas que cruzabas con tanta elegancia estaban apenas cubiertas por un pequeño vestido anaranjado, tu pelo estaba cortado a la Jean Seberg, como a mi me gusta. Todo tu ser, me estaba llamando. Te saqué a bailar. Charles Aznavour cantaba La Bohemia.
Maria se inclinó hacia él, sus ojos brillaban de nuevo y le susurró:
—Juan, tenía el pelo medio largo y las mini faldas todavía no existían.
Pero Juan se había dormido de nuevo una sonrisa en los labios.


Jean Claude Fonder