El Mosa

— ¡Mamá! Ven a ver las chalanas que pasan. Mira a éste flotando en el agua como un pato y al otro que lo está cruzando, parece un cocodrilo, está todo hundido, su espalda apenas sale del agua. ¿A dónde se dirigen?

— El pequeño que está todo emergido va hacia Holanda, está vacío, va seguramente a recargar al puerto de Lieja. El otro que está lleno va hacia Francia.

— ¿Tenemos un puerto en Lieja? Creía que los puertos sólo se encontraban a la orilla del mar.

Mi curiosidad se desató. Acabábamos de mudarnos a la orilla del río. Rue des Dominicains donde vivíamos antes, era el centro. Desde la veranda donde me gustaba observar la vida de la ciudad, sólo se veía una calle comercial, la Catedral en el fondo, y afortunadamente, el cine de enfrente que cambiaba de programa los jueves. Mi alegría era descubrir los carteles pintados que ilustraban la nueva película en el programa.

¡Aquí, en el quai de Rome, había un río, el Mosa! 

Un río de casi 1000 kilómetros, que viene del este de Francia, remonta toda la Valonia en Bélgica, pasa por delante de mi casa en Lieja y de allí va hasta Holanda pasando por Maastricht para ir a mezclar sus aguas con el Rhin germánico y el Escalda flamenco en un delta majestuoso y grandioso.

Y eso no es todo, delante de mi casa, el Ourthe, un río bien ardenés confluía con el Mosa y, para evitar la sobrecarga, se desviaba hacia un pequeño canal llamado “la derivación” que daba la vuelta a la ciudad. Un parque en la punta que separaba las aguas albergaba un club náutico. Acogía a los bañistas de los que no tardé en formar parte, y organizaban carreras de remo que podía mirar con entusiasmo desde mi ventana.

Pero lo que más me gustaba eran las chalanas y las familias de marineros que las conducían. Los observaba trabajar, el marido que estaba al timón, la señora que colgaba su ropa, y el marinero que limpiaba el puente cerca de su pequeño camarote en la parte delantera del barco. Algunos incluso tenían un pequeño coche en la parte de atrás.

Había visitado con mis padres el barco de la familia holandesa de nuestra criada Elise que pasó toda su vida en mi familia. Poseía una chalana de pequeño tamaño como se podía encontrar en aquella época. Toda la parte trasera era como una casita. Recuerdo el comedor, todo de madera barnizada, las pequeñas cortinas a cuadros verdes que difundían una luz íntima, los olores marinos que se mezclaban con los aromas de la copiosa comida que nos servían.

Me parecía ideal, vivir en el agua, como si estuviéramos en el campo, detenernos en alguna bella ciudad, viajar en plena libertad por la red de ríos y canales y a veces llegar hasta el mar.

Jean Claude Fonder