El padre

Juan no sabía qué hacer, se sentía inútil. Paradójicamente, el sufrimiento también estaba en la espera. Medía el intervalo entre las contracciones. María tenía que sufrirlas. Tenía mucho miedo, no le gustaba el dolor, el doctor le prometió que la sedaría tan pronto como fuera posible durante el parto.

Hicieron todo, siguieron cursos de preparación, leyeron todos los libros, instalaron el pequeño cuarto, compraron todo el material para el cuidado, la cama, el cochecito, los primeros juegos y estos enormes rollos de pañales, más secos unos que otros decía la publicidad. Corrían los años 60.

María visitaba sin parar las tiendas especializadas para recién nacidos como si esperara a gemelos, se le regalaban también tantas cosas, en fin, tenían más ropa y juguetes de los que jamás necesitarían. Juan incluso revisó el auto, nunca se sabe. Por supuesto, decidieron que estaría presente durante el parto y que las abuelas esperarían en casa.

La sala de labor no era muy acogedora. En un hospital, siempre se siente que la muerte no está muy lejos, los colores son pálidos y desgastados, los olores, sobre todo, son característicos, la del Formol predomina, macabra. En pediatría, se había intentado alegrar un poco la atmósfera con algunos dibujos de héroes de cómics, pero parecían más bien provocar el llanto de los recién nacidos que calmarles. 

Habían llegado allí esta mañana con cita previa. María había sobrepasado desde hacía varios días la fecha prevista. Fabienne (sí, era una niña) se hacía esperar. A Juan le gustaba tener una hija, a María no le importaba. Se les aconsejó que provocaran el parto. Sin pánico, sin transporte de urgencia como en el cine, María hizo su maleta y Juan lo acompañó.

De repente una contracción más fuerte. María gritó. La partera entró poco después.
— ¿Cada cuánto las contracciones?
— Cada cinco minutos -respondió Juan.
— Estamos en el tiempo, vamos a entrar en la sala de partos. Voy a avisar a mis colegas.

Un grito largo y desgarrador atravesó el corazón de Juan. María estaba tendida sobre una cama ginecológica. Una mueca deformaba su rostro brillante de sudor, ella gritaba su esfuerzo. Juan le tomó la mano y la apretó muy fuerte.
— Puja, Puja, repite la partera, otra vez.
Y María, gritaba, pujaba, gritaba cada vez más fuerte.
Juan gritaba con ella.
— Es por Fabienne. Puja, puja.
La sala de parto era lívida a pesar de sus paredes amarillas, una enorme lámpara iluminaba violentamente toda la escena. Juan notó en la pared huellas de sangre. Eran cuatro, el obstetra, el anestesista, la partera y Juan para animar a la pobre María como si estuvieran en un estadio. Las técnicas de respiración pequeña estaban olvidadas, y la epidural aún no había sido inventada.

Cuando por fin se vislumbraba el pelo negro de Fabienne que intentaba salir, el doctor decretó:
— Hay que hacer una incisión, se puede sedar, dijo mirando al anestesista.
María suspiró, por fin, pero inmediatamente después miró intensamente a Juan, como si quisiera pasarle el testigo. Juan la cara pálida, le sonrió.
Ella perdió entonces el conocimiento.

Unos momentos más tarde, el médico hizo la incisión en la membrana que resistía. Con los fórceps sacó la cabeza de la niña, que enseguida comenzó a gritar vigorosamente. En un giro de la mano el médico viró el cuerpo del niño que entonces pudo extraer sin más dificultades. Separa tranquilamente el cordón umbilical y consigna el niño a la partera que le hizo a Juan una señal autoritaria para que le siguiera.

Ella le pidió que le ayudara a bañar a la bebé, le hizo firmar un pequeño brazalete que ella ató a la muñeca pequeña y una vez que estuviera envuelta se lo entregó a Juan que no sabía que hacer con ella.

María dormía confiada. Juan acercó a Fabienne a su rostro, ellas se tocaron, Fabienne ya buscaba al seno. María sonrió maravillosamente en su sueño.

Juan se había convertido en el padre. Nunca pudo olvidar.


Jean Claude Fonder